HOLANDA ES FRUTO del trabajo de los holandeses en el más estricto sentido, ya que una parte considerable de su territorio ha sido ganado al mar y hoy se mantiene libre de los embates de las olas gracias a unos diques que, en la costa, constituyen una ingente obra de ingeniería y que, en el interior, se hacen presentes en infinidad de taludes. El agua, por tanto, está omnipresente: amenazante en las zonas costeras, obliga a los holandeses a batirse con ella para contener sus asaltos; útil y mansa cuando se transforma en canales navegables hasta los rincones más apartados del país. La presencia de dos grandes ríos -el Mosa y el Rin- y de una intrincada red de canales -con la irreal pero frecuente imagen de un barco que parece cruzar los prados-; los innumerables puentes levadizos y las incontables esclusas; la silueta de los molinos de viento; la pacífica imagen de miles de vacas pastando en los ubérrimos campos; el ir y venir de las bicicletas por caminos diseñados especialmente para ellas; la cuidada imagen de villas, pueblos y ciudades -en gran parte peatonales y siempre con la sensación para el visitante de estar recién pintadas- ; y la presencia esporádica de una importante industria, constituyen una serie de estampas que el turismo puede contemplar de forma casi ininterumpida mientras navega, camina o pedalea. Y junto a la tranquilidad del campo, el atractivo de las ciudades -Amsterdam, Roterdam, La Haya, Utrecht-, el encanto de mercados como los de quesos o de flores -con el tulipán en primer plano-, o la peculiaridad de sus talleres artesanos, sus puestas de venta de arenques -que los holandeses consumen crudos- y las numerosas terrazas donde descansar y saborear alguna de las mil variedades de cerveza, cada una servida en el vaso, copa o jarra que le corresponde. UN PASEO POR LA CAPITAL Mención especial merece también la arquitectura civil y religiosa, el arte y, sobre todo, la pintura que, desde el Bosco a Rembrandt y Vermeer hasta Mondrian, pasando por el genial Van Gogh, hacen imprescindible una visita a los diversos museos, como el Rijksmuseum o el Van Gogh, en Amsterdam. Amsterdam vale por sí sola una visita. Sus numerosos canales, sus estrechas casas, su famosa plaza central -punto de encuentro de la juventud de todo el mundo desde hace décadas-, su barrio histórico, su medieval patio de Begijnhof, sus museos, sus calles peatonales, sus cafés marrones o, incluso, su barrio de vida galante, hacen de esta ciudad una de las capitales más atractivas de Europa.