El sol se despide poco a poco, siguiendo el rumbo hacia el oeste, mientras tiñe el azul del cielo de tonos anaranjados. En poco tiempo, la gran bola de fuego que antes reinaba en lo alto desaparece, engullida por el horizonte. El protagonista repite siempre el mismo papel, sin cambios en el guión, pero el espectáculo continúa congregando a centenares de personas. Eso sí, el éxito depende en buena medida del escenario donde se desarrolle la escena. Aunque se trata de una cuestión subjetiva, sí que existe ciento consenso sobre algunos de los mejores lugares donde observar la puesta de sol. Uno de ellos es el pueblo de Oia, en la isla griega de Santorini, con el Egeo al frente y las casas de paredes blancas y porticotes azules, a la espalda. También cualquiera de las miles de playas de las islas Maldivas o la mítica Ipanema. Más cerca, la rocosa Punta Nati, en el noroeste de Menorca, ofrece un puesto de privilegio para quien se quiera acercar a ver en pantalla grande como el astro rey se esconde sin hacer ruido tras el mar. En estos casos, la voz cantante siempre la lleva el sol. En otros lugares, no obstante, se deja acompañar por secundarios de lujo, como el Taj Mahal en la India, las pirámides en Egipto o el Gran Cañón del Colorado en Estados Unidos. Y todo esto, aunque parezca mentira por los tiempos que corren, gratis. Solamente se requiere una cosa: puntualidad.