RARO QUIEN, al ver la imagen que ilustra este reportaje, no desee ser él o ella, los que se pierden en arenas blancas. Raro quien no piense en zambullirse con delfines como una experiencia única. Raro quien catalogue a sus nativos como demasiado buenos anfitriones. No hay tu tía; de las Bahamas se llega enamorado. El avión deja en Nassau, la capital de este archipiélago de más de 700 islas que se extienden desde las costas de Florida hasta la altura de Haití. En una pequeña choza improvisada en el aeropuerto, un joven de piel tostada propone un cóctel casero a cambio de un dólar. De fondo, música bahameña, que acompaña la salida del recinto, bajo un sol de bofetada. Sería bueno llenar el estómago –con una ensalada de conchas– antes de comenzar la visita a la ciudad. El mercado de la cestería, meca de la artesanía local y lección de regateo, precede a la visita al palacio del gobernador, con la vigilante mirada de la estatua de Cristóbal Colón. A continuación, frente al palacio de justicia, la biblioteca municipal, que reemplaza a la antigua prisión, las iglesias presbiterianas o el inmaculado busto de la reina Victoria quien, por otra parte, jamás pisó estas tierras. El centro histórico es el orgullo local, con sus casonas de estilo colonial de tonos pastel. Es inevitable la visita a Balcony House, la más vieja de ellas –del siglo XVIII–, que ha sido convert i d a en museo. Del pasaje británico también se ha heredado un inglés ultracorrecto, un atuendo policial muy londinense y las buenas maneras de los estudiantes, bajo sus uniformes. Aunque, para los que tienen alma de robinson, resulta mucho más tentador alejarse de la civilización, por ejemplo hasta los cayos de Exuma, donde le esperan 365 islas e islotes, la mayoría deshabitados. El viaje, en aeroplano, alcanza en una hora la isla de las iguanas, Allan’s Cay. Allí el programa es sencillo de seguir: descubrir a estos dinosaurios en miniatura, pescar o dar de comer a las rayas y a los tiburones en las aguas poco profundas. AL NORTE En la región más septentrional del archipiélago, Grand Bahama es la cuarta isla en talla pero la segunda más visitada, tras Nassau. Sacando partido de su enorme potencial, la isla ha sabido proponer una oferta turística complementaria a la que se encuentra en el resto del archipiélago: el comprador disfruta en las tiendas libres de impuestos de los centros comerciales al aire libre de Freeport (la capital) y Port Lacaya; el jugador derrocha en alguno de los casinos, y las familias con niños aprovechan los miniclubs y las fórmulas todo incluido que proponen la mayoría de hoteles de categoría superior. La alternativa, difícilmente evitable, es el turismo verde, el descubrimiento de los manglares, de los altos fondos y las hermosas playas, o los safaris en todoterreno, plancha o kayak. En un rápido ferri o bien en avión se alcanza otra isla, Harbour Island, donde, se comenta, han instalado su segundo domicilio algunas estrellas americanas, quebequesas o francesas. Su pueblo principal, Dunmore Town, primera capital de las Bahamas (en 1648), ofrece un ambiente que evoca la Nueva Inglaterra en la época de la reina Victoria: casas de madera con fachadas de colores que bordean los callejones por los que circulan unos diminutos coches eléctricos, usados habitualmente en los campos de golf. Las otras dos singularidades de la isla son Pink Sand Beach, una inmensa playa de arena rosada que cubre cerca de cinco kilómetros, y la mayor concentración de hoteles con encanto de las Bahamas.

LA SOLEDAD

Todos hemos sentido en algún momento la necesidad, ya no de cambiar de aires, sino de apartarse del mundo, abandonar todas nuestras ataduras, nuestros compromisos, nuestras responsabilidades, y acabar perdido en la otra punta del mundo. Las Bahamas hacen el sueño realidad. En primer lugar Bimini, situada al norte del archipiélago, el que fue el rincón secreto de Hemingway durante mucho tiempo. Lugar tranquilo, donde emanaba su inspiración literaria. La pesca en grandes cantidades se ha convertido en la gran actividad de la isla, mientras que los aficionados a la inmersión y el esnórquel se topan con bancos de peces multicolores y observan, guardando las distancias, el paso en fila de delfines salvajes. Después, Abaco, un conjunto de islas dispuestas en forma de bumerán, pobladas en su mayoría por los descendientes de la guerra de la independencia de los Estados Unidos. En tiempos pasados tenía fama por sus astilleros y por la pesca de esponjas. Hoy es más conocida por su gran concentración de barcos, tanto encima como debajo del agua, ya que se cree que en sus fondos se encuentran los vestigios de cientos de galeones. Buen reclamo para submarinistas. La siguiente es Cat Island, una isla atravesada por una sola carretera, con una playa de arena rosada de unos 12 kilómetros y el punto más alto de las Bahamas: el monte Alvernia. Aunque resultaría inútil equiparse con una máscara de oxígeno para su ascensión, ya que su cumbre se encuentra a tan solo 63 metros de altura. Aquí lo recomendable es alojarse en uno de los hoteles con encanto, construcciones que respetan la habitación tradicional, de madera y piedra. Y quizás la última de las islas que ofrece un entorno más solitario es Long Island. Al tomar tierra en el Stella Maris, cualquiera creería encontrarse en un aeropuerto internacional, aunque exclusivo para avionetas privadas. Se podría recomendar la práctica del island hopping, que consiste en sobrevolar la isla según el antojo del piloto. ¿Esnob? No del todo: como las Bahamas engloba tantas islas, el avión resulta, sin duda, el medio más adecuado para ir de un lado a otro.

ANDROS ISLAND

Es una de las Islas Exteriores y quizás de las menos frecuentadas. Sin embargo, el desplazamiento hasta allí vale la pena. Los aficionados al buceo no deben dejar de visitar el Small Hope Bay Lodge. No hay que olvidar que las Bahamas no solo poseen una de las más largas barreras de arrecifes coralinos –la tercera después de Australia y Belice–, sino además la concentración más importante de agujeros azules del mundo, con más de 200. Al sur de la isla se impone Congo Town, accesible únicamente en avión. Después de 15 minutos en taxi acuático, se desembarca en el ecolodge (alojamiento ecológico) Tiamo, que cuenta con once bungalós en medio de una selva tropical. Es el destino ideal para parejas de recién casados o, sencillamente, para aquellos que quieren aislarse en uno de los rincones más románticos del planeta. Los propietarios, Mike y Petagay Hartman, acogen al recién llegado con una sonrisa y un vaso de limonada. Petagay le lleva hasta su bungaló: la puerta no se cierra con llave, hay telas en lugar de muros y una cama enorme en un cuarto decorado con mucha madera. La climatización, el agua, la electricidad… todo es ecológico y la energía 100% solar. Es momento de aprovechar los lechos marinos (extraordinarios para practicar el esnórquel) o aprender algo de la pesca tradicional. El aperitivo se sirve a las siete y media de la tarde y, a continuación, la cena, alrededor de una sola mesa, donde se comparten anécdotas con los vecinos de bungaló y los propietarios. La velada finaliza alrededor de un fuego y con la compañía añadida de un cielo salpicado de miles de estrellas. Las Bahamas han vencido el tópico de ser un destino elitista. Se benefician de un mundo pañuelo, en el que en cuestión de horas, uno se quita el gorrito tirolés para ponerse el poncho peruano. En el Caribe, basta con un bañador. O ni eso.