EMPAREDADA ENTRE el océano Atlántico y el mar Caribe, Costa Rica se define con una sola palabra: naturaleza. Un único concepto que se divide en distintas ramificaciones que pasan por bosques tropicales, volcanes ardientes, playas solitarias y un 18% del territorio constituido por reservas y parques nacionales. Mucho verde, de todas las tonalidades, un azul intenso que mira desde el cielo y la posibilidad de perderse (no de forma literal) en la inmensidad de las selvas, observar agazapado aves, tortugas o reptiles de todo tipo o descender en rafting o kayak por ríos caudalosos bordeando inmensas cataratas. Ecoturismo, deportes de aventura y, cómo no, sol y aguas cristalinas. Además, queda el aliciente de visitar una rareza en América Central por su democracia consolidada desde hace décadas y que se caracteriza, cosa rara en todo el mundo, por no tener ejército. Entre ambas costas hay una distancia de aproximadamente 320 kilómetros, por lo que recorrer el país de cabo a rabo es relativamente fácil. Ahora, hay que tomárselo con calma, la que requiere esperar que un oso hormiguero decida dar un paseo o que una tortuga marina acceda a saludar a los visitantes. El medio natural es el que marca el recorrido por Costa Rica, pero el inicio del itinerario comienza, paradójicamente, por la capital, San José, una ciudad cosmopolita plagada de restaurantes y museos. Desde allí salen la carreteras hacia playas y reservas forestales, pero vale la pena recorrer la ciudad, que también presenta ciertas diferencias con el resto de capitales centroamericanas. Antes de enfrentarse a la naturaleza en estado puro, un itinerario a pie por el barrio Amón demuestra cómo vivía la burguesía costarricense a principios del siglo XIX y cómo construía sus viviendas con diversidad de estilos arquitectónicos –victoriano, ecléctico, neoclásico y mudéjar–. Casas que ahora sirven para componer un marco igual de elegante para los hoteles, bares y tiendas de antigüedades que han ido apareciendo en el barrio durante los últimos años. Después de un paseo ciudadano, el asfalto se queda atrás y los bosques húmedos se convierten en el motivo del viaje, mientras que las playas se advierten como la recompensa soñada. Antes, en los alrededores de San José se encuentran algunos de los lugares donde realizar los primeros contactos naturales, como el jardín de mariposas Spirogyra, el serpentario (que acoge todo tipo de reptiles) o el parque zoológico Simón Bolívar.

RUMBO A CARTAGO
Listos ya para la partida, rumbo sur se encuentra Cartago, fundada en 1563, arrasada por las sacudidas de tierra en 1910 y reconstruida de nuevo. Cerca, se llega al parque nacional del Volcán Iraza, con más de 2.300 hectáreas de superficie y un volcán todavía activo que sube más allá de los 3.400 metros. Gracias a sus continuas erupciones, las tierras de alrededor son muy fértiles. De todas formas, tiempo hace que no expulsa lava y rocas, ya que la última vez que entró en acción fue en 1963, coincidiendo con la visita oficial del presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, presagiando quizás su violento final. A continuación, un río, un volcán y un parque nacional comparten nombre, Turrialba. Entre medio, un pequeño pueblo situado a 650 metros de altura se ha convertido en centro de reunión de deportistas o aventureros dispuestos a disfrutar de los ríos y de las subidas volcánicas. Y también de los olores, porque el ascenso está compartido con cafetales y plantaciones de cañas de azúcar y plátano. A 20 kilómetros se levanta el Monumento Nacional Guayabo, el parque arqueológico más importante de toda Costa Rica. Los trabajos de investigación comenzaron en 1968, aunque todavía no se tienen muchos datos. Lo que sí se sabe es que en la zona vivieron más de 10.000 personas en torno al 800 antes de Cristo.

RITMO CARIBEÑO
Ya en dirección hacia el Caribe se extiende la región de Puerto Limón. Su capital, de nombre homónimo, alberga el parque Vargas, lugar donde merece la pena pasear sin rumbo entre los árboles tropicales, las flores, los pájaros y las vistas sobre las rocas y el mar. El resto de la localidad se caracteriza por su color y ritmo caribeño, con el Mercado Central como punto neurálgico, además de un excelente sitio donde comer. En los alrededores, Caribe puro, lo que significa playas de arena finísima y aguas azules a más no poder. El parque nacional de Cahuita ocupa más de 1.000 hectáreas de selva costera y arrecifes de coral, y es una de las zonas más visitadas, ya que dispone de gran cantidad de hoteles, restaurantes y complejos turísticos. También dispone de habitantes de múltiples aspectos, como las 35 especies de coral, cangrejos, esponjas, anémonas, pulpos o conchas marinas. Por su parte, la reserva natural de Gandoca-Manzanillo acoge en sus más de 5.000 hectáreas, playas escondidas, resguardadas de las miradas ajenas por cabos rocosos y cocoteros y que constituyen un paraíso para los surfistas. En su territorio se levanta la localidad de Bribri, donde la cultura de los indígenas se mezcla con la de los africanos traídos como esclavos para crear un sabor especial aderezado a ritmo de reggae.

DE COSTA A COSTA
Con las melodías de inspiración jamaicana todavía retumbando suavemente en las orejas, el viaje salta de costa a costa hasta llegar al océano Pacífico, donde el paisaje adquiere un tono más intenso que el caribeño, pero conserva igual sus playas de ensueño y, cómo no, sus parques naturales. El Manuel Antonio es uno de los más pequeños de Costa Rica, aunque también uno de los más populares, por lo que el Gobierno decidió limitar el acceso y prohibir el paso de vehículos a motor. Sus habitantes lo agradecieron, sobre todo los monos, ya sean aulladores, cariblanca o ardilla. Si se prefieren los delfines, el parque nacional marino Ballena acoge unos cuantos ejemplares en sus más de 5.000 hectáreas de océano y arrecifes de coral. Entre diciembre y marzo, también sacan la nariz algunos jóvenes ejemplares de cetáceos que da razón al nombre del parque. Y, como opciones hay mil, si no convencen ni monos ni delfines, queda probar suerte con las iguanas en el Iguana Park. Lugar donde también se puede emular a Tarzán y viajar de copa de árbol a copa de árbol gracias al llamado Canopo Tour. Adentrándose en el mar, tanto como 500 kilómetros, aparece la isla del Coco, guarida de piratas y bucaneros en el siglo XVIII, escondite de tesoros y, actualmente, uno de los laboratorios biológicos mayores del mundo, por su extensa y casi desconocida fauna. Su costa rocosa se encuentra rodeada por acantilados de hasta 183 metros de altura y está llena de cavernas acuáticas, morada de todo tipo de habitantes marinos.

PLAYAS PARADISIACAS
Ya en el norte, la península de Nicoya ofrece esa esperada recompensa en forma de playas paradisiacas, mientras que el parque nacional de Santa Rosa regala otro espectáculo único: hasta 8.000 tortugas de aproximadamente 40 kilos cada una poniendo sus huevos en la playa de Nancite entre los meses de septiembre y octubre. Como lo hacen en el parque nacional Tortuguero, donde por la noche se puede observar como nacen y dan sus primeros pasos, así como cruzarse con algún que otro caimán o cocodrilo. Pobladores todos por derecho de una Costa Rica cuya rareza no solo se limita a la política y desarrollo social, sino también a la conservación de la naturaleza en un estado tan puro que parece que el ser humano jamás haya inventado el asfalto.