TRAS UN VISTAZO rápido a Castilla-La Mancha, los ojos se posan inevitablemente sobre Toledo. Algo muy normal, si se tiene en cuenta que alberga dentro de sus murallas no solo una amplia muestra del arte de las diversas civilizaciones que han poblado esta parte de la península a lo largo de la historia, sino también una enseñanza fundamental. Y es que hubo una época –entre lo siglos XI y XIV–en la que cristianos, judíos y musulmanes convivieron en sus calles, ejerciendo libremente sus creencias religiosas y contribuyendo decisivamente a construir una localidad que actualmente se enorgullece de ser Patrimonio de la Humanidad. Luego llegó la Inquisición, y todo se acabó. Pero el recuerdo de ese momento clave permanece en la que se conoce como la ciudad de las tres culturas. Ejemplo de que el mestizaje suma en vez de restar, en Toledo es posible saltar de una obra maestra del arte cristiano a una mezquita que recuerda el esplendor de la época de presencia árabe, para acabar entre las viejas enseñanzas del judaísmo. Así, un viaje rápido por la historia de las religiones que conforman la base del pensamiento actual comienza por la catedral, construida a partir de 1226 bajo los influjos del gótico clásico, tal y como indica su planta en forma de cruz latina, que se puede observar mucho mejor desde las alturas de algún mirador, y la puerta principal, inspirada en la de la catedral parisina de Nôtre-Dame. No obstante, con el paso del tiempo se fueron añadiendo a la obra los estilos más de moda en cada época, por lo que también aparecen influencias islámicas, del gótico tardío, renacentistas y neoclásicas. Aparte, destacan los impresionantes trabajos de escultura, pintura y orfebrería, que se deben ir descubriendo visita a visita, porque es imposible abarcarlos en un primer encuentro.

MEZQUITAS Y SINAGOGAS

El siguiente alto en el camino ya entra de pleno en el arte musulmán, de la mano de la Mezquita del Cristo de la Luz. Levantada en el año 999, su estado de conservación es prácticamente íntegro. Según reza una inscripción en la entrada escrita en caracteres árabes, el arquitecto fue Musa ibn Alí, quien construyó un edificio de planta casi cuadrada, con naves compartimentadas en nueve espacios cubiertos con bóvedas, todas ellas diferentes, gracias a cuatro columnas sobre las que voltean 12 arcos de herradura. El paseo acaba en la Sinagoga del Tránsito, síntesis de las tres culturas y exponente de la tradicional asimilación de la arquitectura local por parte de las comunidades judías. De estructura sencilla, impresiona la decoración a base de yeserías y artesonado de par y nudillo. Una vez completado este recorrido, aún queda mucho Toledo por conocer. Con el Alcázar mirando desde lo alto, innumerables callejuelas con vocación de laberinto conducen hacia un buen número de iglesias, conventos, ermitas, palacios, castillos, termas romanas, baños árabes, puentes y edificios que merecen una especial atención. Pero quizás la mejor recompensa por recorrerse la ciudad de arriba a abajo es toparse con alguno de los patios toledanos que, ajenos a las miradas extrañas, proporcionan un oasis de tranquilidad entre la jungla urbana. En un entramado caracterizado por las calles estrechas y las fuertes pendientes, se convierten en una de las partes fundamentales de la vivienda. En el patio nunca faltan dos elementos fundamentales que remiten al paraíso del que habla el Corán: el agua y las plantas. De hecho, aunque se trata de una herencia de las civilizaciones griegas y romanas, el patio toledano se atribuye a la cultura islámica, cuyas casas se organizaban a partir de este elemento clave. Sin duda, Toledo acapara la atención. Y puede visitarse bajo diferentes epígrafes, porque es la localidad de las tres culturas, pero también recuerda su ascendencia imperial y que fue en ella donde El Greco pintó alguna de sus obras maestras. Hay tanto por ver, que incluso se puede visitar de noche, cuando diferentes operadores organizan visita por los lugares clave de la ciudad o que, contra todo pronóstico, se desvían por los puntos que todavía son desconocidos por la inmensa mayoría de turistas. Y sin olvidar que entre tantas muestras religiosas, no está de más regalar al cuerpo algún placer de tipo terrenal, como una copa en algún lugar fuera de lo común, ya sea una vieja iglesia o un patio de vecinos.

LEJOS DE LAS MURALLAS

Pero a pesar del enorme poder de atracción que ejerce la ciudad sobre el visitante, este debe hacer un esfuerzo para cruzar sus murallas. Una vez atravesados sus cigarrales –fincas rústicas similares a los cortijos andaluces–, toda una provincia se abre por delante, con un paisaje que tiene tirada hacia los extremos, como demuestra el contraste entre la llanura y los montes. Esperan localidades de interés como Talavera de la Reina o Carranque, así como testimonios del paso de los romanos y los visigodos por este territorio. Pero siempre queda en la mente el recuerdo de Toledo, y el convencimiento de que la sabiduría (y la belleza) se obtiene sumando, y nunca restando.