EL PUERTO de Nápoles, en la región de Campania, es la antesala a uno de los lugares más visitados de Italia: la isla de Capri. Una extensa flota de transbordadores conduce a diario a miles de viajeros hasta este privilegiado enclave del Mediterráneo. Con apenas 17 kilómetros de perímetro, Capri no solo es célebre por su singular belleza y sus paisajes de postal, sino que ejerce de centro vacacional desde la época de la antigua república romana. Un rápido repaso a la historia de la isla descubre algunos interesantes episodios. Antes de convertirse en un referente turístico a escala internacional, cabe recordar que diversas excavaciones demuestran que Capri fue habitada ya en el neolítico y la edad de bronce. Varios estudios geológicos y sucesivos hallazgos arqueológicos avalan la teoría del geógrafo griego Estrabón, que afirma que la isla fue una vez parte de tierra firme. Capri fue la residencia del emperador Tiberio, que gobernó el imperio romano desde el año 27 hasta su muerte, diez años después. Según el historiador Suetonio, durante su estancia en la isla, Tiberio, junto a su sobrino nieto Calígula, perpetró numerosas crueldades y perversiones sexuales a sus esclavos. Otro emperador romano, Cómodo, exilió a su hermana Galeria Lucilla a la isla en el 182, donde fue ejecutada. Prácticamente abandonada tras la caída del imperio romano, Capri fue objeto de numerosos asedios y ocupaciones. El enclave mediterráneo sucumbió a diferentes incursiones piratas, sobre todo durante el reinado de Carlos I de España. Los famosos almirantes turcos Jeireddín Barbarroja y Turgut Reis saquearon la isla en 1535 y 1553, respectivamente. La autoridad religiosa también gobernó Capri (siglos XVII y XVIII). Los franceses dominaron la isla hasta el final de la era napoleónica (1815), aunque los británicos se la arrebataron de las manos durante casi dos años (1806-1808).

CÁMARAS EN RISTRE

En la actualidad, Capri es un destino turístico universal. Italianos y extranjeros acuden a la isla para comprobar in situ que los atractivos que pregonan las guías de viajes son de verdad. Pues bien, todo es cierto. La isla alberga dos núcleos urbanos: Capri y Anacapri. El primero es el principal centro de población y cuenta con dos puertos contiguos, Marina Pequeña y Marina Grande, donde desembarca la flota de transbordadores procedentes de Nápoles. Desde allí solo queda una opción: tomar la única vía que recorre el municipio y adentrarse por las angostas callejuelas que convergen en el corazón de la isla, la piazzetta di Capri, una pequeña plaza de apenas 600 metros cuadrados donde es casi obligado hacer un alto en el camino. Por este concurrido salón al aire libre desfilan los personajes más variopintos de la jet-set internacional. No es extraño detectar la presencia de paparazis con las cámaras en ristre prestos a captar la imagen que ilustre la próxima portada de una revista de papel cuché. A uno y otro lado de la plaza se sucede un continuo de boutiques de lujo, restaurantes, hoteles, joyerías, tiendas de artesanos, discotecas y salas de fiestas. La iglesia de San Stefano y la terraza del funicular –imperdonable no probar un helado en alguno de sus pintorescos quioscos– merecen otro alto en el camino.

ESPACIOS NATURALES

Para subir hasta Anacapri, situada en la cima de la isla, hay que coger un taxi, un bus o el funicular. Durante la ascensión no hay que perder detalle de las inmejorables vistas que se divisan desde los márgenes de la estrecha carretera. Desde allí se puede contemplar el contorno de la isla, el puerto, las casas y la exuberante vegetación. Una vez en Anacapri, el panorama no dista mucho del vecino Capri. Vuelven a destacar los restaurantes, las tiendas artesanales y las boutiques de moda. Fuera de ambos municipios no hay que olvidar otros puntos de gran interés como las ruinas de las antiguas villas romanas y el Belvedere de Tragara, un elevado paseo panorámico sembrado de casas señoriales, así como la increíble Grotta Azzurra (Gruta Azul, ver despiece). Otros espacios naturales de indudable vistosidad son los accidentes orográficos formados por los montes Solaro (el más alto de la isla, con 589 metros), el Cappello (515 metros), Tiberio (334), Tuoro (265) y San Michele (262). Y a los más avispados, el azar puede obsequiarles con el avistamiento de un habitante muy particular de la isla: la lagartija azul, una especie que ha hecho de estas rocas su hábitat natural.