EN EL CORAZÓN

 de Birmania –actual- mente su nombre oficial es Myanmar– per- vive una de las ciudades más impresio- nantes y misteriosas del mundo: Bagan (antigua Pagan). Se encuentra al suroes- te de Mandalay, segunda ciudad más im- portante de este país asiático después de la capital, Rangún, y abarca una extensa llanura de 42 kilómetros cuadrados. Des- cubrirla es todo un espectáculo de luz, una experiencia espiritual y casi divina: en- tre las copas de los árboles sobresalen miles de templos con más de 800 años de antigüedad. Es tal su inmensidad que parecen dibujar un grandísimo mar de pa- godas y monasterios donde se rinde un homenaje de belleza al príncipe Sidharta Gautama Buda, quien ha hecho de ca- da uno de estos particulares edificios re- ligiosos su santuario. Aquí, según cuenta la historia, floreció en el siglo IX el primer reino unificado de Birmania, un esplendor que duró dos si- glos y medio (desde el año 1044) has- ta la invasión mongola de 1287 dirigi- da por Kublai Khan.

Sin embargo, la presencia humana en Bagan se re- monta casi a principios de la era cristiana cuando etnias como los pyu (primeros pobladores), mon y birmanos ya paseaban de un lado a otro de esta llanura del cen- tro del país. Hoy, visitar esta tierra genui- na significa regresar a un pasado dorado y glorioso que la convirtió en un famoso centro de culto y lugar de peregrinación para los budistas del sureste asiático.

MAR DE PAGODAS

La ambición del rey Anawrahta y sus su- cesores se tradujo en una irrepetible co- lección de pagodas birmanas levantadas a lo largo de 230 años. Se han contabili- zado más de 4.000, una cantidad que abruma y casi resulta imposible de ima- ginar. Pero, en realidad, es que allí donde se mira hay un monumento. El más grande de Bagan es el Thatb- yinnyu Pahto, con 63 metros de altura. Le siguen el Gawdawpalin (con 60 metros de altura), el Htilominlo (con 46 metros) o la mole piramidal del templo de Dhamm- mayangyi, visible desde todos los puntos de la región y del que dicen que fue en- cargado por el príncipe Narathu, el cual murió asesinado por agentes extran- jeros para deleite, al menos en apa- riencia, de los esclavos que traba- jaban en su construcción.

 Por otro lado, la pagoda Ananda Patho es la más venerada y mejor conservada, lugar que cada año atrae a miles de personas durante sus fiestas (entre los meses de diciembre y enero), donde hasta mil monjes cantan sin parar de día y de noche. Estas joyas arquitectónicas de Birma- nia, que emergen a orillas del río Ayeyar- wady, están construidas con piedra, te- rracota o ladrillo. Son materias primas que desprenden un hechizo al contemplarlas. Y es que cambian de color a medida que desfilan las horas del día, un efecto casi mágico que deja sin palabras, sobre to- do cuando cae el sol. Enton- ces, las cúpulas doradas se tiñen de ocre, amari- llo, anaranjado y púrpu- ra, y algunos templos pintados de blanco, in- maculados, irradian los últimos rayos de luz an- tes de que la noche pueda apagarlos. Una escena que se puede contemplar desde los templos Shwesandaw Pa- ya, cuya terraza superior se llena a re-

LA IMAGEN

Más de 4.000 monumentos religiosos inundan la inmensa llanura central 

bosar de turistas que plasman con sus cámaras unas instantáneas irrepetibles del atardecer, y Mingalazedi. Sin embargo, para visitar el interior de estos edificios conviene aprovechar las primeras horas de la mañana para evitar el intenso calor y es necesario descalzar- se para no ser descorteses con las tradi- ciones locales. Mientras que muchos de estos edificios tienen proporciones des- comunales y una exuberante riqueza or- namental exterior (cúpulas colosales, am- plias plataformas y gradas, etcétera), por dentro son sombríos, aunque algunos de ellos están decorados con bajorrelieves maravillosos como los que se pueden apreciar en las pagodas de Sulamani o Nan Paya. Lo que destaca en todas ellas es la presencia de figuras de Buda, al- gunas de grandes dimensiones que lle- gan incluso a amedrentar. Es tanta la marea de pagodas en Ba- gan que recorrerlas se convierte en un ver- dadero acto de soledad, un momento de puro silencio. Los turistas más atrevidos llegan a sobrevolar en globo este inmen- so santuario; otros exploran la llanura y sus tesoros en bicicleta, carro de caba- llos o coche alquilado (por un módico pre- cio). También los hay que la descubren mientras cenan en uno de estos templos a la luz de las velas (una actividad que or- ganizan algunas agencias de viajes).

EL OLIMPO ASIÁTICO

 La ciudad se ha convertido en el Olimpo de Myanma y el monte Popa es su mayor insignia. Se trata del más importante cen- tro de culto a los nat o espíritus de todo el país. Es un pico solitario que sobresa- le de los demás en el extremo oeste de la región y se dice que es el corazón de un volcán extinguido que entró en erupción por última vez hace 250.000 años. Está coronado con una pinto- resca pagoda custodiada por algunos monos traviesos. A sus pies se levanta el san- tuario de Mahagiri, donde se exhibe a los 37 nat. El Mon- te Popa, sede de dos gran- des celebraciones anuales en primavera y verano, se ha convertido en un inte- resante destino de pere- grinación de muchos monjes ermitaños que caminan lentamente y llevan sombre- ros altos con pico –se conocen como ye- ti–. Dicta la superstición que en la mon- taña no hay que llevar ni rojo ni negro, ni decir palabrotas ni cosas malas sobre los demás. Cuentan que tampoco se debe llevar encima carne (sobre todo de cer- do), ya que se podría ofender a los espí- ritus y podrían tomar represalias envian- do una racha de mala suerte. La subida a pie dura unos 25 minutos y es empina- da y difícil, pero a medida que se va as- cendiendo, la temperatura baja y la vista desde arriba resulta extraordinaria. Tam- bién se puede realizar por carretera en ta- xi compartido. En lo más alto de Ba- gan, el viajero tiene la oportunidad de des- cubrir una tierra po- derosa, sorprenden- te, enigmática, y que a pesar de los sa- queos, la erosión y los terremotos, re- siste firme y au- téntica al paso del tiempo.

Para admirar la belleza serena de los paisajes birmanos, una alter- nativa interesante es subirse al crucero fluvial Road To Manda- lay de Orient Express. A través del famoso río Ayeyarwady, se pueden admirar las pagodas y los pueblecitos de pescadores donde viven los monjes vestidos de co- lor carmesí. La embarcación está decorada con muebles tradicio- nales, ofrece una cocina regional y dispone de todo tipo de como- didades en las cabinas, así como piscina o servicio de bar, un lugar donde al final del día se reúnen los viajeros para contemplar el es- pectacular atardecer.

TEXTO MONTSE GARCÍAI