DEFINITIVAMENTE, hay lugares bendecidos por los dioses. De lo contrario, ¿cómo se explica que puedan resistir los varapalos de una humanidad egoísta y violenta, que se rige por el gusanillo del poder? La isla de Philae, lugar idóneo para contemplar el encumbramiento de Isis, la diosa a la que se dedicó su templo, confirma la teoría. Situada en los rápidos del Nilo, la ínsula y sus maravillas ya habían sido descritas por Plutarco en sus Vidas ilustres (70 d.C). Por aquel entonces, la fama le venía de la generosidad de su fértil suelo, amén de su reputación como lugar mágico. Pero, sobre todo, por ser puerta a las inundaciones bienhechoras del río sagrado. Sin embargo, su bendición divina le venía de mucho antes. Bien temprano en la rica religión egipcia, el culto a Isis –la diosa madre– había hecho que Philae fuera reconocido como el mayor santuario de la divinidad femenina principal del país.

EL ESPLENDOR
Fue en Philae donde Ptolomeo II Filadelfo (285-246 a.C.) hizo construir un gran templo en honor a Isis. Un siglo antes, sin embargo, el faraón Nectanebo I (380-363 a.C.) ya había alzado allí un templo, del cual solo queda la puerta principal del primer pilón, asimilada al templo de Isis. El culto de la diosa ganó enorme popularidad durante el periodo ptolomeico, estableciéndose sólidamente en todo Egipto y el mar Egeo, y llegando incluso hasta Roma, donde su nombre adquirió la reputación de protector de los marinos. En Nubia tuvo también una importante expansión, con lo que Philae se transformó en metrópolis religiosa por excelencia y destino de peregrinos. También en un lugar de poder, Tiberio y otros emperadores posteriores fueron dejando su huella en la isla, ya fuera a través de inscripciones o relieves que agregaron a los templos ya existentes. Y otros no se conformaron con eso. Cuatro emperadores romanos hicieron erigir nuevas construcciones: Claudio I levantó el templo de Horus, Trajano hizo construir el famoso quiosco que lleva su nombre (en la fotografía), Adriano erigió el portal y el vestíbulo situado cerca del templo de Horus, y Diocleciano fue el responsable del portal de ceremonias en el extremo norte de la isla.

EL OCASO
Los reveses a la proliferación del culto de la diosa Isis llegaron en el siglo IV d.C, cuando comenzaron a aparecer decretos que prohibían los cultos paganos y promovían la clausura de templos, la expulsión de sacerdotes, el traslado de estatuas como botín de guerra y la adaptación de las construcciones al cristianismo y, en menor medida, a la dominación musulmana. Siglos más tarde, en la época de Napoleón Bonaparte, el varapalo no fue menos piadoso: vino en forma de saqueo de los monumentos por parte de coleccionistas, cazadores de curiosidades y científicos escrupulosos. El peor daño llegaría, sin embargo, en 1898. Bajo el dominio británico se inició la construcción de la represa de Asuán, lo que significó la inundación de la isla de Philae y sus templos, que quedaron solo parcialmente visibles entre las aguas. Y el golpe de gracia: en 1956 el gobierno egipcio tomó la decisión de construir una nueva represa, la más grande del mundo por entonces, dando origen a un lago de más de 500 kilómetros en medio del desierto, actualmente conocido como lago Nasser. Por supuesto, Philae no fue tenida en consideración. De allí en adelante quedó completamente anegada por las aguas. Solo en ciertos periodos del año podían vislumbrarse las cimas de unos pilones que parecían hacer un último esfuerzo por no ahogarse. Clamaban compasión. Y su llanto no fue desatendido. La preocupación mundial por la destrucción de los monumentos de Nubia se generalizaba. La Unesco hizo un llamamiento para su recuperación y salvaguarda. El resultado fue su traslado, piedra a piedra, a la vecina isla de Agilkia, donde los templos fueron reconstruidos bajo la supervisión de los mejores expertos de muchos países. Con las mismas técnicas utilizadas miles de años atrás, las construcciones fueron desmontadas en 45.000 bloques. Y como si de un tremendo rompecabezas se tratara, cada una de estas piedras fueron reajustadas en marzo de 1980, donde permanecen hoy. Incluso se llegó a dinamitar Agilkia para asemejar más la forma del territorio a la de la antigua Philae. Una mentirijilla a la que los dioses han sabido hacer la vista gorda. La noche acaricia la isla, mientras los templos se iluminan de forma mágica y la envuelven en un halo de misterio. Isis tiene un nuevo hogar. Bendice al visitante con un baño de paz interior, durante el caminar silencioso entre restos arqueológicos. Su resplandor se proyecta sobre el río sagrado, mostrando su magnificencia sobre el agua, que no dentro. La diosa se burla. Su reinado continúa.