Recife y la costa de Pernambuco seducen por sus playas donde los aficionados al buceo pueden explorar hasta 30 navíos antiguos hundidos frente a la ciudad.

Recife muestra distintas facetas. De hecho, la capital del estado de Pernambuco (situado en el extremo noreste de Brasil) también es conocida como la Venecia brasileña, por los múltiples puentes que cruzan sobre los tres ríos que bañan la ciudad. Al mismo tiempo cuenta con un rico patrimonio histórico y arquitectónico, compuesto por construcciones de los siglos XVII y XVIII, legadas por los colonizadores portugueses y holandeses. Sin olvidar sus costumbres y tradiciones populares, que esperan en cada esquina y que estallan al llegar el Carnaval, uno de los más destacados y divertidos de todo el país. No obstante, si algo seduce al viajero es la esencia de una ciudad abierta al mar, con enormes playas que invitan a zambullirse, practicar buceo o cualquier otro deporte acuático, siempre y cuando uno no se encuentre jugando a voley playa, futvoley o cualquier otra modalidad con clara denominación de origen brasileira.

Las playas de Recife están urbanizadas y, a lo largo de la avenida que contornea la costa, se levantan innumerables bares, restaurantes y hoteles. Boa Viagem, la más popular, tiene tranquilas piscinas naturales de agua azul, formadas en el área ubicada entre la arena y los arrecifes. El agua, tibia durante todas las estaciones del año, permite bañarse incluso en invierno. O también practicar submarinismo, una actividad atractiva no solo por la variedad de corales, vegetación y fauna marina que uno se puede encontrar durante su travesía, sino también por un aliciente que dibuja un paisaje extraño, sobrecogedor e incluso algo surrealista. Y es que a lo largo de toda la costa pernambucana se encuentran hundidos hasta más de 30 navíos de diversas épocas.

Ubicadas a una profundidad que varía de los 9 a los 58 metros, las viejas embarcaciones sumergidas todavía conservan algunas reliquias históricas, además de albergar a peces, algas y corales que se han ido asentando a lo largo del tiempo. Para que el visitante explore todas estas maravillas submarinas, la ciudad ofrece una eficiente infraestructura de apoyo y cuenta con operadoras de buceo calificadas y experimentadas. Una buena forma de acercarse al Pirapama, un vapor de ruedas hundido en 1889; el Alfama de Lisboa, un galeón portugués que está totalmente destruido, si bien aún es posible encontrar piezas de porcelana incrustadas en los corales; un avión B-18 que cayó al mar después de un despegue fallido; o el vapor Florida, un remolcador inglés que naufragó en 1910 durante una tormenta.

Barrio revitalizado. Después de toda una jornada a pie de mar (o dentro de él), es una buena idea adentrarse en el casco viejo de la ciudad, el barrio de Recife, donde esperan diversas construcciones centenarias rehabilitadas actualmente como bares y restaurantes, museos, teatros, galerías de arte y centros de compras. Muy cerca de la ciudad se encuentra otra localidad de visita obligatoria: Olinda. Reconstruida en el año 1654 después de expulsar a los invasores holandeses, conserva mucho de aquel tiempo, como parte del trazado urbano original de la villa, antiguas iglesias barrocas y el caserío, lo que constituye un importante conjunto arquitectónico. Por eso, ha sido declarado como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

El broche final lo pone una visita a Porto de Galinhas (foto), situada a 60 kilómetros de Recife. Una antigua villa de pescadores que se ha revitalizado gracias al descubrimiento por parte de los turistas de su playa de 18 kilómetros de largo, arena blanca y aguas turquesas. Toda una arma de seducción.