EL INVIERNO puede ser un buen momento para visitar zonas impracticables en verano debido a las elevadas temperaturas. Pasearse por Egipto en agosto, por ejemplo, puede convertirse en una tortura. También es muy buena época para enfrentarse a un reto titánico: el desierto del Sáhara. En el sur de Túnez, el último oasis antes de adentrarse en el inmenso mar de arena es la ciudad de Douz, punto de partida de los beduinos nómadas. Una puerta blanca simboliza el inicio de la travesía, a la vez que recibe a los viajeros tras su largo recorrido entre dunas.

Además, a principios de diciembre se celebra el Festival del Sáhara. Participar en él significa asistir a bailes tradicionales, luchas y maratones sobre camellos, bodas tradicionales con trajes bereberes y carreras entre soldados de origen beduino, así como a un concurso anual de poesía del desierto. Un impacto tras otro que puede tener un punto culminante: una noche entera bajo un firmamento con más estrellas de las que nadie sea jamás capaz de contar.