ESCRIBIÓ el trazo del poeta José María Gabriel y Galán: “¡Ved la verde maravilla de belleza y de frescura que puso Dios a la orilla del desierto de Castilla y el erial de Extremadura!” Se refería a Béjar, población salmantina de menos de 20.000 habitantes emplazada sobre un cerro granítico, en los límites de Ávila y Cáceres. La hermosura de su emplazamiento, en la falda de la sierra que lleva su mismo nombre, fue la que condujo al escritor a formular estos versos. Y gracias a ellos, la verde maravilla es uno de los apelativos más frecuentes por los que se conoce el municipio. El viejo casco de la ciudad, alargado, recuerda a un barco varado sobre una pequeña cresta montañosa. Y ese es el motivo de otro de los apelativos: la ciudad navío. En este recinto se asienta el palacio ducal –edificado por orden de los Zúñigas y diseñado en el siglo XVI sobre un antiguo castillo medieval– y las antiguas iglesias de origen románico. La localidad se conoce también por otros preciosos rincones, como sus antiguas murallas, levantadas por los musulmanes en el siglo XI; el teatro Cervantes, de estilo isabelino; el santuario del Castañar, erigido tras la aparición de la Virgen, que acabaría siendo patrona de la ciudad; la plaza de toros (considerada como la más antigua de toda España) o el convento de San Francisco, del siglo XIII. A un kilómetro de la ciudad –un agradable paseo– se encuentra El Bosque, un parque señorial construido por orden ducal, delicioso por sus abundantes aguas, en forma de fontanas y un gran estanque, por el que antaño navegaban pequeñas barcas. También destaca por su arboleda, entre la cual hay árboles gigantescos y algunos que, sin serlo tanto, son tan viejos como el parque mismo, que data del siglo XVI. Quizás uno de los rincones más evocadores, escribía un bejarano, es aquel estrado de granito que se enfrenta con el palacio. Viejos documentos aseguran que allí se celebraron magníficas fiestas literarias presididas por nobles, en las que participaron figuras como Góngora y tal vez también Cervantes, además de otros destacadísimos creadores. Y qué mejor fuente de inspiración que este entorno.

EN CHIRUCAS

Las caminatas por la sierra de Béjar y sus alrededores gozan de una larga tradición entre los montañeros y los amantes de la naturaleza. A principios del siglo XX ya están datadas expediciones científicas para realizar inventarios florísticos de este macizo y en 1929 se levantó el refugio de la Covatilla. Los conocedores de la zona recomiendan la llamada Travesía de la Sierra de Béjar para hacerse una idea cabal del conjunto. La ruta parte de Béjar para terminar en Solana de Ávila, tras pasar por los Praos Domingos, Pico del Colorino, Garganta del Oso, Pico Alaiz (1926 metros), La Covatilla, Peña Negra (2.135 metros), Canchal Negro (2.369 metros), Cuerda del Calvitero, Umbría de la Laguna, Laguna del Duque y Central del Chorrito. Otra alternativa para completar la travesía de la sierra es salir desde el pueblo de Candelario camino de La Platafor- 0ma, el Travieso, Hoya Moros, Cuerda del Calvitero y conectar con la cuerda de la Umbría de la Laguna. La riqueza de la sierra de Béjar guarda su propio secreto, que radica en el valioso equilibrio entre el paisaje natural y la mano del hombre, que se aprecia también en su estación de esquí. Un paisaje idílico capaz de contagiar la sensación de libertad –al menos durante unas horas– a todo el que se arrima a sus lomas.