En las provincias de los Borders o Dumfries y Galloway, colindantes con Inglaterra, fue donde se dirimió durante siglos el destino del país de la mano de personajes como María Estuardo o William Wallace, el celebérrimo Braveheart.

Es cierto. A cualquiera que se le pregunte qué paisajes son los primeros que le vienen a la cabeza cuando piensa en Escocia, en un 99% de los casos, la respuesta no será muy diferente a esta: las majestuosas Highlands y sus aguerridos hombres ataviados con el tradicional kilt, seguida de la teatral y sofisticada fisonomía urbana de Edimburgo, para terminar con la vitalidad musical y la efervescencia cultural de Glasgow. La cuestión que se plantea ante esta irrefrenable predilección por encaminarse hacia el norte cuando se pisa Escocia es, ¿qué hay del sur? Ahí está, esperando a ser descubierto en todo su esplendor. Es en regiones sureñas como los Borders o Dumfries y Galloway donde pervive el efecto Escocia, esa suerte de magnetismo que conquista al visitante cuando pisa este hermoso país y que aquí encuentra sus esencias históricas, culturales y paisajísticas.

Fue en estas tierras de frontera con Inglaterra donde durante siglos se dirimió el destino de Escocia de la mano de protagonistas de renombre como María Estuardo, Robert Bruce o William Wallace, el celebérrimo Braveheart. También fue aquí donde las comunidades monásticas encontraron su particular retiro de silencio y trabajo donde construir sus magníficas abadías. Y, claro está, tanta belleza natural en forma de bosques majestuosos como Galloway Forest Park, inolvidables estampas como Scott’s View y ríos como el Tweed, donde los pescadores de truchas y salmones viven un perpetuo nirvana, no podía más que dejar honda huella en la sensibilidad de hombres con espíritu de poeta. Porque fue en los Borders y en Dumfries y Galloway donde plumas como sir Walter Scott o el bardo escocés por excelencia, Robert Burns, encontraron su inspiración.

Abadías de novela. Hay muchas formas de zambullirse en los Borders escoceses, la tierra de verdes colinas al sur de la llanura del Lothian, aunque uno de los grandes alicientes para, de paso, conocer su azarosa historia, es la ruta por las ruinas de sus cuatro abadías –la de Kelso, Melrose, Dryburgh y Jedburgh–, un viaje en el tiempo que siempre desvela sorpresas. Porque, arrasadas durante las guerras entre Escocia e Inglaterra, en su esquelética arquitectura aún resuena el poder espiritual, económico y político que ostentaron en la zona durante siglos. Para comprobarlo no hay más que acercarse a Melrose Abbey, la más increíble y célebre de todas, sobre todo, por la pasión con la que sir Walter Scott se esforzó en perpetuar su historia y sus melancólicas ruinas.

Si sus piedras bermejas hablaran contarían su turbulenta existencia debido a las continuas incursiones inglesas a las que se vio sometida durante siglos. Construida por David I en 1136, los monjes cistercienses que la habitaban vivieron en primera persona su saqueo en varias ocasiones, siendo las más duras las de1322y1385.Y,comosideun argumento de novela histórica se tratara, la abadía de Melrose ateso- ra algunas sorpresas, como el corazón embalsamado del rey escocés Robert the Bruce, su principal benefactor.

Tampoco se quedan atrás las ruinas de Dryburgh Abbey, abadía fundada en 1150 a orillas del Tweed, uno de los enclaves monásticos más hermosos que puedan visitarse en Escocia. Por si fuera poco, entre sus muros raídos por el tiempo se encuentra la tumba de sir Walter Scott, quien con su pluma convirtiera en mito estos parajes. Pasear al atardecer por su claustro en ruinas o reposar si el sol aprieta en la frescura de su sala capitular es toda una experiencia para aquellos visitantes que quieran disfrutar, al menos por unos instantes, del sosiego monástico.

Las huellas de Burns. Una vez recorridos los Borders, no hay mejor coordenada para seguir disfrutando del sur de Escocia que poner rumbo hacia el suroeste, en dirección a la región de Dumfries y Galloway por la sinuosa carretera A708, que conecta las ciudades de Selkirk y Moffat y discurre entre lagos serenos como el de St. Mary y una campiña ondulada pespunteada de ovejas. Este giro en la brújula por el sur de Escocia no solo marca un tránsito territorial, sino que también supone un paso de testigo de una tierra eminentemente literaria como son los Borders de Scott a la tierra natal del poeta escocés por excelencia, Robert Burns (1759-1796). Porque recorrer Dumfries y Galloway supone adentrarse en el territorio Burns, una retahíla de escenarios en los que vivió el poeta y que marcaron su prolífica obra.

La ciudad de Dumfries, una apacible ciudad atravesada por el río Nith, es la capital de Galloway y una coordenada indispensable para pulsar el gigantesco legado de Burns. La ciudad acoge, por ejemplo, la Burns House, la modesta casita donde vivió junto a su mujer y sus hijos entre 1793 y 1796. En la casa pueden verse objetos personales, primeras ediciones de sus poemas y recuerdos como una reproducción de su iniciación como masón. Burns murió en Dumfries en 1796 y fue enterrado muy cerca de la casa, en el cementerio de St. Michel Church. Entre las lápidas de arenisca rojiza del camposanto destaca la blancura de su mausoleo neoclásico. Seguro que al espíritu dicharachero y festivo de Burns no le gustaría un primer encuentro así de melancólico, por lo que lo mejor es acercarse hasta el Globe Inn, el pub emplazado en una angosta callejuela cercana a High Street en el que pasó muchas noches junto a sus amigos beodos.

Para completar la ruta Burns con otros de los alicientes de Dumfries y sus alrededores no está de más una excursión al cercano Galloway Forest Park, la zona más agreste del sur de Escocia. Y para los amantes de la historia y los castillos de cuento, una sugerencia de muchos quilates: Caerlaverock Castle (en la foto). Situado a 15 kilómetros al sur de Dumfries, su impresionante planta triangular rodeada de un profundo foso, sus robustas torres y murallas de piedra bermeja es una de las estampas escocesas más famosas. Su historia le precede. La plaza fuerte de los Maxwell fue construida a finales del siglo XII y destruida en varias ocasiones tras diversos asedios hasta que, en 1640, quedara definitivamente en ruinas. Un romántico testimonio escrito en piedra del apasionante pasado y la belleza arrebatadora que atesoran las tierras fronterizas del sur de Escocia.

LA INSPIRACIÓN

TERRITORIO DE LEYENDA QUE CAUTIVÓ EL CORAZÓN DE SIR WALTER SCOTT

Aunque nacido en Edimburgo, el escritor sir Walter Scott, el más famoso autor escocés gracias a sus poemas y novelas como Ivanhoe o La dama del lago, encontró en los Borders su verdadera patria chica. Y es que fue en las tierras fronterizas con Inglaterra donde, además de vivir y ejercer durante tres décadas el cargo de secretario y sheriff del pueblo de Selkirk, encontró la inspiración para forjar la imagen mítica de Escocia que ha llegado hasta nuestros días a través de sus obras.

Por supuesto, si hay que buscar en este escenario natural de belleza serena una coordenada capital en la vida y obra de Scott esa es, sin duda, su casa, Abbotsford (www.scottsabbotsford.co.uk). Engastada al oeste de Melrose, entre bosques y a un paso del curso sinuoso del río Tweed, Scott invirtió todo el dinero que le reportaron sus éxitos editoriales en diseñar y acondicionar esta antigua granja a su antojo, convirtiéndola en una proyección de sí mismo.

Fue tal su pasión por ella que, tras su descalabro como editor en 1826, acosado por las deudas, Scott escribió hasta la extenuación para pagar a sus acreedores y no tener que vender Abbotsford. Extenuado, un 21 de septiembre de 1832, el gran novelista escocés murió en el comedor de la casa ante el gran ventanal desde el que se contempla el curso del río Tweed. Recorrer las estancias de Abbotsford supone descubrir auténticas maravillas como su biblioteca –en la que descansan más de 9.000 volúmenes– y la contigua sala repleta de armas antiguas en la que aguarda un regalo para los fetichistas y apasionados por una de sus obras cumbre, Rob Roy: la colección atesora la espada, pistola y cuchillo del mítico forajido escocés.

Tiempos de sheriff. Dejando atrás Abbotsford, una buena forma de acercarse un poco más a la geografía sentimental de los Borders que cautivó a Scott es acercarse hasta el cercano pueblo de Selkirk. Ahí, en la antigua sala del tribunal, puede visitarse de forma gratuita la exposición dedicada a la función de sheriff que desempeñó el novelista durante más de tres décadas. En su interior aguardan curiosos objetos personales del novelista, escritos de su puño y letra y una llamativa representación de un juicio con figuras de cera, con Scott ejerciendo de juez en el estrado.

Aunque para entender porqué los Borders conquistaron el alma del llamado en su tiempo El genio del norte, solamente hay que dirigirse hasta el Scott’s View. A apenas 3 kilómetros de Dryburgh, en cuya abadía está enterrado Walter Scott, se encuentra este mirador cuyo nombre lo dice todo: efectivamente, era la vista favorita del novelista, una evocadora panorámica sobre los meandros del río Tweed y de las Eildon Hills, las sinuosas colinas ante las que dejó vagar durante horas su mirada, quizás buscando la inspiración para su siguiente obra. No es extraño que, como bien cuenta la tradición, junto el mirador donde actualmente un banco de madera invita al visitante a contemplar cómo muta el paisaje de los Borders, los caballos del escritor que portaban su féretro desde Abbotsford hasta la abadía de Dryburgh se pararan aquí como tributo a su amo. Una muestra más del magnetismo que ejercen los territorios del sur de Escocia.