NO PIERDAN EL NORTE. Cojan una brújula y sigan la flecha. A sólo 900 kilómetros del Polo Norte está Noruega. Una vez allí, dejen la brújula a un lado. Volverán a perder el norte. Noruega rompe todos los esquemas. De noche brilla el sol y el cielo amanece estrellado. En verano se luce silueta, en bañador o bikini, sobre glaciares helados. Hay estaciones de esquí de mayo a octubre. Hay sol de medianoche. Y días con Luna. Es la tierra de los vikingos. La frontera del Círculo Polar, donde viven los últimos indígenas de Europa -los samis o lapones-, y donde los cielos esconden más auroras boreales. “Apresúrate despacio”, decían los romanos. Es un dicho que en Noruega hay que tomarse al pie de la letra. Súbanse a un barco y apresúrense despacio hacia el litoral noruego. Hurtigruten recorre diariamente la costa, desde Bergen, capital de los fiordos, hasta Kirkenes, más allá del Círculo Polar. 35 escalas en 11 días a través del “viaje por mar -han bautizado los expertos- más hermoso del mundo”. Antes de subirse al barco, tómense su tiempo en Bergen, capital europea de la cultura del 2000. Acto seguido, pongan rumbo al norte. Crucen el fiordo de Geiranger, pasen ante los Alpes Romsdal, traspasen la barrera del Círculo Polar, allá en la tierra del sol de medianoche, atravesando 6.000 islas, y visiten el segundo glaciar más grande de Noruega, en Svartisen. Navegarán a través de imponentes chimeneas rocosas de camino a Tromso, el París del Norte y capital indiscutible de las auroras boreales. Miren al cielo mientras escuchan el concierto del sol de medianoche, en la Catedral del Ártico. En Kirkenes, empápense de la cultura sami. Deslícense en trineo y pisen la frontera con Rusia antes de volver a tomar rumbo al sur. Rumbo a Bergen. Aún les queda por ver el templo medieval más septentrional del mundo, la cadena montañosa de las Siete Hermanas y la Catedral de Nidaros. Y pierdan el norte. No se preocupen. Están en Noruega.