A VISTA DE PÁJARO, las Cataratas de Iguazú son de los espectáculos naturales más hermosos del planeta y uno de los más soberbios de Suramérica. Argentina, Brasil y Paraguay comparten este interminable muro de agua, que supera en altura y anchura a las cataratas del Niágara, y que se originó hace unos 200.000 años debido a una falla geológica. Las cataratas están ubicadas en la región que forman las ciudades de Puerto Iguazú (Argentina), Foz do Iguaçu (Brasil) y Ciudad del Este (Paraguay), una zona que hoy se conoce como Hito de las Tres Fronteras. Agua, en guaraní llamada sencillamente i, y Grande, guazú, fue el nombre con el que fueron bautizadas estas cataratas, inabarcables para quienes las han visitado. Sólo se puede apreciar toda su inmensidad en un vuelo panorámico. Quienes han podido sobrevolarlas aseguran que, en el recuerdo, dejan una huella imborrable. La avalancha de estas aguas se extiende a lo largo de 23 kilómetros y, según el caudal del río, se pueden llegar a contemplar hasta 270 saltos de agua, hasta alcanzar el más imponente de todos: La Garganta del Diablo. Una cascada rugiente y ensordecedora, que asombra por la fuerza con la que se despeña (1.700 metros cúbicos de agua por segundo), rompiendo entre las piedras y desplomándose desde unas alturas de vértigo (80 metros). La violencia de la caída produce una niebla permanente, en la cual los rayos solares conforman múltiples arco iris de insuperable belleza. Y forma fumarolas de rocío y vapor de agua, a veces visibles desde una distancia de siete kilómetros.

PARQUES NACIONALES
Las cataratas están rodeadas de la vegetación agreste y salvaje de la selva subtropical. Con el objetivo de preservar este Patrimonio Natural de la Humanidad se crearon dos parques nacionales: el Parque Nacional do Iguaçu, en Brasil, y el Parque Nacional Iguazú, en Argentina. El primero, creado en 1939, cuenta con una extensión de 185.262,5 hectáreas, una gran diversidad de especies representativas de la fauna y la flora brasileñas, algunas de las cuales están en peligro de extinción, como el puma o el yacaré, además de 800 aves diversas. El segundo está ubicado en el extremo noroeste de la provincia argentina de Misiones. Creado en 1934, posee alrededor de 67.620 hectáreas y una flora autóctona con más de 2.000 especies, 450 tipos de aves (tucanes, loros, urracas…), 80 especies de mamíferos, entre ellos tigres y zorros, y una gran cantidad de coloridas mariposas. En el Parque Nacional Iguazú se organizan, además, románticos paseos bajo la luminosidad de la luna llena: del 8 al 12 de julio, del 6 al 10 de agosto y del 4 al 8 de septiembre (en función de los horarios de salida de la luna). A lo largo de toda su visita por los parques nacionales y el área de las cataratas, el visitante podrá percibir la marcada influencia que la cultura guaraní dejó en la región. Las fascinantes costumbres e historia de esta etnia castigada por la conquista europea aún permanece en esta región. Sus miembros ofrecen sus artesanías dentro del parque en su condición de primeros ocupantes de lo que ellos llaman la Tierra sin Mal. La selva, para el guaraní, es un ambiente mitológico que le provee no sólo de lo necesario para la vida terrenal, sino también de una cosmología especial basada en el equilibrio del hombre y la naturaleza. El guaraní creía en la inmortalidad del alma, en un dios llamado Tupá y en los demonios errantes Añaes. Pero los espíritus malignos que poblaban esta vasta región guaraní solo existían para castigar a quien depredaba la selva destruyendo sus recursos naturales. De toda esta mitología surgió una leyenda para explicar la formación de las cataratas.

LA LEYENDA GUARANÍ
Muchos años atrás, el río Iguazú era habitado por una enorme serpiente llamada Boi. Los guaranís tenían por costumbre sacrificar una vez al año a una linda doncella para entregarla al río (a la serpiente). Para esta ceremonia se invitaban a todas las tribus, hasta las que estaban más alejadas. Fue así como un día llegó un joven cacique llamado Taroba, que conoció a Naipi, la doncella elegida para ser sacrificada. En vísperas del sacrificio, Taroba la raptó y escaparon por el río en su canoa. Boi quedó tan furioso que doblándose dividió el curso del río formando las cataratas y prendió a Taroba y Naipi. Como castigo, Boi los transformó en los árboles que hoy se ven en la parte superior de las cataratas con la cabellera de la bella Naipi como saltos de agua. Después de eso se sumergió en la Garganta del Diablo y cuida que los amantes nunca vuelvan a unirse… Pero en los días de pleno sol, el arco iris supera el poder del mal de Boi y los vuelve a unir.