FERNANDO DE NORONHA es uno de esos lugares que devuelven la esperanza al viajero. Resulta sobrecogedor comprobar como uno de los primeros lugares del nuevo mundo en ser descubiertos por navegantes europeos en el hemisferio sur preserva tan intacta su belleza natural. De ahí que se la conozca como la esmeralda del Atlántico. La única isla habitada de las 21 que forman este archipiélago volcánico, conocida como Noronha, es hoy un ejemplo de preservación ambiental en convivencia con la limitada actividad turística, la reducida infraestructura existente y, sobre todo, las restricciones que el Gobierno de Pernambuco impone sobre la entrada de visitantes. Solamente 420 afortunados por día pueden disfrutar de este paraíso terrenal. La tasa de preservación ambiental aumenta a medida que se extiende su estadía, ejerciendo así de control. Situada a 300 kilómetros del continente, se puede llegar en avión desde Recife o Natal, o bien a través de uno de los cruceros de lujo que surcan las aguas del espectacular litoral brasileño. Declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco, el archipiélago recibe el título de Parque Nacional Marino en 1988, con lo que se prohíbe la pesca submarina y limita la construcción de equipamientos turísticos no sostenibles con el entorno, convirtiéndolo en un oasis para el turismo ecológico. Recorriendo sus playas desiertas de arena blanca y aguas cristalinas, regadas por una abundante vegetación tropical, es fácil entender por qué Tomás Moro quedó prendado de la isla y se inspiró en ella para acuñar el término utopía, el título de su obra más célebre, en la que describe un lugar bello, nuevo y puro donde existiría una sociedad perfecta y socialista. Increíble paradoja: en 1938 fue declarada prisión estatal, consideración que duró pocos años, hasta el inicio de la segunda guerra mundial. Cuatro de las diez mejores playas de Brasil se encuentran aquí, en Noronha. La playa de Atalaya se puede visitar exclusivamente en las horas de marea baja, cuando sus orillas se convierten en un verdadero acuario natural formado por rasas piscinas de 80 centímetros de profundidad, con una variedad de fauna marina deslumbrante.

CETÁCEOS A LA VISTA
Otras playas destacadas son la fascinante playa de Leão, elegida por las tortugas verdes para reproducirse; las espectaculares aguas claras de la bahía de Sancho y la bahía de los Delfines. Esta última es uno de los mayores atractivos de la isla, el único lugar del mundo (junto a la bahía Kealakekuka en Hawai, aunque no pueden verse allí tan a menudo) donde centenares de delfines rotadores, famosos por sus saltos y piruetas, se acercan a pocos metros de la costa. Encuentran allí aguas claras, tranquilas y profundas para descansar, reproducirse y protegerse del ataque de tiburones. Conscientes de que constituye uno de los principales atractivos de la isla, el Instituto Brasilero de Medioambiente y Recursos Naturales, junto con el Ministerio de Turismo, ha ideado un programa de protección y estudio de estos mamíferos con el objetivo de concienciar a los isleños y visitantes sobre la fragilidad del medio subacuático y la necesidad de preservarlo para el futuro. Fernando de Noronha es un destino soñado por muchos brasileños y gran parte de los visitantes en temporada alta, de mediados de diciembre a finales de febrero, son parejas en luna de miel. Resulta difícil durante estos meses encontrar alojamiento en alguna de las 70 posadas de la isla, casi todas familiares y con equipamientos cómodos aunque básicos. Su clima tropical la hace un destino ideal durante todo el año. Con un encanto singular, destacan tres posadas que hacen de la estadía en la isla un recuerdo inolvidable: la posada Zé Maria (www.pousadazemaria.com.br), la posada Maravilla (www.pousadamaravilha. com.br) y, finalmente, la posada Tejú Açú (www.pousadateju-acu.com.br). También es más que recomendable pasar la noche del sábado en el restaurante Zé Maria, que ofrece un banquete (presentado por su propietario Zé Maria en persona y su equipo de cocina) donde se pueden degustar los principales platos de la tradición del noreste del Brasil. Aunque esté lejos de la utopía imaginada por Tomás Moro, Fernando de Noronha es sin duda un paraíso terrenal.