DICEN QUE FUE allí donde se escuchó por primera vez el sonido de un piano. Tenía que ser allí. En Santiago de Cuba. Allí la vida se afina a diario y el tiempo mantiene el compás de principios de siglo. El presente sigue sonando a guagancó, a son montuno y a guajira y el futuro se diluye en ron añejo y santería. Allí nació la revolución de boina negra. Y allí la revolución comenzó a ajustarse sombreros de ala ancha sobre los escenarios. El día a día sigue cogiendo fuerzas con café enterrado en azúcar. Y los monstruosos Cadillacs, Pontiacs y Buick estadounidenses de los años 40 aún pasean por las calles sus orígenes presocialistas cuando encuentran gasolina. Es la tierra del son. La ciudad de héroes. La cuna de la revolución. La capital del Caribe. El mejor escenario para perderse y encontrarse. En Santiago de Cuba el Caribe es más Caribe. Por eso dicen que es su capital. Está instalado sobre una paradisiaca bahía, con la Sierra Maestra al fondo y hoteles con todo incluido a los pies del mar Caribe. Es un paraíso de arena blanca, palmeras y un mar impredecible que cambia de color. Pero también es un paraíso colonial de tejados rojos, edificios descoloridos, fortalezas y castillos. Es una tierra con el aroma añejo de Bacardí donde el tiempo juega fuera de juego. Una ciudad plagada de historia y de historias. Santiago fue la primera capital de Cuba. Desde su ayuntamiento, Fidel Castro proclamó la independencia de la Revolución el 1 de enero de 1959. Es donde Bacardí fundó su primera fábrica de ron, donde la música cubana instaló la sede oficial del son –en la Casa de la Trova– y, a sólo una manzana, la poesía escribió sus mejores versos con acento cubano (los de José María Heredia). Hasta tiene un Premio Nobel, el que Ernest Hemingway recibió en 1954 (se puede ver a los pies de la virgen santiaguera, en el Santuario del Cobre). El Parque Céspedes es el mejor lugar para empezar el recorrido por la ciudad. Empiecen a aspirar historia frente a su plaza. Allí se encuentra una de las casas más antiguas de Cuba, la de Diego Velázquez, el fundador de la ciudad y primer gobernador del país. En la esquina opuesta está la oficina de turismo y, al norte, el ayuntamiento desde donde Fidel Castro proclamó su independencia a prueba de embar- gos. Miren al sur. Es la catedral Santa Iglesia Basílica, una de las construcciones eclesiásticas más antiguas del nuevo mundo. Y sigan haciendo historia. Si suben por la calle de Félix Peña verán uno de los palacios más antiguos de Cuba, donde los ornamentos aztecas del siglo XVI se fundían en lingotes de oro antes de poner rumbo a España. POESÍA EN LA CALLE La poesía en Santiago tiene su propia calle: Heredia. En la casa natal del poeta de Cuba aún se siguen escuchando los mejores versos con lecturas improvisadas. Caminen una manzana. En la misma calle, en el número 208, está la Casa de la Trova, la más antigua del país, donde aún se reúnen las grandes figuras del jazz cubano. No se la pierdan un sábado por la noche. Se convierte en el foco de un minicarnaval que desfila por la calle Heredia. Muy cerca de allí se encuentra el Museo Emilio Bacardí Moreau, instalado en una mansión neoclásica, y el Restaurante Santiago 1900, exresidencia de la familia del ron. Hagan un alto en el camino y disfruten de la comida criolla bañada en ron añejo. Pueden hacerlo allí mismo o en cualquiera de los comedores de la cadena Palmares. Con el estómago lleno, ya pueden hacerse los héroes. La ciudad de héroes tiene a sus héroes enterrados al norte, en el cementerio de Santa Ifigenia. Allí yacen muchos de los héroes de la revolución, desde el mismísimo José Martí, el padre de la patria, hasta el último héroe cubano, Compay Segundo.