EN LAS PANTALLAS de las cámaras digitales del turista ésta es la imagen que más se repite: la del parque en contraposición a la gran masa de acero de los rascacielos. Central Park, auténtico pulmón revitalizador de Nueva York, es significativo en tanto en cuanto se relaciona con esa arquitectura deshumanizada que la civilización alaba. Este espacio urbano público, situado en el barrio de Manhattan, fue diseñado por Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux, a partir del proyecto común de todos los candidatos a la alcaldía de la ciudad en 1850. Seis años más tarde se pagaron 5,5 millones de dólares por una extensión de tierra que entonces estaba plagada de granjas y campamentos de colonos, y que era utilizada básicamente como basurero. Y allí se configuró un rectángulo de 4 kilómetros de largo por 800 metros de ancho con praderas, varios lagos artificiales, bosques, y sinuosos senderos, que trataban de adaptarse al máximo a la forma natural del terreno. Dieciséis años después del inicio de las obras, se daba por concluido el parque, en el que el jardinero austriaco Ignatz Antón mandó plantar casi cuatro millones de árboles y plantas, de los que quedan menos de 25.000. El tráfico quedó oculto mediante carreteras subterráneas, un concepto completamente revolucionario para la época.

SENSACIÓN DE SEGURIDAD
Once de septiembre. Día de los atentados. En aquella jornada, el Central Park cobró todo su sentido como refugio, cuando miles de personas se amontonaron, confesando de esa forma que aquél era el único lugar en el que podían sentirse seguros. En ese momento cumplía a la perfección la misión que se establecía en la declaración de su nacimiento: “Borrar de la mente de los visitantes, una vez que estén dentro, asuntos o recuerdos que les causen tristeza u opresión”. Porque, si a mitad del siglo XIX Nueva York era la urbe más poblada del hemisferio occidental, con laberínticas callejuelas asediadas por las bandas rivales, el estruendo de las ruedas de los carruajes, las vías fétidas y el caos general, hoy son otros los fantasmas que planean sobre la urbe. Corredores, paseantes, futbolistas, patinadores, trompetistas, guitarristas, magos, cuenta cuentos, enamorados, tamborileros, vagabundos, meditadores, bañistas, remeros, naturistas, jugadores de petanca, de tenis, de ajedrez… Todos escapan del bullicio, del ritmo acelerado impuesto. Contrario a esas prisas, el parque es fiel a la tradición inglesa de creación de paisajes románticos. Algunos de los rincones más visitados son la elegante estatua del Ángel de las Aguas, en Bethesda Terrace, una de las pocas expresamente encargadas para el parque, que conmemora la apertura del acueducto que dotó a Nueva York de agua corriente. A esta visita puede seguirle un paseo en bote por el gran lago, la visita a Belvedere Castle, una réplica de un castillo escocés, o al Shakespeare Garden, un jardín en el que se encuentran todas las especies vegetales nombradas en las obras de este escritor. Cada verano se representan gratuitamente obras de teatro, ópera y otras actividades al aire libre. Y en las noches calurosas, la New York Philarmonic celebra conciertos al aire libre en el Great Lawn. Para los amantes del deporte no llega la hora de abandonar las canchas de béisbol, tenis, voleibol, la piscina pública o el circuito de 9,7 kilómetros que rodea el parque. A cualquier hora del día, el pulmón de Nueva York continúa insuflando vida a la ciudad que nunca duerme.