A VISTA DE PÁJARO, y viajando hasta uno de los extremos de Europa, se avistan en medio del océano Atlántico nueve volúmenes flotantes. Es esa localización mágica, idílica y fortuita la que hace de las Azores un destino alejado de lo masivo, un lugar que invita al paseo sosegado. Paisajes de naturaleza volcánica demarcados por los pastos, lagunas azules y verdes y tierra humeante. La isla de Faial es una de las del grupo central del archipiélago. Es conocida como la isla azul, debido a la profusión de hortensias que bordan sus campos y caminos hacia la costa. Allí, la punta de los Capelinhos, en el extremo occidental, es una de las principales atracciones turísticas por su inusual paisaje volcánico, que contrasta con la exuberante vegetación. El volcán de los Capelinhos, que entró en actividad entre 1957 y 1958, añadió nuevo territorio a la isla a raíz de la sedimentación de sus cenizas. En un paisaje árido, que frecuentemente se asocia a un paisaje lunar, se encuentra el antiguo faro, parcialmente soterrado en las cenizas. La isla de Faial es, además, un buen lugar para aventurarse en un paseo marítimo, con el fin de observar cetáceos. Es posible avistar más de 24 especies, desde la ballena azul, el mayor animal de la tierra, a los cachalotes o los delfines, con los que uno puede incluso bañarse. Pero, de hecho, la tradición ballenera tiene su origen en la isla de Pico. Muestra de ello es su puerto comercial y el antiguo puerto pesquero. Pico empezó proporcionando arponeros a los balleneros americanos que, hasta finales del siglo XIX, llegaban para capturar cachalotes. Después continuó la actividad por iniciativa de los propios habitantes de la isla, que se aventuraron al mar en estrechas canoas movidas por remos. De la historia de la captura de ballenas queda el Museo de la Industria Ballenera, instalado en la Villa de Sao Roque, en el edificio de los antiguos astilleros balleneros, que funcionó entre 1946 y 1984.

TRES SANTOS
La isla más grande, Sao Miguel, es la actualmente más poblada, la más variada en paisaje y más rica en cráteres pintorescos y lagos legendarios. La capital, Ponta Delgada, lo es también del archipiélago. Se trata de una ciudad señorial, con buenos monumentos manuelinos, casas nobles convertidas en restaurantes o locales acogedores, calles empedradas y recogidas en el casco antiguo, modernas avenidas flanqueadas por lujosos hoteles y parques junto al paseo marítimo. Los tres arcos dieciochescos de lava oscura de la plaza de Gonçalo Velho constituyen el emblema de la ciudad. En el antiguo monasterio de Santo André, convertido en Museu Carlos Machado, pueden verse colecciones de arte junto a cachivaches de la vida tradicional de la isla. En el puerto, el fuerte de Sao Bras es el lugar idóneo para acabar cualquier paseo a través del bulevar marino, comprando artesanía, dulces, quesos típicos o licores exóticos: de maracuyá, chirimoya, piña o de frutas tropicales aclimatadas en la isla desde el siglo XIX y que ayudaron a apuntalar su prosperidad. De Sao Miguel a Sao Jorge, una inmensa acuarela pintada con infinitos matices de verde: desde la tonalidad pálida de la hierba que despunta hasta el tono oscuro de las hojas de los arbustos de los acantilados que se hunden en el mar. Y del verde al blanco inmaculado de las casas esparcidas por el paisaje de la isla de Santa María. El recuerdo del lugar pasa siempre por aquellas escalinatas cubiertas de viñedos descendiendo por las rocas hasta el mar, los extensos arenales que invitan a los placeres del mar y del sol y el basalto retorciéndose en las múltiples curvas de una fachada barroca. Terceira, Patrimonio de la Humanidad, es el lugar idóneo para disfrutar de un partido de golf o del descenso a grutas volcánicas; de la alegría y animación de una tourada a corda (espectáculo taurino) o el encanto singular de la arquitectura popular; del baño en una piscina hecha de lava y mar hasta el buen sabor de la cocina tradicional. El cuadro natural de la isla de Flores se pinta al ritmo de la vida tranquila de los antiguos tiempos: el giro de la muela de una acequia, la transparencia de las aguas del mar llenas de peces, los kilómetros de hortensias realzando la belleza del paisaje, la delicada transparencia de las flores hechas por manos humanas… Por su parte, la isla de Graciosa posee una misteriosa laguna justo en el fondo de una cueva volcánica, además de numerosos y frondosos campos cubiertos de viñedos, sobre los que agitan sus brazos los molinos. Y, finalmente, Corvo, la más pequeña de las islas de las Azores, donde casi todo el mundo tiene algún tipo de parentesco. Quizás por eso es la que mejor conserva las tradiciones pesqueras y agrícolas del archipiélago. La elevada humedad del aire justifica la pesadez del paso del visitante, lo que le facilita una mirada reposada de aquello que le rodea. Un entorno natural respetado por encima de todo lo demás.