La ciudad concentra una asombrosa densidad de templos y monumentos románicos en plena Vía de la Plata

Cada ciudad tiene un río en el que mirarse y Zamora tiene al Duero, sobre cuyo lecho se levanta desde su imprecisa fundación como asentamiento castreño en la edad del bronce. De ello dan cuenta los restos arqueológicos guardados en la caja de tesoros que es el museo de la ciudad.

Sucesivos pueblos y culturas se irían superponiendo en este enclave, en el que los romanos, según algunas fuentes, sitúan una de sus mansiones, Ocellum Duri, en plena Vía de la Plata que unía Mérida y Astorga. Un lugar bien defendido no solo por el río, sino también por la propia topografía, a la que se sumarían después sus famosas murallas, que le valieron el sobrenombre de la bien cercada.

En efecto, tras la etapa visigoda, Zamora (o Semure, como se cree pudo ser su nombre original) fue objeto de numerosas incursiones musulmanas durante casi cien años, hasta que en el siglo X, libre ya de asedios se convierte en un punto estratégico del reino de León y sede de la Corte. Comienza el esplendor de esta ciudad, uno de los bastiones cristianos de la línea defensiva del Duero, inexpugnable con sus tres recintos amurallados, y de cuyos acontecimientos históricos el Romancero recoge la narración sobre el Cerco de Zamora.

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De ese apogeo de la ciudad medieval queda la gran densidad de iglesias románicas que atesora Zamora, presidida por el magnífico templo de la catedral y su singularísima cúpula, donde el estilo románico francés se mezcla con las influencias mozárabes y puntualmente del Al-Andalus cordobés. El resultado de esta gran obra desata una fiebre constructiva llena de influencias en la ciudad, que llega a las postrimerías del románico que ya apunta sus arcos hacia arriba, anunciando el gótico que llega. El momento es tan intenso que la ciudad queda exhausta en su enorme concentración de enclaves románicos, especialmente iglesias – más de veinte- , el castillo y los recintos amurallados. Será la hora entonces para la arquitectura civil, con interesantes ejemplos de palacios góticos y renacentistas, un esplendor que no volverá a alcanzar hasta finales del XIX y comienzos del XX.
Es en ese tiempo cuando una cierta pujanza económica de la burguesía local, dedicada a la industria harinera, junto al despertar de las comunicaciones por ferrocarril y carretera, la electricidad… En definitiva, el afán de modernidad se deja sentir también en la ciudad, y en ella se construyen bellos edificios residenciales de aire eclecticista o decididamente modernista, junto a otros de carácter social como el Casino, los dos teatros, el antiguo palacio de la Diputación Provincial o el Mercado de Abastos.
Por lo demás, el devenir del tiempo ha ido dejando en la ciudad una buena muestra de construcciones contemporáneas que han terminado por convertir a Zamora en un referente de la arquitectura más nueva, con obras de calidad como el Museo de Zamora, la Fundación Rey Afonso Henriques , el Museo Etnográfico o el recinto ferial Ifeza.

Una pequeña ciudad de provincias, a escala del hombre, en la que se puede leer el paso de la historia urbana y de los ciudadanos que en ella han dejado su huella. Una ciudad para disfrutar de la lentitud y de la vida tranquila, recorriendo sus pequeñas tiendas, bares y plazas, y degustando su buena gastronomía.