Puerto Varas alberga un acervo de antiguas construcciones, entre ellas diez monumentos nacionales, que engalanan la ciudad y le confirieron el estatus de zona típica en una parte de su trazado. Afincada en la ribera suroeste del lago Llanquihue, el tercero de Sudamérica, Puerto Varas presume de cobijar en un mismo paisaje costa, montaña y volcán, que sumados a su riqueza patrimonial y cultural, la posicionan como el polo turístico más importante del sur del país.

Sus señas de identidad delatan su doble ciudadanía. Fundada por colonos alemanes en 1854, la ciudad de las rosas exhibe con orgullo su legado teutón en convivencia con la matriz indígena de la antigua población autóctona. Ambas comunidades compartieron un paisaje natural tan privilegiado que algunos lo atribuían a la bendición de los dioses, otros al tintineo milenario de sus placas tectónicas. Lagos, cascadas, playas, volcanes, centros termales y parques nacionales se suman a una oferta que también incluye senderismo, montañismo, esquí, pesca…

A 45 kilómetros al este de la ciudad se ubica la entrada al Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, el más antiguo de Chile. Allí se puede transitar a través de bosques de arrayanes, coihues, canelos y avistar entre los senderos las aguas esmeraldas del lago Todos los Santos, preludio de su huésped principal: los Saltos de Petrohué. Quienes lo fisgonean quedan hechizados por su cascada, que apura su curso a través de un cañón de roca excavado por la lava y el tiempo.

Silueta fotogénica. De todas maneras, ninguna atracción natural le hace sombra al volcán Osorio, que domina el Llanquihue y es el centro de gravedad de todo el paraje, ya que se puede admirar desde todos los lugares que orbitan a su alrededor, como Puerto Octay, Puerto Varas, Osorno, Frutillar. Incluso es visible desde Chiloé. Su silueta fotogénica, gracias a los 40 cráteres que se agrupan alrededor de la base y que han hecho erupción 11 veces entre el siglo XVIII y el XIX, aún hoy impresiona a los viajeros, como ya lo hizo con los grandes expedicionarios. En lengua mapuche, se lo conoce como Hueñauca, que significa peligro en las alturas. La playas de arena negra de Frutillar asoman también desde la ribera del lago Llanquihue, frente a las cumbres del Osorio, el Puntiagudo y Tronador.

Su agua cristalina, sus calles rodeadas de jardines y sus antiguas construcciones de madera ornamentan la postal costera. Durante el verano se celebran las Semanas Musicales, dedicadas al clásico y al jazz, festival que en el 2013 conmemorará su 45ª edición.

Puerto Octay, en tanto, adopta la forma de una anomalía temporal. Asentada en la ribera del lago, sus casas alemanas, reconvertidas algunas en hospedajes, dan cuenta del paso de la inmigración alemana de mediados del siglo XIX. La leyenda local atribuye el nombre de la localidad a las virtudes del colmado local de Cristino Ochs, aún hoy abierto al público. En 1859, el nombre original mutó de Puerto Muñoz Gamero a Puerto Octay. Uno de sus atractivos turísticos es el Museo del Colono, que recuerda el legado de aquellos expatriados pioneros.

Chiloé viene a ser la joya de la corona del sur del país. Por lo pronto, asume su condición de isla más grande de Chile, un rectángulo de 250 kilómetros de longitud por 50 de ancho, en medio de un archipiélago que bordea el Pacífico. La niebla enmascara sus costas irregulares, en un fresco difuminado en el que brillan sus casas coloridas y el perfume del mar. En el centro, la ciudad de Castro se perfila como favorita de mochileros, cautivados por las montañas que la rodean.

Si uno busca la postal tradicional de Chiloé, en Castro se va a topar inexorablemente con los palafitos, las casas elevadas sobre pilotes de madera y asentadas en el agua que se instituyeron como refugio para los pescadores. Los palafitos son materia de estudio para los arquitectos locales. De origen humilde y marginal, la mayoría resiste las inclemencias del tiempo gracias a la nobleza de las tejuelas de alerce y coihue.

Naturaleza salvaje. Apenas se sortea el entorno portuario, reaparece la naturaleza salvaje en toda su dimensión. El Parque Nacional Chiloé, en la parte occidental, y el Parque Tantauco hacia el sur emergen con una red de senderos circundados por bosques de arrayanes, cipreses, alerces y una vasta fauna avícola.

Al norte de la isla Grande se yergue la ciudad de Ancud –asolada por un terremoto en 1960– donde luce el fuerte San Antonio, el mirador cerro Huaihuín y un catálogo de monumentos históricos nacionales. Su historia está jalonada por avatares recogidos por la mitología local.

Otra visita que merece la pena es el poblado de Dalcahue, cuyo anzuelo principal es la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. Se trata del legado patrimonial de la evangelización llevada a cabo por los jesuitas a las tribus autóctonas hacia 1600. En la clásica postal chilota, los palafitos comparten cartel con estos emblemáticos templos de madera, 16 de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Son testigos silenciosos de una historia narrada en continuo, desde ayer y para siempre.

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Texto Aníbal Mendoza Texto Óscar Elías