HAY MARES DE AGUA; hay mares de arena. Un hombre los surca y arremete contra olas y tempestad. Más allá, se en- cara a sí mismo, a lo que es y a lo que ha sido. Proyecta lo que será. Perdido en la nada, se siente parte de un todo. La in- mensidad del desierto se le escapa entre los dedos con la misma volatilidad que lo hace la finísima arena, sobre la que refleja una estilizada sombra. Ella es su única compañera, de una punta a la otra del ho- rizonte. En la intimidad, ambos compar- ten atardeceres de cielo sangrante junto a una improvisada tienda beduina. Con un par de mochilas llenas de liber- tad, el hombre y su sombra dibujan su pro- pia ruta por el Egipto más inhóspito y, so- bre alfombra de arena, serpentean en jeep dejando una huella fugaz. De Bahariyya a Kharga, pasando por Farafra y Dakhl, cuatro refugios del peregrino cuya fe sigue guiando hacia la Meca

ESPEJISMOS
A veces, con el sudor en los ojos y la bo- ca seca, el hombre cree atisbar una ma- sa de agua donde intiman cielo y tierra. Consume ilusión y carburante en confir- mar el espejismo. Será el cansancio, se di- ce. Sin embargo, el agua no es un impo- sible: Bahariyya recibe al visitante con sus 260 manantiales sulfurosos o minerales, donde se combinan las fuentes templadas con las de agua caliente, que alcanzan los 55 grados centígrados, y que determinan las pautas de conducta en el oasis. Con un lento adiós –que no hay prisas que valgan– hombre y sombra encauzan hacia Farafra. El camino se viste del negro de las rocas basálticas que aparecen por doquier. El viento y los cambios de tem- peratura les dan una misteriosa aparien- cia metálica. Cuánta paz… En el ajedrez del desierto, a continuación mueven las blancas: cuanto más se acercan los pa- sos a Farafra, más proliferan las formacio- nes de tiza, que el viento ha modelado ca- prichosamente. En la mente del hombre las composiciones calcáreas evocan se- res imaginarios, sobre un paisaje de sue- lo duro que bien podría estar nevado. Ex- traña comparación para un desierto. ¿Un nuevo espejismo? Ahora no. El pe- queño oasis de Farafra aparece realmen- te como un vergel en medio de tierra yer- ma. Es rico en aceitunas, girasoles, arroz y trigo, además de naranjas, manzanas, higos, dátiles, albaricoques y guayabas, frutas que sonríen agradecidas a las aguas sulfurosas de los manantiales. Los pies cociendo dentro de su calza- do, la silueta del alma itinerante vuelve a cabalgar trescientos kilómetros más al sur sobre el corcel de chapa. Se tropieza con Dakhla, otro sorprendente homenaje a la abundancia en medio del desierto. Y en- tonces recuerda lo que oyó antes de par- tir, de boca de un nómada de tez morena: que según los últimos hallazgos, el origen de este oasis se remonta al periodo Neo- lítico, cuando el clima aquí era parecido al que se da hoy en la sabana africana. Además de su capital, Mut, entre los pueblos que conforman este oasis desta- ca el-Qasr, que conserva casi intacta su vieja medina medieval con sus casas de adobe. Un paseo por sus calles deshabi- tadas le engrandece el espíritu y alivia la tristeza que provoca una nueva partida

ÚLTIMO TRAMO
Despierta con una comida caliente, pan fresco hecho en la arena y, lo mejor, una amplia y blanca sonrisa que le observa. Le apena pensar que finaliza la ruta y las muestras de la hospitalidad local no ha- cen sino reforzar ese sentimiento. El ama- necer en Kharga, el último oasis de su tra- yecto, es de un pasmoso exotismo. Un comerciante recomienda al recién llegado recorrer la necrópolis copta de Bagawat, con interesantes frescos de escenas bí- blicas, y el templo de Hibis, el único con- servado del periodo de dominación persa en Egipto. Así lo hace, en su cuenta atrás. Y como llegó, marchó. Se fue con la ro- pa sucia y la nuca achicharrada. Pero el peso que sentía al decir hasta luego no era el provocado por la arena de sus bolsillos, sino la certeza de que cargaría con aque- llos recuerdos toda su vida. Con la misma inmovilidad con la que vive el desierto.