Birmania hipnotiza, engancha y emociona a partes iguales: el sol reflejándose en las miles de cúpulas de oro, paisajes imposibles cuajados de templos, la luz del atardecer, el río Irawaddy, del que Orwell escribió “brilla como si arrastrara diamantes”, la belleza tranquila del Lago Inle, sus festivales, su colorido, los mercados, la espiritualidad en cada rincón… Pero por encima de todo, lo más adictivo del país oriental son sus gentes, a las que se acaba queriendo, apoyando y comprendiendo. Mandalay, segunda ciudad en importancia, era antes de la llegada de los ingleses la capital del país. Hoy es el centro religioso y cultural y, probablemente, la urbe más desarrollada de todas, la que posee un comercio floreciente gracias a su ubicación entre China e India. Un lugar de contrastes donde los días transcurren entre pagodas y antiguas ciudades reales donde vivía la nobleza, como la bellísima Amarapura, talleres con artesanos de todo tipo, así como restaurantes donde probar las delicias locales por menos de un euro. Aunque, quizá lo más increíble nada tiene que ver con la arquitectura o el comercio, sino con la espiritualidad de este pueblo, que a veces desconcierta hasta al más agnóstico. Todos los años, en la luna llena de agosto tiene lugar en las cercanías de Mandalay un importantísimo festival espiritista. Como suena. Durante días llegan peregrinos de todos los rincones para participar y practicar un credo mucho más ancestral que el propio budismo: el culto a los nats o espíritus que conviven con las creencias budistas de una forma más o menos tolerada. Son 37 espíritus, cada uno con nombre e historia, que sufrieron muertes violentas, por lo que vagan en un mundo intermedio. La mayoría de ellos no lleva buenas intenciones hacia los mortales, por lo que estos deben evitar su enojo mediante este tipo de fiestas paganas. En un recinto en mitad de ningún sitio y con un calor sofocante levantan tenderetes cubiertos de ricas telas de colores y en su interior reciben a los visitantes distintos médiums que gozan del privilegio de poderse poner en contacto con los nats e interceder por el desgraciado entrando en un extraño trance a cambio de dinero, cigarrillos, alcohol o cualquier otro tipo de ofrenda.

DE MANDALAY A BAGÁN
Ya sea en avión o en barco por el río Irawaddy, lo importante es descubrir Bagán o, lo que es lo mismo, una llanura de 40 kilómetros cuadrados con más de 2.500 templos, monasterios y stupas de piedra, arenisca y ladrillo enclavadas entre los árboles y construidas entre los siglos XI y XII. Algo de una belleza extraordinaria, especialmente al atardecer, cuando los rayos del sol consiguen que la árida y roja tierra se confunda con el ladrillo, ofreciendo un espectáculo de oro y fuego en contraste con el cielo violeta. El rey Anawratha la fundó en 1.044 en un intento de unificación del país bajo la religión budista, borrando cualquier vestigio ancestral del animismo y los nats. Por ello levantó los templos sobre las antiguas edificaciones paganas y poco a poco, durante los tres siglos siguientes, el paisaje se fue cuajando de monumentos a Buda hasta que el temible Kublai Khan la conquistó con sus ejércitos mongoles. Hoy en día muchas son ruinas bastante bien conservadas que contienen en su interior pinturas de los siglos XII y XIII, bajorrelieves impresionantes donde poder conocer la vida de la época gracias a las escenas cotidianas que describen o estatuas colosales de Buda, pero otras siguen siendo lugares de oración y están revestidas de oro, como la de Shwezigon.