MARRUECOS SUENA a un bullicio con acento árabe y aroma a especias. Suena a zocos. A mercados donde no quieres comprar, pero compras. Donde los precios suben y bajan dependiendo de la maña en el regateo. Donde las mochilas, sin querer, se van llenando de babuchas, turbantes, lámparas de Aladino y alfombras que no vuelan, pero casi. Marruecos suena a un constante repiqueteo de teteras. A tazas que se vacían y se llenan. A flautas que encantan serpientes y turistas. A curanderos y dentistas con consultas instaladas a pie de calle. A cascabeles adosados a sombreros con los que se intuye el paso de hombres con casacas de raso rojo que venden agua a 2 dirham el vaso. Suena a un silencio abrumador a la hora de escuchar al muecín, la voz que llama a la oración desde los minaretes de las mezquitas cinco veces al día. Marruecos suena, pero también huele. Desprende aroma a una hospitalidad impregnada en té de menta y a un tiempo interminable que alarga las horas a sorbos. Son olores familiares, reconocibles, pero indescriptibles. Olores ácidos, acres, ásperos. Olores que traspasan los sentidos. Del olor al sabor, no hay más que un plato de diferencia. Marruecos es sabroso, pero picante. Sabe a cuscús y a mechoui de cordero, a una carne que se derrite en la boca y a unas especias que desafían al paladar y a la vista. Amarillas, naranjas, rojas… Marruecos se mira. Y se mira. Y se mira. Es un reto continuo para la retina. Un caleidoscopio de colores inimaginables que conviven en todas sus tonalidades. Hay ocres, azules, verdes, cobres… Y luz, luz, mucha luz. El día exprime sus brillos al máximo hasta apagarse por completo en las noches más oscuras, más brillantes, más estrelladas. DEL ATLÁNTICO AL ATLAS Al tacto, Marruecos es frío, como el océano Atlántico y cálido, como el mar Mediterráneo. Es rocoso, como la cordillera del Atlas y suave, como la arena del desierto. No es un espejismo. Es Marruecos. Un país que se ve, se oye, se palpa, se huele, se saborea. Un destino para hacer turismo con los cinco sentidos. E incluso hasta con seis. El sexto sentido es exclusivo de los dioses griegos. Fue su mitología la que puso coordenadas al jardín de las Hespérides, un mítico vergel custodiado por un dragón de cien cabezas donde había árbo- les de los que crecían manzanas de oro. Estaba en el reino de Atlas (aquel personaje mitológico que llevaba el cielo a sus espaldas). Ese reino era Marruecos. Muchos siglos después, el reino de Mohamed VI se convirtió en fuente de inspiración de escritores y artistas. Desde Delacroix a Matisse, pasando, claro está, por Humprey Bogart y su Casablanca en blanco y negro. La literatura sigue arrancando definiciones a un país, dicen las grandes plumas, “donde la naturaleza sigue siendo natural”. “El más cercano de los países lejanos”. “Un país de contrastes”. “El reino de los sentidos”. LAS CIUDADES IMPERIALES Para empezar a despertar los sentidos, lo mejor es comenzar por el principio. Hay que remontarse años y años atrás. Desde la primera a la actual capital de Marruecos. Rabat, Fez, Meknés y Marraquech son las ciudades imperiales. Instalada a orillas del Atlántico, Rabat es la capital del país desde 1912. Sus orígenes se remontan al siglo III antes de Cristo. Sus orillas sirvieron de puerto a fenicios, cartagineses y romanos, y sus calles mantienen intactos los cimientos de su historia: el Palacio Real, el Mausoleo de Mohamed V, la necrópolis de Chellah y la Alcazaba de los Oudaias, donde los turistas pueden hacer un aromático paréntesis tomando un té a la menta o un cuerno de gacela en el Café Moro. Fez fue la primera ciudad imperial y la primera de culto musulmán en Marruecos. Allí la cultura se escribe con mayúsculas. Su universidad es una de las más antiguas del mundo y sus callejuelas esconden mezquitas del siglo IX, numerosas medersas (escuelas coránicas) y destacados museos de arte marroquí. Meknés es la ciudad de la desmedida. Fundación bereber del siglo IX, alcanzó su apogeo en tiempos de Luis XIV y del sultán alauí Mulay Ismail. Es recomendable –inevitable– recorrer sus murallas, perderse en la medina y regatear en los zocos de camino al Mausoleo de Mulay Ismail, a los Jardines de los Sultanes y al Estanque de Adgal. Marraquech es la capital turística del país. Una ciudad para perderse, volverse a perder y no encontrarse hasta la salida. La mejor forma de empezar a perderse es situarse en la Plaza de Jemaa el Fna. Es un lugar que absorbe al visitante. Tras sumergirse en la plaza y en su cercano zoco, encamínense a la mezquita y al alminar de la Koutoubia. Les resultará familiar. Es gemela de la Giralda. Tras hacer historia en las ciudades imperiales, no pierdan el norte. Brújula en mano, al norte, entre la costa mediterránea y atlántica, está Tánger, una ciudad plagada de historia e historias. Sus orígenes se remontan a la era del Paleolítico y ha sido centro de inspiración de toda una generación de artistas y políticos. Por sus calles pasearon Tennessee Williams, Samuel Becket y Jean Genet. Sus palacios fueron sede de las fiestas de Barbara Hutton y Malcom Forbes. Su luz inspiró a Matisse y su misterio, a Paul Bowles. Es un escenario perfecto para ubicar los recuerdos de ascendencia más romántica. El romanticismo, éste de corte andalusí, se mantiene unos kilómetros al sur, en Chaouen. Un pueblo santo (tiene más de 20 mezquitas y santuarios) de paredes blancas y puertas azules. Dejen atrás la santidad y siéntanse de cine. Rumbo al oeste, siguiendo la costa atlántica, está Casablanca. La ciudad donde Humprey Bogart e Ingrid Bergman dejaron su corazón en blanco y negro se ha convertido en el corazón económico de un Marruecos en color. Moderna y cosmopolita, Casablanca ha sabido mantener el pulso con la tradición marroquí a pie de calle. Mezquitas, santuarios e iglesias comparten recorrido turístico e historias con modernos cafés, restaurantes y night clubs. EL GRAN SUR Hablar del sur, en Marruecos, es hablar del Gran Sur. De oasis, dunas y ríos. De impresionantes fortalezas que se confunden con el desierto. De arena, arena y arena. Colóquense el turbante y súbanse a un camello o a un 4×4. Comienza la ruta de los casbahs (pueblos fortificados). El punto de partida puede ser Ouarzazate, donde se encuentra la Casbah de Taourirt. Desde esta ciudad salen excursiones hacia los valles del Draa, del Dades y del Sous. Entre excursión y excursión, dejen un hueco para hacer compras y llenen la maleta de cerámica y alfombras con firma propia. Siguiente parada: Zagora. Es la puerta del desierto, una etapa obligada para adentrarse en el Gran Sur, en sus paisajes con dunas y palmeras y sus ruinas de antiguas fortalezas. Unos kilómetros al norte se encuentra Erfoud, construida sobre uno de los oasis más importantes de Marruecos. Cada año, en octubre, celebra la fiesta de los dátiles. Muy cerca, en Tineghir, pueden visitar las impresionantes gargantas del Todra y del Dades. Al sur, mucho más al sur, allá donde el Sáhara se topa con el océano, se extienden las provincias saharianas. Ciudades hechas a la medida del desierto, enfundadas en piedra y arena. Ciudades en movimiento, por las que desfila a diario la población nómada. Ciudades donde se empiezan a vislumbrar nuevas perspectivas de desarrollo al margen del agua y de los camellos. LA ÚLTIMA CIUDAD Tan-Tan es la última ciudad de Marruecos antes de internarse y perderse por completo en el Gran Sur. Visiten el mayor puerto sardinero del país, sede del moussem de Sidi Mohammed Laghdal y su tradicional carrera de camellos. Las dunas toman un color rosáceo 215 kilómetros al sur. En Tarfaya, una colonia de flamencos pone la nota de color al desierto. Pero Marruecos no acaba aquí. Marruecos no acaba. Después de despertar los cinco sentidos, siempre queda la esperanza de volver otra vez.