EL TÍBET ES LA PRUEBA fehaciente de que la fuerza bruta difícilmente puede acabar con el espíritu humano, con lo más elemental de lo que cada uno es. Si durante muchos años los monjes fueron los abanderados de la resistencia, para muchos, las mujeres del Tíbet son ahora las que han tomado el relevo. Más ligadas a la tradición que los hombres por la posición que ocupan en el seno familiar, las jóvenes tibetanas se consideran responsables de la preservación de su propia cultura. Representan el alma del Tíbet y aquello que se niega a desaparecer al otro lado del Himalaya. Tíbet siempre había sido una presa demasiado apetitosa desde el punto de vista estratégico. Pero la gran amenaza llegó con la invasión china, en 1949. Desde entonces, una quinta parte de la población ha muerto de inanición o a causa de malos tratos, miles de monasterios han sido arrasados y más de la mitad de su patrimonio literario ha acabado en la hoguera. Una civilización de más de 2000 años se tambalea bajo la sombra de un objetivo militar, que busca convertirla en un bastión militar de dominio sobre Asia central. Pero, para los tibetanos, el problema de la independencia ahora es sólo secundario. La prioridad, hoy por hoy, es la mera supervivencia física. En una región autónoma en la que los chinos les superan numéricamente a raíz de la invasión demográfica, los esquemas culturales de un pueblo se ven empujados al precipicio, desconociendo a qué distancia se encuentra el fondo.

AIRES DE CAPITAL
Lhasa entreteje modernidad y tradición, vida seglar y fe religiosa. Situada en la ribera norte del curso medio del río homónimo y a 3.657 metros sobre el nivel del mar, la capital es la congregación humana más grande del Tíbet, centro político, económico, cultural y de transporte. Su población supera los 400.000 habitantes, pertenecientes a más de 30 grupos étnicos, incluyendo al tibetano, el han (la etnia mayoritaria del país) y el hui (musulmán). Por sus calles caminan despacio sombras trajeadas a la tibetana, girando unos cilindros en cuyo interior se encuentra un papel con millares de preces. Creen que, de esa forma, las plegarias se esparcen por el mundo. Lhasa es centro religioso y primera ciudad de la región autónoma. Con una existencia de trece siglos, su nombre significa lugar sagrado en tibetano. Anteriormente era donde estaba la oficina principal del Dalai-lama, líder del budismo tibetano. Lhasa posee un rico patrimonio cultural y enclaves de elevado valor histórico. Entre ellos destacan los monasterios Jokhang, Drepung y Sera, el Parque Norbu Linka y el Palacio Potala. Cada mañana, a través de las ventanas más altas de éste, se pueden ver pasar unas pequeñas lenguas de luz. Son las lamparillas y los quinqués que tanto lamas como monjes o novicios portan para alumbrarse por el laberinto de pasillos, capillas y habitaciones que encierra este gran Vaticano oriental.

‘ENTIERRO EN EL CIELO’
La mayor parte de la plataforma geológica sobre la que se encuentra el Tíbet es un gran territorio duro y árido, un suelo pétreo que hace muy costoso que en su seno se practiquen los enterramientos de difuntos. Además, la penuria de agua que padecen los páramos tibetanos hace ecológica y sanitariamente inconveniente arrojar a los ríos los cadáveres. La escasez de arbolado que sufre no facilita la cremación, por lo que la incineración de cadáveres se reserva como privilegio de algunos lamas fallecidos. Ante estas circunstancias, sólo queda como recurso final el llamado entierro en el cielo, es decir, los buitres. Pero para los tibetanos, budistas antes que nada, la ofrenda no es ningún juego macabro. Más bien todo lo contrario. Se trata de desprenderse de un envoltorio hacia el que no sienten demasiado apego, puesto que es sólo el soporte del alma. El cuerpo: un molesto estuche, causa de infelicidad. ¿Y qué le ocurre al alma? El fiel de a pie cree que, al morir, su espíritu inicia un camino de transmigración que debe llevarle a reencarnarse en alguna de las especies de seres que contempla el budismo tibetano: divinidades, súperpersonas, personas, genios, espíritus, duendes, hadas, animales o los llamados yidags, seres permanentemente torturados por el hambre y la sed, que se mueven en algún tipo de infierno o purgatorio, donde deben encarar tremendos sufrimientos. Pero a todas estas criaturas les llega de nuevo el momento de la muerte. Y otra vez a recomenzar. Así hasta alcanzar una depuración extrema y el definitivo abandono de esa repetitiva rueda de reencarnaciones.