UN POCO MÁS ALLÁ de las rutas turísticas habituales, el escenario de la selva amazónica recupera una realidad sorprendente para el viajero. Atrás se queda la imagen bucólica de una naturaleza generosa para dar paso a la evidencia de la dificultad que encierra la supervivencia: cazar, pescar o recolectar frutos no es tarea fácil ni siquiera para los experimentados cazadores de las orillas de Río Negro, uno de los afluentes del gran Amazonas caracterizado por sus aguas cristalinas y extremadamente puras.

El Río Negro y el Amazonas unen sus caminos cerca de Manaos –capital del estado de Amazonas y moderna ciudad construida en medio de la selva– formando además de uno de los espectáculos naturales más sorprendentes (las aguas terrosas del Amazonas y las color café del Río Negro corren juntas pero no se mezclan debido a su diferente densidad), un hábitat único de bosques inundados, de extraños espejismos donde es casi imposible saber donde empieza el aire o donde acaba el agua.

En ese escenario de mariposas de colores brillantes, vegetación exuberante y frágiles orquídeas colgadas de ramas de los árboles muertos –que soportan jardines flotantes hasta que se hunden definitivamente bajo el agua– viven dos leyendas: el yacaré (caimán) y las comunidades indígenas. El yacaré es un buen alimento (con un sabor similar al pollo) y un complemento indispensable en el atrezo indígena, que utiliza con profusión colgantes hechos de dientes así como adornos y pulseras de escamas.

Las comunidades río arriba son generosas, amables y orgullosas de su cultura. Algunas de ellas han conservado su chamán, lo que significa una renuncia al estilo de vida que las iglesias occidentales han llevado al Amazonas y a las que otros muchos poblados ya han sucumbido. El apoyo del actual gobierno de la capital está colaborando activamente en mantener el hábitat y las condiciones de vida de estas reducidas etnias que hoy, con la seguridad que les da el reconocimiento institucional y la política de devolución de tierras, muestran al visitante sus secretas danzas en honor de los dioses que les protegen y les ayudan, aunque siguen sin dejarle tomar fotografías hasta que el chamán lo autoriza. Solo entonces la comunidad queda protegida de los efectos nefastos de la extraña caja en la que los blancos se llevan sus caras y sus gestos.

VIAJERO EXPERIMENTADO

La vida en la selva, como relata Mario, guía nativo, es difícil y puede ser muy peligrosa para quien no la conoce. Es indispensable contar con un compañero de viaje experimentado que te aleje de insectos, serpientes, plantas venenosas, pirañas y cocodrilos y te muestre los arbustos medicinales, los árboles de los que se obtiene una textura similar a chicle, o lacre o perfume, alguien que conozca dónde se cobijan las luciérnagas gigantes que pueden parecer una constelación de estrellas sumergidas, que sepa el lugar donde nacen las cascadas naturales en las que un baño –se pueden superar los 30º C– sabe a gloria. Y al atardecer te conduzca a los rincones en los que se oyen pájaros desconocidos, los sonidos imprecisos de una actividad animal trepidante e invisible para nuestros ojos y a lo lejos, muy lejos, el motorcillo de la canoa que devuelve a unos pocos escolares a su casa.

El área de confluencia del Río Negro con el Amazonas es un entorno frágil que a duras penas resiste la presión de la economía global. No se puede olvidar que este ecosistema único de especies aún desconocidas, de playas de arena tibia, de harina de mandioca hecha a mano, cuna de la anaconda y territorio del yacaré es la reserva más grande de agua dulce y el mayor pulmón del planeta.