LO DE LAS PUERTAS de colores debe ser para contrarrestar el resto de la ciudad, en la que domina el gris. Es cosa del tiempo que –para qué andar con eufemismos– es entre malo y muy malo. Y ni en verano concede tregua. Pero los dublineses no le temen en absoluto: un paraguas en la cartera o el bolso, y a la calle, que la ciudad es para vivirla. Cuando al sol le da por aparecer, ya es el no va más. Entonces salen como caracoles y abarrotan el Phoenix Park, el parque urbano más grande de Europa, que dobla en tamaño al Central Park de Nueva York. Es un lugar ideal para descansar, meditar o hacer deporte, y donde en cualquier momento puede sorprendernos la llegada de una manada de gamos, que campan a sus anchas.

Phoenix Park también da pie a largas horas de charla. Y si es con un oriundo, la conversación equivale a un examen de inglés de nivel avanzado: su característico acento no es fácil de comprender. Además del inglés, el irlandés o gaélico también se continúa hablando, aunque de forma minoritaria y sobre todo en los núcleos rurales más apartados, y todos los niños están obligados a estudiarlo en la escuela. No en vano, muchas de las indicaciones de los lugares públicos se encuentran en ambos idiomas.

PRIVACIÓN DE LIBERTAD

Una vez en ruta, una de las visitas más interesantes es la Kilmainham Gaol, la sombría prisión que se mantuvo abierta entre los años 1796 y 1924, y que alojó a miembros de los diversos alzamientos independentistas contra la corona británica, además de ser el lugar donde se filmó la célebre película En el nombre del padre, de Jim Sheridan.

También es recomendable la entrada al Trinity College, una de las universidades más prestigiosas del mundo anglosajón, fundada por Isabel de Inglaterra en 1592, y en cuya riquísima biblioteca se puede ver el libro de Kells, del siglo XI. Otros tesoros importantes se conservan en el Museo Nacional, que contiene piezas de la edad de bronce y de la alta edad media, incluido el broche de Tara o el relicario de San Patricio. Por su parte, la National Gallery contiene más de 2.600 pinturas, incluidos excelentes Murillos. Y si lo que gusta es el arte contemporáneo, se apreciará la visita al Museo Nacional de Arte Moderno, en el antiguo hospital de Kilmainham, en las afueras.

En el apartado eclesiástico, vale la pena destacar las dos catedrales: la protestante Iglesia de Cristo, del siglo XII, y la de San Patricio, donde se guardan muchos tesoros y la tumba de Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver (1726).

Aunque si hay un escritor alabado en la ciudad es James Joyce, autor de la aclamada obra Ulises (1922), y cuyo universo literario se encuentra fuertemente enraizado en su nativa Dublín, la ciudad que provee a sus obras de los escenarios, personajes y demás material narrativo. Es posible recorrer los itinerarios relacionados con el escritor, a través de su museo, la Torre de Sandycove, el centro James Joyce o su antigua casa.

Todas estas visitas pueden coordinarse a través de la oficina de turismo de la ciudad, donde además se puede comprar un Dublin Pass, que permite entrar gratis en todas ellas. Y lo cierto es que sale a cuenta, dados los elevados precios de la capital. Algo tenía que tener.

UNA PINTA DE ‘PAN LÍQUIDO’

Lo mejor para conocer lo que se cuece en la noche dublinesa es salir de pubs. Hay alrededor de 1.000 y cierran sus puertas en torno a las 00.30 horas (incluso antes, de domingo a jueves), por lo que vale la pena cenar pronto (al estilo europeo) y aprovechar la entrada de la noche. Desde media tarde en muchos locales ya suena la música en directo, y ello sirve de reclamo para las primeras copas. A esas horas Temple Bar, el barrio bohemio a orillas del río Liffey, es ya un hervidero, y el lugar escogido por la mayoría para degustar las tres bebidas nacionales: la Guinness –conocida popularmente como pan líquido–, el whisky y, naturalmente, el café irlandés más genuino. Parada obligada, al menos para el turista, es el local que da nombre al barrio, donde se puede degustar una Baby Guinness, un caro pero riquísimo chupito que mezcla cerveza negra y crema Bailey’s.

Otros locales recomendables son el Café en Seine, de elaborada decoración barroca y ambiente chic, lo que acaba repercutiendo en unos precios algo caros; el Porter House, donde sirven cervezas de elaboración propia y suena la música en vivo; o el Dragon, la nueva discoteca gay de la calle George, cuyo valor añadido es la entrada gratis.

Ambiente alcohólico aunque libre de humos, pues está prohibido fumar en bares y discotecas. Y la ropa, al llegar al hotel, aún huele a limpio.