CUENCA está enclavada sobre un gran espolón de roca que desafía a las alturas, entre dos grandes hoces, formadas por los ríos Júcar y Huécar. Su espectacular situación geográfica se debe a la conformación de una ciudad fortaleza en un espacio muy limitado, entre esos dos grandes abismos, de ahí sus casas colgadas, el bello barrio de San Martín, y el resto de construcciones que siguen el mismo patrón arquitectónico: mirar y colgar hacia las hoces, en busca de espacio. La ciudad de Cuenca hay que pasearla, deambular por sus estrechas, empedradas y laberínticas calles de origen medieval. Cuenca también está llena de historia. Antiguos conventos como el de San Pablo o el de las Carmelitas se han convertido hoy en día en Parador Nacional de Turismo y en la Fundación Antonio Pérez, caprichoso museo de Arte Moderno. Antiguas casas colgantes siguen habitadas resistiendo el paso del tiempo; otras, albergan el Museo de Arte Abstracto Español, edificio que armónicamente mezcla arquitectura y arte suspendido sobre la Hoz del Huécar. En la ciudad se recomienda el paseo pausado por sus dos hoces, a 100 metros de altitud, observando cómo la roca caliza, erosionada por el agua, el viento y el tiempo, ha adoptado innumerables formas caprichosas. También llama la atención el peculiar colorido de las fachadas, recordando los afamados colores de Cuenca utilizados para teñir las lanas que tanta fama dieron a la ciudad. Por la noche, la urbe ilumina sus hoces, proporcionando al paseante una imagen fantástica y evocadora.

BELLEZA SALVAJE

Cuenca es una ciudad en plena naturaleza, y se encuentra situada en la zona montañosa de la provincia, la Serranía, por la cual discurren innumerables ríos y parajes en los que poder disfrutar de actividades de aventura como descenso de cañones, escalada, piragua, bicicleta, senderismo… Es un lugar en el que se puede combinar una perfecta estancia disfrutando de su naturaleza y su cultura. Aparte de la conocida Ciudad Encantada y el Río Cuervo, la provincia cuenta con innumerables parajes de belleza salvaje repartidos por toda su geografía. En La Mancha se puede visitar alguna de sus afamadas bodegas con denominación de origen, o perderse sin más en la inmensidad de sus llanuras. Precisamente, para conocer otra zona con encanto, se recomienda un paseo hacia la Serranía baja, un recorrido en el se observan espectaculares formaciones de arenisca rojiza y extensos pinares del rodeno. Este camino conduce al viajero hasta las Torcas de los Palancares, dentro del Monumento Natural de Palancares y Tierra Muerta. Las Torcas son dolinas de hundimiento tectónico, de dimensiones colosales, provocadas por la acción de las aguas subterráneas sobre los estratos calizos. La riqueza del suelo del fondo de las Torcas y las favorables condiciones de microclima propias de la zona, han dado como resultado una abundante vegetación de pinos, robles, avellanos, sauces, arces, tejos y otras especies. La zona cuenta con dos árboles centenarios, de enormes dimensiones y portes magníficos, son dos árboles singulares, el pino abuelo y el pino candelabro. De las Torcas a través del monte de Los Palancares se llega hasta el siguiente hito de la visita, las Lagunas de Cañada del Hoyo. Allí se puede contemplar el insólito espectáculo de los espejos de agua circulares en el fondo de los profundos desplomes, con juegos oníricos de colores y reflejos. Desde ahí, con un paisaje cada vez más boscoso y ameno, el camino transcurre por la Hoz del Cabriel, con la corriente encajonada entre sugerentes paredes de arenisca rodena. Al sobrepasar el pueblo de Pajaroncillo los crestones rojizos y formas características de las areniscas junto con sus pinares visten la naturaleza de un colorido especial. En el kilómetro 486 se encuentra el paraje más llamativo, las Corbeteras de Pajaroncillo, formas caprichosas de erosión de la arenisca rojiza.

ESPECTÁCULO IMPONENTE

Y de ahí a Cañete, un recorrido por la villa, conjunto histórico-artístico, visitando las murallas islámicas, con sus puertas en recodo, sus dos iglesias, la plaza Mayor, sus callejuelas y recovecos. Y para los más audaces, la corta pero vertiginosa ascensión al castillo, la vieja alcazaba musulmana, varada como un gran barco de guerra, muchos metros por encima de los tejados. Desde arriba, la vista resulta imponente. La ruta prosigue en dirección a Moya, situada en la cumbre de un escarpado cerro. El espectáculo es sobrecogedor. Tuvo Moya varios miles de habitantes, seis parroquias, tres conventos, castillo, hospital, doble perímetro defensivo y una gran tradición de pujanza y gloria. Ahora es un pueblo que poco a poco está siendo restaurado. Moya es un recuerdo histórico, y un paseo por su empinada atalaya evoca cuán importante debió ser la villa a juzgar por el imponente lugar estratégico que ocupa. El viento azota la historia de estas tierras.