CUANDO EN 1911 Amundsen izó su bandera noruega en el polo Sur, no se podía imaginar que casi 100 años después ese trozo de hielo de más de 14.107.637 kilómetros cuadrados seguiría siendo la última frontera, el lugar más salvaje y puro de la tierra y que tantos sueños despierta en muchos viajeros del siglo XXI. Y es que la Antártida es demasiado distinta para ser comprendida por el ser humano, de hecho el primero que llegó al continente lo hizo en 1819, por lo que tan solo han pasado 200 años de exploración e investigación. Hoy en día las cosas no han cambiado mucho más… salvo un puñado de activas bases científicas y restos de antiguas estaciones balleneras cubiertas de herrumbre en playas solitarias que nos indican que de vez en cuando –y si el tiempo y el hielo lo permiten– el hombre ha pisado su helado suelo. Por lo demás, allí continúan impasibles millares de pingüinos, elefantes marinos, focas, págalos y albatros, entre otras especies, que miran curiosos al viajero que desembarca forrado como una cebolla para combatir las bajas temperaturas y con una cámara entre sus manos. El espectáculo es único, de una belleza extrema, una experiencia humana, vital, para recordar siempre. Llegar allí no es fácil, pero a bordo del MS Fram, el ultramoderno barco de la flota Hurtigruten, no solo es posible sino además seguro. La actividad turística tal y como la desarrolla la compañía cumple las normas del Tratado Antártico, que ayuda a preservar el medioambiente. Este objetivo se alcanza mediante un programa educacional a bordo que prepara a los pasajeros para disfrutar de la experiencia causando impacto prácticamente nulo en el ecosistema. Al atardecer, el MS Fram zarpa desde Ushuaia con destino a la península antártica. A los pasajeros les aguardan 40 horas aproximadamente de navegación por el temido pasaje de Drake, que conecta los océanos Atlántico y Pacífico y que aprovechan para ponerse al día con las múltiples conferencias a bordo sobre la historia, la fauna, la protección y las normas éticas y ecológicas de ese continente helado que espera al viajero tras unas horas de vaivenes, sacudidas y olas magníficas que hacen que más de uno piense qué hace allí en mitad de la nada. De hecho, antiguamente a los marineros que conseguían atravesar el pasaje lograban dos privilegios, el primero era que podían llevar en su oreja izquierda un aro a modo de estatus, y el segundo, un tanto peculiar, es que se les permitía orinar por la borda pero a favor del viento… Hoy en día no se aplican esas tradiciones a bordo del MS Fram, pero tras atravesar el estrecho se comprenden muchas cosas. Tras ello y dos cajas de cualquier producto antimareo (aquí vale todo) se llega a la primera parada del barco: la mágica, negra y misteriosa isla Decepción, formada por las antiguas paredes de la caldera de un volcán, colapsada hace miles de años. En su interior se abre una bahía circular de aguas protegidas de unos 8 kilómetros de diámetro conocida como Port Foster. El acceso, descubierto en 1820 por cazadores de focas, es a través de un angosto paso llamado Fuelles de Neptuno. Es un espectáculo de casi 360º de montaña con playas negras que albergan restos de una antigua estación ballenera y nieves inmaculadas. MOMENTOS MÁGICOS A bordo de zodiacs polares y por riguroso turno los pasajeros bajan a tierra. Es el primero de una serie de desembarcos y quizá por eso las caras de emoción y nerviosismo son dignas también de una foto. Un puñado de pingüinos se acercan a modo de saludo y cuando todavía uno no se ha repuesto de ver esos simpáticos e inocentes animalitos aparece ante los ojos un ejemplar de elefante marino posando para la foto y haciendo de ello una estampa permanente, no solo digital sino también en la memoria, para siempre. Un momento mágico que solo se rompe tras otro surrealista: de repente se observa cómo un puñado de turistas, normalmente japoneses e incluso algún español, se lanzan en bañador a las gélidas aguas para a continuación salir como alma que lleva el diablo e introducirse en una poza de aguas termales… Lo peor es salir de la poza, claro. Esto forma parte de la bajada a tierra pero ni que decir tiene que el baño es voluntario y solo unos pocos valientes se atreven, mientras el resto aplauden. Una vez de regreso en el cómodo barco y tras un frío considerable en tierra, especialmente los bañistas, un soberbio bufet espera al pasajero y tras él se vuelve a zarpar para emprender una nueva aventura en la siguiente parada. Los días siguientes son un festival de icebergs, de naturaleza en estado puro y de paisajes sobrecogedores como el estrecho de Guerlache; Cuverville Island, que posee la colonia de pingüinos papúa más importante de la península antártica; Neko Harbour, lugar asombroso por la actividad de su glaciar, cuyo frente constantemente se rompe formando icebergs; Port Lockroy, una antigua base británica convertida en museo por el Heritage Anctartic Trust y que abre sus puertas durante el verano austral permitiendo a los visitantes comprar algún recuerdo, o Wilhemina Bay. Todos ellos son dignos de bajar a tierra pero la naturaleza puede no estar de acuerdo y si el tiempo y el hielo no lo permiten, el capitán del MS Fram, tampoco. No obstante, aunque no se produzca la bajada en alguno de ellos, la sola vista desde el barco merece asomarse a cubierta con temperaturas extremas y cartílagos congelados