YA LO DECÍA KIPLING

 en uno de sus famosos poemas: “Toma la ruta de Man- dalay”. Aunque el escritor británico acon- sejaba llegar en una vieja Flotilla desde Rangún, lo cierto es que, hoy en día, una opción más cómoda es coger un avión en la capital de Birmania –las compañías Air Mandalay o Air Bagan cuentan con bue- nos y seguros aviones– y aterrizar en Man- dalay, la segunda ciudad más importante de Birmania y la última capital del país an- tes de la llegada de los ingleses. Funda- da en 1857 por el penúltimo rey birmano, Mindon, debe su nombre y construcción a una antigua profecía de Buda que ase- guró, en la cima del monte de Mandalay, que en el año 2400 (de su calendario) se debía erigir a los pies una gran ciudad pa- ra honrar la fe.

Curiosamente el 2400 coin- cidía con el 1857 de nuestra era y con el rey Mindon como ejecutor de la profecía. Estando así las cosas, Mandalay fue fundada con el fin de ser la capital, por lo que se desarrolló de forma vertiginosa y se cubrió de templos, palacios de oro co- mo el Shwenandaw (hoy destinado a mo- nasterio), la pagoda Mahamuni, con un gran Buda de bronce recubierto de oro y con una altura de cuatro metros, y el templo Kuthodaw, en donde se encuen- tra el libro más grande del mundo: el ca- non budista se encuentra grabado sobre 729 losas de mármol de un metro aproximadamente cada una. Tanto esplendor no duró mucho, ya que escasamente 30 años después cayó en manos inglesas y la or- gullosa Mandalay pasó a engrosar las lis- tas de enclaves británicos. Hoy, es el centro religioso y cultural del país y, probablemente, la ciudad más de- sarrollada de todas, la que posee un co- mercio floreciente gracias a su ubicación entre China e India.

Un lugar de contras- tes, donde los días transcurren entre pa- godas y antiguas ciudades reales, talleres artesanos y magníficos restaurantes don- de probar las delicias locales por menos de un euro. Pero lo más asombroso es quizá el festival espiritista (como suena) que tiene lugar en la luna llena de agos- to. Peregrinos de todos los rincones se desplazan hasta Mandalay para rendir cul- to a los nats: 37 espíritus, cada uno con un nombre y una historia, que sufrieron muertes violentas que les provocaron va- gar durante la eternidad.

Para descubrir los paisajes birmanos hay que enrolarse en un barco hacia Bagán

POR EL RÍO IRAUADI

En la ruta de Mandalay hasta Bagán me- rece la pena enrolarse –siguiendo, ahora sí, el consejo de Kipling– en un lentísimo barco local que navega a través del río Irauadi. La embarcación tarda, con suerte, unas nueve o diez ho- ras y cuesta unos 20 dólares. Es un buen momento para relajarse leyendo un buen libro o con- versar y cambiar impresiones con otros viajeros mientras admira el paisaje lenta- mente. También hay lujosas compañías como la Orient-Express que ofrece esa misma ruta en su no menos lujoso bar- co Road to Mandalay, un crucero fluvial de tres noches con todas las comodida- des. Escoja la opción que escoja lo im- portante es descubrir Bagán, o lo que es lo mismo, una llanura de 40 kilómetros cuadrados con más de 2.500 templos, monasterios y stupas de piedra, arenisca y ladrillo enclavadas entre los árboles y construidas entre los siglos XI y XII. Algo único en el mundo, de una belleza ex- traordinaria, especialmente al atarde- cer cuando los rayos del sol consi- guen que la árida y roja tierra se confunda con el ladrillo ofreciendo un espectáculo de oro y fue- go solo en contraste con el violeta del cie- lo.

 A unos 70 kilómetros de distancia y por una carretera que obliga a parar cada cin- co minutos para tomar fotografías se lle- ga al mágico monte Popa. En el año 442 a.C, tras un fuerte terre- moto, surgió esta montaña sobre un vol- cán extinto. Los restos de ceniza volcá- nica convirtieron la cima en suelo fértil y acabó transformándose en un vergel. De hecho, en sánscrito Popa significa flor, lo que dio lugar a connotaciones mágicas y llegó a ser considerado el hogar de los dioses. La subida a este monte es muy dura, son más de 1.500 metros de altura repartidos en 777 escalones llenos de mo- nos que demandan comida de manera constante. Pero una vez arriba, los viaje- ros se encontrarán con un bello santua- rio y, en un día claro, es grandioso con- templar las llanuras centrales hasta Bagán. Esto es solo una pincelada, el país tie- ne mucho más, guarda joyas vír- genes en su interior y ofrece algo inusual, la capacidad de sorpresa, esa sensa- ción tan gratificante y ca- da vez más escasa. Al margen de cuestiones po- líticas o morales, lo cierto es que Birmania hipno- tiza, engancha y emociona.

 

TEXTO MARÍA REDONDO