AUNQUE ESTA TEMPORADA escasee la nieve en todas partes, el número de visitantes del pequeño Principado de Andorra se mantiene alto. Más allá de sus consabidas estaciones de esquí, la oferta de ocio, la intensa actividad comercial y la buena conservación de su patrimonio cultural merecen ser tenidos en cuenta en cualquier época del año. Es un país con una imagen moderna, con céntricas avenidas comerciales repletas de escaparates en constante renovación y edificaciones actuales que contrastan con la tranquilidad de sus pueblos de marcada identidad pirenaica. Ciudad y ambiente de montaña, modernidad y tradición conviven en perfecta harmonía gracias a una estrategia basada en la diversidad. En favorecer la actividad turística, por un lado, a la vez que se desarrollan planes de conservación para los parajes más auténticos y aún no supeditados al desarrollo urbanístico. El mercado turístico al que se expone Andorra supera los once millones de visitantes al año. Una extensa y bien acondicionada flota hotelera y de restaurantes permite acogerlos, así como una industria del ocio basada en el turismo del bienestar. El termolúdico Caldea ofrece sus aguas termales e infraestructuras para el entretenimiento y la relajación durante todo el año. También se puede disfrutar de tratamientos exclusivos en varios hoteles del principado, entre ellos el centro Carita del Anyós Park, en la Massana, y el Sport Wellness de Soldeu, este último dotado de sofisticadas instalaciones acuáticas. Para el deporte también existen modernos polideportivos en las principales poblaciones, campos de pitch & putt para los aficionados al golf y de tiro al plato, así como una gran oferta de rutas de senderismo. Diversión nocturna garantizada y una interesante agenda de actividades culturales podrán ayudar a integrar al visitante en la oferta local de ocio. Más allá del entretenimiento y de los precios interesantes de muchos de los productos que lideran el comercio andorrano, los vestigios de la historia del principado son uno de sus mayores atractivos. Ahondar en la vida no tan lejana de los antepasados nos permite encontrar un montón de pistas: monumentos del románico, casas museo representativas de los modos de vida de antaño y, por supuesto, paisajes que se conservan en la actualidad tal y como eran hace siglos y que nos muestran las peculiaridades y dificultades de la vida pastoril. Entre los parajes de más reconocimiento figura el valle del Madriu, bien cercano a una de las mayores urbes de Andorra, pero a la vez salvaguardado de todo signo de modernidad. Ha sido declarado patrimonio mundial por la Unesco. Cabe destacar el interés de la recientemente recuperada Ruta del Hierro, que permite visitar unas minas y una ferrería donde se reproduce y explica perfectamente los orígenes de la industria metalúrgica, la Farga Rossell. Y además, una amplia red de museos que incluye el recién inaugurado de las dos ruedas, el del automóvil, el del perfume y el del tabaco, representantes de algunos de los sectores que han contribuido a la modernización de Andorra. También se pueden visitar las casas Areny Plandolit, Rull y Cristo, perfectamente conservadas donde, por el contrario, el visitante podrá conocer los pormenores y los contrastes de los antiguos habitantes de el país montañoso. Finalmente, en cualquier visita al principado, es recomendable incluir una ruta gastronómica. La gastronomía andorrana es también la herencia de los antiguos pobladores del Pirineo y, a lo largo de los años, ha ido recibiendo influencias del sur de Francia y de Catalunya. Para descubrirla se pueden seguir diferentes opciones. La más tradicional es la ruta de las bordas, antiguas edificaciones representativas de la arquitectura local, adaptadas para acoger la más selecta cocina tradicional con ingredientes autóctonos y de primera calidad. Otra opción es la de los restaurantes de cocina moderna, creativa y de autor. Y, por último, la ruta de las fondues y raclettes, representativa de la cocina de montaña y del frío.