Bratislava ha estado durante mucho tiempo en un discreto segundo plano, lejos del protagonismo de algunas ciudades vecinas de renombre. Sin embargo, la capital de Eslovaquia aglutina, en cierta manera, el ambiente bohemio de Praga, el pedigrí artístico y cultural de Viena, los atardeceres a pie del Danubio de Budapest y el imaginario de cuento de Hans Christian Andersen. A todo esto hay que sumarle las influencias de todos los pueblos que, en algún momento de la Historia, han habitado en ella (de celtas a romanos, pasando por germanos y eslavos) y la energía que le aportan los más de 60.000 estudiantes que corren por sus calles de camino de ida o vuelta de las ocho universidades de la localidad. La visita comienza inevitablemente desde el castillo de Bratislava, que domina toda la ciudad desde lo alto de una colina, la misma que sirvió de puesto de vigilancia fronterizo del Imperio Romano desde el siglo I hasta el V, gracias a su ubicación estratégica sobre el territorio y el río. Escenario de la coronación de los reyes húngaros, la edificación sufrió hasta dos incendios y estuvo durante 150 años en ruinas. El actual castillo es fruto de una amplia reconstrucción que empezó en 1953, que aún no ha acabado y que ha colocado entre sus muros el Museo Nacional Eslovaco, que acoge exhibiciones arqueológicas, históricas y artísticas. Las vistas desde lo alto abarcan toda la ciudad, que combina casas construidas durante el esplendor austro-húngaro con bloques de pisos levantados bajo la uniformización del comunismo soviético. En cualquier caso, es en el casco antiguo donde se concentran la mayoría de lugares de interés, y es allí donde se dirigen los pasos de forma casi automática mientras se desciende tras la visita al castillo.

EDIFICIOS DE PESO

En la parte histórica de la ciudad, el visitante se tropieza con edificios de peso como la catedral de San Martín, una iglesia gótica que sirvió de escenario para la coronación de los monarcas húngaros; el palacio del Primado, la residencia de invierno del arzobispo, de estilo clásico y con unas esculturas en el techo que representan las virtudes; o el antiguo ayuntamiento (en la foto), edificado en el siglo XV a partir de la unión de diferentes casas burguesas presididas por una torre de carácter defensivo, que todavía guarda el recuerdo de un cañonazo napoleónico recibido en 1809. Por último, la puerta de San Miguel, la única entrada que se conserva de la ciudad medieval. Bajo ella se encuentra el punto cero, lugar a partir del que se miden las distancias entre la capital y el resto del país. Para finalizar, dos de las actividades preferidas de los ciudadanos de Bratislava: acercarse al Danubio cuando cae el sol y tomar un café en una de las múltiples terrazas que se esconden detras de cualquier esquina.