EN TODA FAMILIA llega un verano en el que se produce el gran cisma: los padres quieren arrastrar al adolescente de vacaciones con ellos y el zagal se revela, argumentando que se aburrirá y, sobre todo, que ya es suficiente mayor como para tirar por su lado. Sin embargo, hay algunos destinos que pueden suavizar la polémica. Uno de ellos es Eivissa. Solo hay que enseñarle al niño alguna imagen de las tremendas gogós semidesnudas que se contornean en las zonas de marcha. Y el pez pica el anzuelo. Los padres, por su parte, tienen bien claro cuál es su apuesta: apartarse del bullicio de la ciudad de Eivissa, Sant Antoni o Santa Eulàlia, e intentar descubrir los rincones más tranquilos de este paraíso balear. El primero podría ser Santa Agnès. Ubicado en una fértil región, este municipio está compuesto por una iglesia, un supermercado, algunos bares y unas pocas casas, y de ahí su encanto rural. Por lo tanto, su mayor atractivo reside en el paseo tranquilo por los campos que bordean el pueblo, entre naranjos, limoneros y almendros, que contrastan con el tono entre ocre y rojizo de la tierra y los verdes pinares.

PAZ Y AMOR

Sant Carles –punto de partida de las carreteras de playa de la parte oriental de la isla– se ha ganado una sólida reputación como lugar de residencia de extranjeros y punto de encuentro hippy. Vale la pena deambular por el mercadillo de los sábados, con una maravillosa selección de ropa y joyería hechas a mano. Un tercer rincón bucólico sería Santa Gertrudis, en el corazón de la isla. Es una población muy conocida por sus tapas, bocadillos y montaditos, que pueden degustarse en el interior del Bar Costa, admirando las pinturas de artistas locales, que adornan las paredes. Son cuadros nacidos en los 60 y 70 del siglo pasado, cuando los ibicencos aceptaban el pago en especies por la comida que ofrecían a la comunidad de artistas y hippies foráneos afincados en la isla. Finalmente está Sant Josep, un pueblo con encanto y sin estridencias, donde degustar la típica gastronomía lugareña –como el sofrit pagès–, ir de compras o tomar el fresco por la noche en alguna terracita. A parte de estos pueblos, Eivissa ofrece también algunas estampas naturales de gran belleza, como es la cueva de Can Marçà, en Port de Sant Miquel. Antes de entrar, espectaculares vistas del mar; una vez dentro, un mundo de sobrecogedoras formas que se han ido esculpiendo por la acción del agua a lo largo de la historia. En el corazón de la cueva se desarrolla un impresionante espectáculo musical y de luces. Aunque para luz, lo mejor es madrugar y viajar a primera hora de la mañana hasta las salinas, uno de los paisajes más preciosos de la isla. Se encuentran muy cerca del aeropuerto y tienen exactamente la misma función que antaño: durante el verano, el agua de los estanques se evapora, dejando a la vista una capa de pura sal que, con la salida del sol, reluce con un fulgor especial. Justo a la misma hora, que el jovenzuelo regresa a casa. Hay gustos para todos.