CÓRDOBA, CIUDAD DE AZAHAR, nar- do, jazmín y ojos negros, silueta que abra- za el Guadalquivir. La sabiduría que en- cierra cada rincón de esta tierra, ha sido transmitida por los dispares habitantes que, desde tiempos remotos, vivieron en la ciudad. Desde asentamientos prehis- tóricos, pasando por romanos y musul- manes, Córdoba ha disfrutado de la con- fluencia de culturas y razas que la ha he- cho una joya en sí misma, poseedora de una monumentalidad y un erudito legado difíciles de superar. Tanto es así, que en 1994 la Unesco declaró patrimonio de la humanidad parte del casco histórico. Mientras marcha el atardecer, las calles de Córdoba cobran fuerza de luz artificial. Suena una música sin procedencia, que acompaña el murmullo de las fuentes. El paseo se hace misterio y las pa- labras adquieren vida cuando nos relatan leyendas y tradi- ciones que van conformando la historia del pueblo. Y así nos vamos embriagando a cada paso, porque la ciudad, al- ma del tiempo, espada del olvido, guarda del pasado un rescoldo de serenidad y sabi- duría que libera cada noche sus estrechos callejones, sus plazas, sus balcones, sus paredes enjalbegadas, sus tabernas. Luce el granate de los geranios y las gi- tanillas, especialmente en el casco artís- tico, alcanzado por la Vía Augusta y el puente romano. Enmarcado por fraccio- nes de murallas y las aguas ocráceas del Guadalquivir, el barrio constituye un com- plejo retículo de encantador tipismo. En- tre la blancura de las calles surgen bron- ces y piedras esculturales: el Maimónides de la plazuela de Tiberiades, el Séneca de la Puerta de Almodóvar o la Sinagoga, en el quiebro de unos muros enmacetados. Y junto a las murallas, seguidas por jar- dines y estanques, la albina escultura de Averroes, el otro gran filósofo cordobés.

Córdoba se convierte to- dos los veranos en un grandioso escenario de múltiples resonancias. La historia, el arte y la cultura de esta ciudad se abren al público especta- dor y lo seducen en las cálidas no- ches de verano, albergando un mo- saico multicultural de artistas de toque flamenco, danza contempo- ránea, música clásica, teatro, jazz, etcétera, que han fundamentado ya distintos festivales internaciona- les, muestras nacionales, jornadas, ciclos, paseos guiados… Son las denominadas Noches de Embrujo, que este año celebran su segunda edición

EXPLOSIÓN PRIMAVERAL

Como un ejemplo más del desbordamien- to de los sentimientos en el Sur, mayo es en Córdoba la imagen perfecta del de- rroche de lo andaluz. Desde el primer día en que una rosa explota en fragancias, la ciudad se coloca el traje de fiesta, el de la primavera estimulante y casi pagana, y modifica el escenario de la cotidianeidad. El concurso de las Cruces de Mayo es el pistoletazo de salida en este desvarío festivo. Reducto de una religiosidad ata- da a la noche de los tiempos, las cruces se levantan, cuajadas de flores, en las pla- zas, pasajes y recintos abiertos, adornados con la naturaleza que mayo proporcio- na, además de con mantones de mani- la, colchas multicolores y sabiduría popu- lar. El recorrido suele ser nocturno, cuando Córdoba se torna mágica y el vino es un compañero que convierte en bailes y can- ciones cualquier atisbo de soledad. Y en un rincón, la guitarra suena y una garganta canta una pena convertida en arte. Justo finalizado el concurso, mayo se instala en los patios cordobeses, que tie- nen su propio festival, en el que la hospi- talidad se hace estética. Los dueños de las casas con patios, cuajados hasta lo imposible de flores, macetas, pozos y cal los abren al visitante, enclavados en los barrios más añejos, como San Agustín, San Lorenzo, La Judería o San Basilio. Junto a los patios, en las calles y plazas cercanas, el ayuntamiento organiza actuaciones, donde el cante y las sevillanas ayudan a pasar el bochorno de las noches de mayo, que co- mienza a despertar. Por último, la feria de Nuestra Señora de la Salud se celebra a finales de mayo, en torno a la fiesta de la Virgen que da nombre a este evento. Enmarcada al es- tilo de las ferias andaluzas, las casetas abiertas, el paseo central y la Calle del In- fierno suelen dar el cuerpo y contenido de la misma. El paseo de caballos, los tra- jes de faralaes y las sevillanas suelen ser ingredientes de la feria que, como las del resto del país, ha perdido un tanto su ori- gen, basado en las transacciones de ga- nado, mercado que actualmente se cele- bra en el extrarradio de la ciudad. Córdoba sonríe desde cada rincón de sus enrevesadas callejuelas, donde la vi- da no conoce horarios. Allí se pierden los espíritus anhelantes de quietud, que en al- gún momento descubrieron el tesoro que se alberga en lo más pro- fundo del laberinto.

TEXTO ALBERTO GONZÁLEZ