ASÍ, VISTO SOBRE ESTAS LÍNEAS, está condenado a aparecer magnifi- cente, brillante, colorido, natural e in- cluso tópico. Pero para el lector avis- pado y el viajero experimentado no de- jará de ser un Brasil de papel, una pe- queña muestra de la exuberancia y complejidad de un gigante. Con más de ocho millones y medio de kilómetros cuadrados de superficie, es el país más grande del hemisferio sur. El territorio donde 170 millones de brasileños en- caran el día a día con el empuje de una ilusión: la de mejorar una sociedad ya de por sí dinámica, en constante pro- greso y modernización. Para tirar de tantas riendas en una única dirección brilla un elemento aglutinador en forma de idioma. El portugués es espejo de una identidad que, con innumerables y creativos regionalismos, incorpora tér- minos de origen indígena y africano. Porque por mucho que traten de so- laparse, las raíces tiran mucho. Brasil pronunció sus primeras pala- bras en portugués un miércoles, 22 de abril de 1500. Ese día, 1.350 hombres, distribuidos en nueve naves y tres ca- rabelas, echaron anclas, bajo el dicta- do del navegador portugués Pedro Álvares Cabral. Después de 45 días de inmenso Atlántico, desde que en Lis- boa dejaran un beso y un adiós, de- sembarcaron en Porto Seguro, litoral sur del estado de Bahía, habitado por apenas unos pocos indígenas. Puesta en marcha la máquina de la dominación portuguesa, y con la llega- da de esclavos negros en duros viajes desde África, tuvo inicio una rara mis- celánea de razas, que incluye indios, blancos y negros. Pinceladas de colo- res que se incorporaban al diseño del alma brasileña. Un tapiz en el que tam- bién quisieron participar franceses y ho- landeses, quienes, pese a su corto pe- riodo de permanencia, consiguieron dejar profundas marcas.

ESPÍRITU FESTIVO

En la impresionante y opulenta diversi- dad cultural, destaca una característi- ca que expresa bien la nacionalidad bra- sileña, y que sirve como reclamo turís- tico: las incontables fiestas populares. Los santos, el tiempo, las llegadas, las partidas, la caza, la pesca… Se feste- ja todo. Con cantos, músicas, bailes, ropas, pertrechos y coreografías, que reconstruyen batallas y conquistas. Se rinden homenajes a héroes y mitos. Se narran leyendas y hazañas. Se feste- ja, en definitiva, la vida. Ocurre en el colorido y ritmado ma- racatú de Pernambuco, en el baile del boi-bumbá y sus variantes, en la ensor- decedora explosión de los morteros de la fiesta de San Juan de Campina Gran- de; en el frevo que sube y baja de las laderas de Olinda; en la guerra entre el buey azul y el buey rojo en Parintins; y en el esplendor de las escuelas de samba de Río de Janeiro, monumental y extravagante ópera a cielo abierto.

CREACIÓN NATURAL

Existe otro festival sin fecha prestable- cida. Es la fiesta de la naturaleza, que se celebra en las Cataratas de Foz de Iguazú, en Paraná, y en cada una de sus caídas de hasta sesenta metros; a los pies del Cristo Redentor, que mira hacia la Bahía de Guanabara; en las du- nas de Natal, en Río Grande do Nor- te; en la mezcla de sabana y desierto del Jalapão, en el estado de Tocantins. El ritmo a menudo se aletarga en un profundo silencio en la inmensidad de las arenas desiertas de los Lençóis Ma- ranhenses y en los 8.000 kilómetros de litoral; en los ríos disfrazados de mar; en la floresta amazónica, la más gran- de del planeta; en los 230.000 kilóme- tros cuadrados del Pantanal de Mato Grosso, impresionante reserva natural y Patrimonio de la Humanidad. Se escucha el latido de la misma Tie- rra si se depuran los sentidos en algu- no de los 53 parques nacionales que preservan el ecosistema; en la larga fi- la de coqueros que bordean el mar de Alagoas; en la Chapada Diamantina de Bahía y en el pico de Agulhas Negras de Río de Janeiro. En los sitios arqueo- lógicos de Piauí; en la puesta del sol de Brasilia y en la pampa de Río Grande do Sul. En las imponentes montañas de Minas Gerais y en la sorprendente pororoca, el extraño y ruidoso encuen- tro de aguas en los estados de Amapá y Pará. El listado desencadena una veloci- dad trepidante y, al mismo tiempo, di- fícil de frenar. Cuando ello sucede, ya no hay vuelta atrás. Brasil te ha atra- pado, te ha enredado con su espíritu místico, expresión de fe y de rico sin- cretismo religioso. Te ha embriagado de cachaça y saciado de feijoada, pla- to típico creado por los esclavos negros africanos con las sobras de las comi- das de los señores portugueses. Te ha sorprendido con un abuso de inventi- va, de creatividad, como una fuerza bru- ta que impulsa al brasileño. Te has ha- llado sumido en el terrible deseo de pa- tear el suelo una y otra vez bajo el in- flujo de sus músicas envolventes. Y en ese momento es cuando se compren- den las limitaciones del papel, de la ima- gen y el color. Las limitaciones de una foto hermosa. Y traicionera.