RECOMENDACIONES

Qué hacer y qué no: “Nunca se debe colocar la cámara frente a la cara de nadie para tomar su fotografía”. A decir por la imagen íntima que sirve de fondo al reportaje, la guía sobre la desconocida Birmania no da precisamente en el clavo. Un buen puñado de caramelos es suficiente para ganar la confianza de estos jóvenes entregados a la espiritualidad y al crecimiento interior. La fotografía corresponde al monasterio de Mahagandaryon, a las afueras de Mandalay. Con tan solo 150 años de antigüedad, esta ciudad fue la última capital del país durante la época monárquica y actualmente constituye la segunda urbe más importante de Birmania. Acurrucada a orillas del río Ayeyarwady, 695 kilómetros al norte de la capital (Yangún, también conocida como Rangón), Mandalay luce tranquila, polvorienta y con un ancho y plano trazado de calles, más repletas de bicicletas y trishaws (triciclos) que de coches y autobuses. Tras la apertura de las fronteras con China, Mandalay se convirtió en la década de los 90 en una especie de ciudad en auge. Aún así, sigue siendo mayoritariamente budista y alberga alrededor del 60% de los monjes de Birmania, muchos de los cuales viven en una especie de aldea arbolada que hay al suroeste del centro urbano. Una interesante forma de iniciar la visita a la ciudad es en el único lugar que rompe la llana uniformidad del terreno: la colina de Mandalay, de 230 metros de altura. Para subir, el viajero tiene dos opciones. La primera es hacerlo en taxi hasta la mitad de la colina; a partir de ahí una escalera mecánica conduce hasta la cima. La segunda posibilidad es realizar la ascensión a pie –es obligatorio hacerlo descalzo–, lo que permite contemplar varios santuarios, como el que contiene las reliquias de Peshawar, tres huesos de Buda. Cerca de la cima de la colina hay una enorme imagen del líder religioso nepalí. Se encuentra erguido, mirando hacia el palacio real, y con su mano extendida señala el lugar en el que se erigiría la futura capital del país: la misma Mandalay.

ESFERA RELIGIOSA

La civilización Myanmar –denominación de Birmania antes de la imposición británica– recibió gran influencia de la India. Para la mayoría de la población, el budismo es el centro de la vida individual y el monasterio el centro de la vida comunitaria. Allí es donde muchos buscan refugio y consuelo, sabiduría y paz. Y esto es así especialmente en los pueblos, donde reside la mayoría de la población. Mandalay está plagada de templos y pagodas, aunque el centro budista por excelencia se encuentra a las afueras de la ciudad, junto a la carretera que conduce hasta Amarapura. Allí se alza la Mahamuni Paya, famosa por el elemento central de su santuario: la enormemente venerada imagen del Buda Mahamuni, que fue sustraída del estado Rakhine en 1784. Ya en aquellos tiempos se hablaba de su antigüedad, y se decía que posiblemente hubiera sido realizada durante el siglo I, aunque otros piensan que data de una legendaria visita realizada por Buda en el 554 a. C. La imagen del buda sentado mide cuatro metros de altura y es de bronce, pero a lo largo de los años miles de devotos (solo hombres) la han cubierto completamente con una capa de pan de oro de 15 centímetros de grosor. Los cuidados que se le procuran son muchos: durante la estación lluviosa la imagen se cubre con ropajes monásticos y cada madrugada, cuando el reloj marca las cuatro, un grupo de monjes lava la cara de la figura e incluso le cepillan los dientes.

FUERTE Y PALACIO

El elemento central de Mandalay es el recinto palaciego, que se extiende al sur de la colina, rodeado por un fuerte de gruesos muros –de 3,2 kilómetros de longitud y 8 metros de alto– y protegido por un foso de 70 metros de ancho. El palacio original constituía una ciudad amurallada dentro de Mandalay. Fue utilizado como morada por dos reyes birmanos hasta que las fuerzas británicas sitiaron la ciudad en 1885, fecha en que lo convirtieron en la residencia del gobernador de la colonia y en club británico. Durante gran parte de la segunda guerra mundial, Mandalay estuvo en poder de los japoneses. En marzo de 1945, en medio de una encarnizada lucha contra las tropas británicas e indias que avanzaban hacia la ciudad, el palacio real se incendió y quedó destruido. La reconstrucción, a finales de la década de 1990, estuvo empañada por la utilización de convictos y lugareños forzados como mano de obra. Del palacio original solo quedan los enormes muros, el foso, la base sobre la que se han reconstruido los edificios palaciegos y unas cuantas tumbas. La nueva versión del palacio es una obra de hormigón coronada por techos de aluminio. Una reconstrucción que aborrecen muchos visitantes, así como algunos habitantes locales que trabajaron duramente en la reconstrucción.

GASTANDO ‘KYATS’

Mandalay es probablemente el mejor lugar de todo el país para adquirir marionetas tradicionales y kalagas (tapices bordados a mano). Los objetos de artesanía se amontonan en unos cuantos puestos de venta del mercado central y en la entrada de la Mahamuni Paya. Pero el comprador debe tener presente que supuestamente no es legal sacar del país algunos de los artículos que se venden en estas tiendas, como los parabaik (manuscritos budistas en hojas de palmera), los kammawa (manuscritos lacados), gemas, jade o cualquier otra antigüedad auténtica. Así que si se prefiere invertir esos kyats (nombre de la moneda birmana) en algo más seguro, la mejor apuesta son los espectáculos que tienen lugar en casa de los vetados Moustache Brothers, una famosa y pintoresca compañía que ha estado haciendo ópera folk tradicional de Birmania durante más de tres décadas. El pequeño escenario está hecho con cajas de madera y, a un metro de distancia, hay aproximadamente una docena de sillas de plástico para los asistentes. Esta compañía, muy famosa en otros tiempos, tiene actualmente prohibido actuar en público, y sus gags, originalmente representados en birmano, son ahora en inglés. El líder de la compañía, Lu Maw, se arrodilla tras un antiguo micrófono de pie y sus astracanadas, sátiras políticas y bromas sobre la historia, el baile y la música popular de Myanmar y sobre cómo abrocharse el longyi (especie de falda usada tanto por hombres como por mujeres) resuenan en el pequeño altavoz. No menos atractiva es la oferta del Mandalay Marionettes & Culture Show, un pequeño teatro inaugurado en 1986 donde cada día se representan espectáculos de una hora de duración. En ellos participan cinco músicos tradicionales que sirven de introducción a los titiriteros y bailarines. El espectáculo despierta el apetito. Saciarlo económicamente es tan fácil como visitar el puesto de chapatis, al aire libre y sin nombre, donde comensales con turbantes, casquetes y mochilas rebañan sus platos de curri de carne o verduras. El lugar abre por la tarde, justo cuando el tráfico en Mandalay es más intenso y los niños llenan las calles y el cielo con el colorido de sus cometas. Otro mundo.