FORMENTERA CASTIGA al hombre de conciencia atormentada, le encarcela en su soledad y hostiga su pensamiento. Y al contrario: honra a la mente sana, premia al hombre honesto y serena su espíritu. Porque la isla, la más sureña de las Baleares, es silencio, es vacío, es un espacio árido de soledades. Inspiración del poeta, aspiración del asceta. El cronista griego Estrabón la citaba como Ophiusa –tierra de reptiles–, aludiendo quizás a sus inofensivas lagartijas, de coloración cambiante según la zona. Pero los instrumentos de bronce y los restos megalíticos descubiertos vienen a confirmar que Formentera ya estuvo habitada mucho antes, allá por el 2.000 a.C. Y pese a que le tocó vivir la revolución turística de finales de los cincuenta, su crecimiento nunca fue tan desmesurado como el que sufrieron algunas islas vecinas. Así que menos de 6.000 personas están empadronadas allí, una tercera parte de los que ocupan la isla en temporada estival. Por eso, el agosto es evitable. En cualquier caso, Eivissa es el peaje obligado para alcanzar Formentera. Desde allí parte el ferri que conduce hasta la pequeña isla, de tan solo 90 kilómetros cuadrados. La puerta de entrada es el pequeño puerto de La Savina, aunque cualquier formenterano que supere la treintena debe considerarlo enorme, en comparación con el que vieron sus ojos en su más tierna infancia: apenas unos amarres en un muelle de pescadores. A espaldas del puerto, los dos lienzos acuosos del Estany d’Es Peix y del Estany Pudent y el intermedio cristalizado de las Salines Ferrer, invitan a extasiarse ante los cambios que el desplazamiento del sol imprime en sus superficies. Un paseo hacia el centro de la isla –nunca viaje, que las distancias son de estar por casa–, se alcanza San Francisco Javier, un asentamiento de casas blancas orientadas hacia una construcción que tiene tanto de iglesia como de fortaleza. Y muy cerca de este municipio se encuentra San Fernando, un encantador bosque de pinos y coníferas que desembocan en la playa Es Pujols (al norte) y la de Mitjorn (al sur). Recorrer esta estrecha franja obliga a detenerse para explorar algunas pequeñas calas, como En Boster o Ca’n Xico Mateu. Un espacio donde el naturista se encuentra realizado y el pudoroso liberado. Porque lo natural parece sintonizar más con el desnudo que con la artificiosidad de la moda. Finalmente, la parte occidental de la isla es la más salvaje –quizás ahí radica su encanto–, abriéndose un valle en dirección a la playa Cala Saona, dominada por las montañas del cabo Punta Rosa. Y de hecho, no hay mucho más que ver. Si el objetivo no es playa, sol y descanso, se erró en el destino. Son estos los elementos que confieren a la isla esa atmósfera mágica, en la que la caricia mediterránea se funde con el recuerdo africano. De hecho, la distancia entre Formentera y Argelia es menor que la que la separa de Barcelona. Pero el horizonte es analfabeto y la vista panorámica desde cualquier peñasco no entiende de kilómetros. Por eso es siempre igual de exquisita. Uno de los más románticos, sin duda, es el lienzo infinito de un azul intenso que se extiende desde el faro de la Mola. Con un poco de atención, y resiguiendo el acantilado, es posible divisar allí abajo alguno de los antiguos embarcaderos de Formentera, hechos de madera. Muy cerca, descansa la pequeña iglesia del Pilar, santuario blanco de una simplicidad encantadora. Como casi todos los momentos especiales.