El tiempo no ha podido destruir las señas de identidad de la parte antigua de la ciudad marroquí, como el esplendor de los edificios religiosos o el saber hacer de los artesanos.

Conocer Fez requiere un trabajo metódico digno del mejor arqueólogo, cuya misión consiste en diseccionar un terreno que aparentemente responde a unas mismas características pero que, capa a capa, esconde diversas fases de su historia, algunas de ellas totalmente diferenciadas a nivel cronológico y cultural. En este sentido, la considerada como capital cultural de Marruecos es, en realidad, la suma de tres ciudades distintas. En un primer nivel se encuentra la Ciudad Nueva, construida durante el protectorado francés en base a los racionales criterios europeos del siglo XX. Luego aparece Fezel Jadida, que se podría considerar como la parte semiantigua, construida en el siglo XIII. Y, finalmente, Fez-el-Bali, la medina, donde se han conservado el legado cultural y artístico cosechado desde su fundación en el siglo VIII.

Por este motivo, la búsqueda del alma de Fez debe comenzar inevitablemente dentro de las murallas que enmarcan una de las medinas más antiguas y mejor conservadas de todo el país, así como una de las más bonitas. Nada más entrar en Fez-el-Bali, el tiempo parece dar un salto hacia atrás, como si el paso de los años no hubiera sido capaz de destruir aquello que mejor define a la ciudad imperial: su tradición. Algo que flota en el ambiente desde el mismo momento en que se cruza alguna de las 14 puertas de acceso a la medina, conocidas como babs, entre ellas, Bab Boujloud, la puerta azul.

Circuitos marcados. Ya dentro de las murallas, se abre un laberinto de calles serpenteantes, pasajes oscuros, patios y escaleras. Una de las mejores formas de sacar el máximo provecho a la visita pasa por contratar un guía oficial (también los hay no oficiales, aunque el resultado es tan incierto como jugar a la lotería) o bien seguir alguno de los seis circuitos turísticos marcados por el ayuntamiento, que permiten reseguir las murallas y fortificaciones, conocer los palacios y jardines del barrio andaluz, conocer los monumentos más destacados o adentrarse en los zocos y tiendas de artesanos.

Por supuesto, todo ello vale la pena, así que mejor tomárselo con calma. El recorrido base es el que conecta en suave descenso Bab Boujloud con la plaza Nejjarine a través de las arterias Talâa Kbira, llena de carnicerías y puestos de artesanía, y Talâa Sghira, más estrecha y turística. A partir de aquí, aparecen puntos de obligada visita como la mezquita Qaraouyine, con el minarete más antiguo del mundo musulmán, fuentes rodeadas de mosaicos y recuerdos a la Alhambra de Granada. Eso sí, los no musulmanes tendrán que conformarse con mirar por las ventanas, ya que el acceso está reservado a los fieles. Sí se puede entrar a la madraza Bou-Inania, cuyo interior está labrado en madera de cedro y estuco.

Fez es una ciudad de alto contenido espiritual, pero que también sabe trabajar muy bien con las manos. De hecho, la artesanía es uno de sus puntos fuertes, algo que se puede comprobar fácilmente en los diferentes zocos o en museos como el de Dar-Batha, dedicado al arte popular, o el Museo Najjarine de las Artes y Oficios de la Madera, alrededor del cual se sitúan, obviamente, los artesanos que trabajan con todo tipo de maderas. Agrupados por gremios, vale la pena visitar a los curtidores de Chouara, los fabricantes de babuchas de cuero de Aïn Allou y a orfebres de la calle Merinides, así como otros zocos capaces de despertar los sentidos de una sola sacudida. Por ejemplo, el de El Attarine, donde todo tipo de especias conforman un mosaico de colores y olores, o el de Ech Chabine, perfumado por todo tipo de plantas medicinales.

Para culminar el viaje de sensaciones, nada mejor que probar una de las especialidades gastronómicas de Fez, una masa de hojaldre rellena de carne picada con almendras y azúcar, en una mezcla que es, al mismo tiempo, una invitación a romper con las ideas preconcebidas.

Texto Eduard Palomares