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+ Volar con Singapore Airlines (www.singaporeair.com) es parte del encanto del viaje. De Barcelona a Singapur las horas pasan rápido gracias a la comodidad del avión y a la amabilidad del personal de cabina que, siempre sonriente, está muy pendiente de los pasajeros.

Texto Manena Munar / Fotos Albert Falcó

LUANG PRABANG, en la confluencia de los ríos Mekong y Khan, fue la antigua capital del reino de Lan Xang. Es la tercera urbe de Laos, ciudad de los mil templos, y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1995. Múltiples apelativos intentan calificarla, misión nada fácil. Porque, si bien cuando se llega a ella, y de un primer vistazo, solamente parece una ciudad tranquila y bonita, a medida que se profundiza en sus calles, sus templos, su historia, adquiere otras dimensiones. Está considerada como el centro espiritual del país. Y se entiende, no solo por sus bellos templos –como el de Wat Xieng Thong–, considerado el más antiguo de Laos, o la estupa (edificio budista derivado de los antiguos túmulos funerarios, para guardar reliquias) de Phou Si, que domina el horizonte de Luang Prabang.

La espiritualidad se siente en la serenidad que envuelve el aire de la ciudad laosiana. Sus calles están limpias y cuidadas, no hay gran bullicio en ellas, ni siquiera en el mercado alimentario de la mañana (wet market) o en el mercado nocturno de artesanía. Las casas, de corte colonial francés, testifican aquellos años en los que Laos perteneció a la Indochina francesa, desde que se agregó a ella en 1893. La mayoría están restauradas y convertidas en hoteles, restaurantes o bares, con interiores acogedores y una deliciosa cocina fusión francesa-laosiana. A su lado, el Palacio Real y los templos se erigen orgullosos de su esplendor, tangible en las bellas incrustaciones de nácar y piedras con motivos de la vida cotidiana, o en las estatuas de buda de su interior.

Los monjes dan un toque de color azafrán al escenario, especialmente cuando al amanecer se alinean en largas colas, cuenco vacío en mano, esperando que los feligreses lo llenen de arroz, carne, vegetales, de las viandas que consideren oportunas y que ellos recibirán con aparente humildad. Muchos de ellos apenas son niños que ingresan en el monasterio para recibir una educación budista de la rama theravada que el rey Fa Ngoum, fundador de Lan Xang, introdujo en Laos, aconsejado por su mujer –la princesa jemer Keo Keng Kanya–, convirtiendo el budismo theravada en la religión del estado.

Paseo en barca. Para disfrutar de la exuberante naturaleza es más que aconsejable subirse en una de las barcazas que se encuentran en el embarcadero del Mekong y navegar por las aguas embarradas –si es temporada de monzones– o claras, si corre la estación seca.Es inevitable emular las muchas páginas de libros y cintas de celuloide que se inspiran en las aguas del Mekong.

Imaginar a la protagonista de El amante (de Marguerite Duras), esperando entre los postigos de las ventanas, a media luz tropical, la llegada de su amado en el decadente y romántico barco de teca que surca el cauce del río. El poderoso Mekong, uno de los ríos más grandes del mundo, es base de la riqueza indochina, regando sus arrozales, criando cantidad de especies marinas (entre ellas el panga, la carpa blanca y el pez gato), protagonistas de la cocina laosiana, acompañados por el arroz glutinoso.

También sirve de carretera fluvial para el transporte de mercancías y pasajeros, al menos hasta los rápidos de Kratiè, que hacen imposible entrar a China por su lecho. Otra visita ineludible son las cataratas de Kuang-Si. Apenas a 30 kilómetros de Luang Prabang se encuentra este conjunto con tres niveles de bañeras, rápidos y saltos, que culminan en la gran caída de 50 metros de la cascada. El agua es turquesa y su temperatura la adecuada para nadar, pasar el rato, o lanzarse a ella desde alguno de los muchos árboles de la jungla que rodea el espacio acuático.

Parque arqueológico. Siem Reap no ha tenido más remedio que crecer y modernizarse para acoger a los muchos viajeros que, ansiosos por ver uno de los monumentos más sobrecogedores del mundo, aterrizan en el aeropuerto internacional de la ciudad moderna de Camboya. El responsable es el parque arqueológico de Angkor, apenas a ocho kilómetros de Siem Reap. Cubre unos 400 metros cuadrados y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1992.

Allí está Angkor Wat que, planeado por Suryavarman II del Imperio jemer, se considera el mayor monumento religioso jamás construido y un testimonio arqueológico de gran importancia. Multitud de estructuras de la era jemer (del siglo IX al XV) se esconden entre la vegetación del parque a orillas del río Mekong. Y hasta se moldean con las raíces gigantes de los árboles del spung o del ficus gibbosa, como ocurre en el templo Ta Prohm, simbiosis perfecta entre piedra y árbol. Pero también hay ruinas interesantes que, con un par de pinceladas, volverían a tener parte de su prestancia milenaria, y que, ocultas entre arrozales, guardan muchos secretos de la era jemer. Una buena forma de encontrar estos templos perdidos es contratar una excursión con Nick Butler, guía, aventurero, explorador, y director de Indo Chine Ex (en la página web www.indochineex.com).

Supone toda una experiencia subir al tuc-tuc (vehículo de tres ruedas) en un día de lluvia –la lluvia tropical no es una lluvia cualquiera–, atravesar aldeas donde los niños se bañan en los charcos y los carabaos (búfalo doméstico) te miran como quien ve llover. Aunque apenas puede con su alma, el tuc-tuc siempre logra su objetivo: en este caso, llegar a las puertas del arrozal que conduce a los templos de Banteay Ampil y Chau Srey Vibol. Bajo la lluvia, el arrozal se vuelve más verde e incluso se puede ver cómo se estiran las espigas de arroz, antes de alcanzar los templos perdidos en la jungla y sentirse como Indiana Jones en el más lujoso de los platós cinematográficos.

Dorados_Templo budistaSolidaridad camboyana. Se observa en muchos de los directivos de negocios camboyanos un entimiento solidario hacia su pueblo, instruyendo e integrando a la población con algún oficio, especialmente en las zonas rurales con escasos medios. Eso es lo que ocurre en la compañía de seda dorada Golden Silk (en la página web www.goldensilk.org).

Su directora, Oum Sophea, lo fue también del Centro Nacional de la Seda boyana, y ahora dirige la fábrica de seda Camboyana, y ahora dirige la fábrica de seda dorada, sita en una zona rural necesitada, a pocos kilómetros de Siem Reap. Allí, en unas cómodas instalaciones se enseña el oficio milenario del tejido de la seda. En este caso, la seda del gusano de seda dorada, que se encuentra especialmente en el noroeste de Camboya, gracias al cual se confeccionan piezas únicas de inigualable belleza, como se pueden ver en la fábrica de Golden Silk.

Otro ejemplo de respaldo es el Phare Cambodian Circus (en la página web www.PhareCambodianCircus.org), fundado en el año 1994 por jóvenes exrefugiados camboyanos con el fin altruista de ayudar a huérfanos, o niños sin posibilidad de educación en las zonas semirrurales.El espectáculo que realizan es digno de los mejores acróbatas y encierra una pasión contagiosa.

Con acento español. Otra de las organizaciones de Siem Reap dignas de mención es la que preside Lidia Linde, española residente en Camboya y responsable de la oenegé Together for Cambodia (en la web www.togetherforcambodia.org).

Acompañada por algunos de los niños que acoge, habla sobre la organización, secundada por el español casi perfecto de muchos de los infantes. La velada prosigue con un rali gastronómico, saboreando la exquisita cocina jemer en restaurantes como Chanrey Tree (www.chanreytree.com).

Y puede terminar saboreando un cóctel exótico en el sensual Miss Wong Coctail Bar: lamparillas de papel rojas, luces sinuosas, carteles antiguos y el retrato de una Miss Wong que, solo con mirarlo, traslada a los años dorados de Shanghái.