DOMINGO POR LA TARDE. Desde la terraza del restaurante Sultan, en Sultanahmed, el espectáculo es embriagador. Con el telón de fondo de la Mezquita Azul y de Santa Sofía, junto a los jardines que acogen el antiguo Hipódromo, muy cerca de la entrada a la Gran Cisterna, los paseantes conforman una multitud heterogénea, colorista y variopinta en la que conviven los hombres con ropas occidentales que montan guardia frente a su comercio, taza de té en ristre, con los velos negros o de mil colores que cubren a algunas mujeres y con los breves atuendos de los turistas llegados de medio mundo. En el aire, de pronto, resuena el canto del muecín llamando a la oración, un canto que llega desde lo alto y al que, de inmediato, se unen, como en un coro mal sincronizado, otros muchos procedentes de los alminares que señorean el lugar. Esto es Estambul, una ciudad cosmopolita, rebosante de vida, llena de contrastes, fruto de innumerables civilizaciones, punto de encuentro de oriente y occidente, del cristianismo y del islamismo, de una larga tradición religiosa y de una actualidad laicista. Estambul, la antigua Constantinopla, capital del Imperio Bizantino, la sede elegida por los sultanes que rigieron los destinos del Imperio Otomano es una ciudad digna de ser conocida a fondo, de ser vivida. Allí están no solo los recuerdos de un pasado glorioso sino también los signos de un modo de vida que tiene en el comercio una de sus señas de identidad. Allí están, también, los resultados de la modernización, como los barrios y las avenidas más occidentalizadas. ESPECTÁCULO ÚNICO Y, dando color a todo el conjunto, el mar que contornea y divide a la ciudad, que separa –o, tal vez, une– a Europa y Asia. El puerto, la costa, los puentes que unen ambas orillas, el Bósforo y las embarcaciones de todo tipo que lo surcan constituyen un panorama, un espectáculo, único e inolvidable. Mención aparte merece el Cuerno de Oro, el lugar donde los antiguos navegantes, al zarpar, lanzaban monedas de oro en ofrenda para un viaje propicio, monedas que tapizaban el fondo y cuyos reflejos le dieron nombre. Sea cual sea el punto de vista desde el que se contempla Estambul, esta se presenta como lo que es: una urbe rica en lugares dignos de ser visitados. Con todo, y para fortuna del turista, los cinco lugares más conocidos y más concurridos se hallan agrupados en un mismo entorno: la Mezquita Azul, la antigua iglesia de Santa Sofía –desde hace siglos transformada para adaptarla a los ritos musulmanes–, el Palacio Topkapi, la Cisterna de la Basílica y el Museo Arqueológico. Y junto a todos ellos el Hipódromo, con el obelisco egipcio, y las columnas Serpentina y de Constantino Porfirogenético.