DUBROVNIK, SITUADA en el sur de la costa dálmata, deslumbra. La ciudad fortificada se adentra sin reservas en el inmenso azul del Adriático y acapara casi todas las miradas. Pero el país balcánico reserva una buena dosis de sorpresas para el que decide recorrer su litoral con la mente abierta y ganas de encontrarse a cada paso una pequeña cala de aguas cristalinas, una vista que domina el mar desde alguna de sus verdes colinas, un pequeño pueblo donde parece que no pasa el tiempo o una antigua construcción romana que aguanta estoica el paso de los siglos. Y así se puede llegar a descubrir, justo al otro extremo, en el norte, Istria, una pequeña península que sobresale con su forma triangular, y que alberga en sí misma todo lo que el viajero puede esperar de Croacia. La ciudad principal, Pula, tiene aeropuerto, pero quizás la mejor manera de llegar a la región es en coche. Una buena opción es volar hasta la cercana ciudad de Trieste, en Italia, alquilar un automóvil, cruzar la frontera y recorrer la costa croata de norte a sur. O viceversa, optando por un vuelo hasta Dubrovnik y un itinerario en sentido ascendente. En cualquier caso, la primera parada o la última debe ser Istria, con su costa, la llamada Istria azul, y su interior, conocido como la Toscana croata. La parte central de la península es un bosque mediterráneo intacto, con el ambiente relajado y tranquilo que proporciona disfrutar de la sombra ante un sol de justicia. Y entre el verde intenso destaca la piedra gris de las pequeñas villas medievales, conocedoras de los placeres de la vida, como la belleza, la tranquilidad, la buena gastronomía y el buen vino. Motovun (en la foto) es un buen ejemplo. Toda la ciudad es un gran monumento, que conserva prácticamente intacta la apariencia de la edad media. Ubicada sobre una colina, domina el valle del río Mirna, así como su bosque, donde brotan aguas termales con propiedades curativas, tal y como descubrieron los romanos en su época. Pero a pesar de que parezca anclada en el pasado, el presente late con fuerza en la localidad, como demuestra el festival de cine que se organiza cada verano o su galería de arte contemporáneo.

PASTA CON SALSA DE TRUFA

Aún en el interior, destacan Buzet, con sus murallas de la época romana, y Groznjan, villa de artistas, donde el silencio es fundamental para asegurar la creatividad. En cuanto a la mesa, vale la pena confiar en las recetas locales, que mezclan sabiamente las influencias italianas con el producto más preciado de la zona, la trufa. Así, unos ñoquis con combinación de salsas son plato obligado, acompañados de vino istriano. Tras una buena comida, el itinerario se traslada a la costa. Así, siguiendo el curso del Mirna, se llega a Novigrad, con sus playas de aguas cristalinas, eso sí, plagadas de piedras, presentes en la mayoría de playas croatas. Nada que unas buenas zapatillas de baño no puedan arreglar (no llevarlas es casi un suicidio). En dirección sur aparece Porec, con uno de los mayores índices de concentración de monumentos históricos por metro cuadrado. En el centro, la antigua estructura de calles construidas en época romana se mantiene intacta, al igual que la basílica eufrasiana del siglo VI, con sus mosaicos de la era del emperador Justiniano, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El siguiente paso es Funtana, que debe su nombre a los manantiales de agua potable y pura que se encuentran al lado del mar, y luego llega Rovinj, quizás la ciudad con mayor encanto de toda la península y buena parte de Croacia. Casitas de pescadores, callejuelas que ascienden hacia lo alto para resguardar a los habitantes de los vientos marítimos, un puerto que invita a contemplar el atardecer y el campanario de la iglesia de Santa Eufemia que domina el paisaje. Finalmente, antes de despedirse de Istria y continuar el viaje, llega Pula, la ciudad más importante de la península. La parada obligatoria es, sin duda, el coliseo romano, construido en el siglo I para la celebración de luchas de gladiadores. Pero, como metáfora de la propia Croacia, siempre hay algo más allá de lo que deslumbra, siempre hay algo más que descubrir.