Un crucero único en el que el aventurero no necesita casinos ni discotecas, porque el principal encanto es el viaje en sí mismo

HACE UN FRÍO de esos que casi cortan la respiración y en el que uno apenas se atreve a sacar la nariz de la bufanda. Pero cuando se quiere saber cómo es la sensación de estar a -20º C uno decide respirar hondo y el intenso olor a sal del puerto de Tromsø reconforta. Aquí empieza la aventura ártica.

Conocida como la puerta del Ártico, desde donde Roald Amundsen partió con su expedición en busca del Polo Norte, Tromsø es hoy en día uno de los núcleos urbanos más poblados de Noruega septentrional. Sus casas de madera de distintos colores, con tejados coronados por nieve, hacen inevitable recordar una estampa típica navideña.

La isla, conectada a la parte continental por varios puentes, conjuga esta tradicional arquitectura con edificios de diseño más moderno como es el caso de la espectacular biblioteca municipal, de inmensos cristales, o la bella catedral ártica –Tromsdalen kirke– construida en el año 1965.

Como buena ciudad universitaria, el ambiente en las calles de Tromsø anima al viajero a pasear por sus vías principales y descubrir lugares tan peculiares como el cine Kino, el más antiguo del norte de Europa donde todavía se proyectan cintas clásicas, se realizan cineforos de películas internacionales y retransmiten la ópera; o el bar La Estación, decorado a modo de vagón de tren, haciendo un guiño a la ausencia de la red ferroviaria hasta Tromsø. Disfrutar de una taza de café caliente aquí o en cualquiera de las acogedoras cafeterías de amplias cristaleras, desde las que se puede contemplar el ir y venir de la gente, es más que recomendable si se quiere comprender un poco más la actividad de Tromsø.

Cruzando por uno de los puentes hacia el continente, a escasos kilómetros se encuentra el centro de adiestramiento de perros de trineo Tromsø Villmarkssenter. Los canes ladran ansiosos nada más ponerles el arnés, deseando tirar del trineo para recorrer durante casi una hora los bellos paisajes invernales. Una experiencia única en la que el viajero siente que forma parte de la naturaleza que le rodea. Tras el paseo entre la nieve, un caldo caliente hecho a base de carne de reno y verduras locales devuelve el tono al calor de la hoguera.

Atmósfera relajada. Casi con la noche cerrada sobre los gorros polares, en el muelle de Tromsø aguarda el imponente barco-correo MS Richard With de la naviera Hurtigruten, haciendo honor a su nombre y rememorando al visionario capitán que abrió esta línea regular en 1893 y que aún hoy mantiene unidos los extremos del país. Desde hace más de cien años, las naves de Hurtigruten reparten a diario el correo y transportan mercancías y pasajeros por toda la costa de Noruega desde Bergen hasta la lejana ciudad de Kirkenes, realizando 34 paradas en diversos puertos en los que el viajero puede pasar noche en cualquiera de ellos y esperar al siguiente barco para retomar el viaje por mar a bordo de El Expreso del Litoral.

A las 18.30 horas el Richard With abandona Tromsø y pone rumbo a la Laponia noruega. A bordo no hay casinos ni discotecas, sino una atmósfera relajada para disfrutar del viaje mismo y de los hermosos paisajes invernales desde el tranquilo mirador de proa. En cubierta, el silencio de la noche tan solo se ve interrumpido por el crujir del hielo que el Richard With rompe a su paso entre las aguas del fiordo. Si hay suerte, es posible que un remolino de luces en tonos verdes y formas caprichosas deje atónitos a los viajeros porque estarán ante la aurora boreal o la diva, como la llaman algunos por su imprevisibilidad y el sutil coqueteo que mantiene con los que la observan.

De madrugada el barco se detiene en algún remoto puerto y solo algunos que se han despertado son testigos del ir y venir de mercancías y de la marcha de una pareja de ancianos que abandona de la mano el barco porque han llegado a su destino tras varios días de viaje. Quizá vayan a conocer a su nuevo nieto o quizá vengan de disfrutar de unos tranquilos días de vacaciones.

La brillante luz del sol de la mañana se refleja en el tranquilo mar mientras a un lado y al otro de la eslora del barco se elevan nevadas montañas salpicadas de pequeñas casas de colores. El claxon de Hurtigruten anuncia la llegada al silencioso y bello puerto de Honningsvåg de la isla de Magerøya y los corazones de los viajeros laten acompasados esperando el comienzo de otra aventura.

Existe un lugar en el mundo en el que parece que no hay nada más allá de lo que alcanza la vista, por encima de un oscuro mar tintado de azul intenso, un viento helado casi inimaginable del Ártico y un acantilado de más de 300 metros de altura a nuestros pies; es el fin del mundo, es Cabo Norte. En el techo de Europa, a 71o 11’ 8’’ norte y a 25o 47’ 49’’, donde decenas de turistas se acercan al monumento de la esfera del mundo hecha de hierro para inmortalizar el excepcional momento.