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Una escapada de fin de semana:

En el sur de Francia la ciudad de Montpellier, capital de la región de Languedoc-Rosellón, se presenta al viajero como destino ideal, en cualquier momento del año, por sus atractivos turísticos y culturales.

TEXTO: M.T. /DESTINOS

Montpellier ofrece al viajero un singular número de tesoros escondidos de incalculable valor y excelentemente bien conservados, para sorprender al visitante y dejarle en la memoria imágenes inolvidables.

Se trata de una ciudad de origen medieval que fue fundada en el siglo VIII, algo que el viajero notará en los rincones del recoleto casco antiguo, cuyo núcleo se articula en la plaza de la Comédie, la facultad de Medicina y la plaza Royale du Peyrou, escenarios que seducen al visitante en sí mismos pero también por el impresionante contraste con la ciudad moderna, abierta a la arquitectura, las ciencias, la cultura contemporánea y el ocio. Bien organizado, un fin de semana da para conocer todas estas maravillas, para ello la ruta recomendada es salir desde Barcelona Sants, en tren de alta velocidad, a las a las 9.25 horas, lo que permite llegar a Montpellier a las 12.23 horas, y empezar a disfrutar de la ciudad.

Una buena idea es optar por los alojamientos del centro, donde la cuidada oferta incluye el Grand Hôtel du Midi, recientemente reformado, situado en la plaza de la Comédie, al lado de la Ópera, que será un deleite para los aficionados al art-déco. Otra opción es el Ibis Style Montpellier Centre Comédie, adecuado para familias, y con regalos especiales para los más pequeños.

PEATONAL. Tras acomodarse en el hotel es hora de tomar el pulso a la ciudad, desde la perspectiva de la terraza de un café, en la plaza de la Comédie, el corazón de la ciudad y el lugar ideal para descubrir lo que la hace especial: un amplio espacio peatonal para los paseos a pie o en bicicleta, el trasiego de los artistas callejeros o el ir y venir de los tranvías que recorren Montpellier.

Por la tarde, la mejor opción es poner rumbo al Écusson (centro histórico) con sus callejuelas medievales, la plaza de la Canourgue donde está la catedral de Saint-Pierre y su pórtico monumental, la calle Foch con una excelente perspectiva del Arco de Triunfo, la plaza Royale du Peyrou y el acueducto Saint-Clément. Un consejo: mirar a través de las puertas entreabiertas, para descubrir la magia de los patios de los palacetes, joyas de la arquitectura local.

A media tarde se puede subir altranvía (línea 1), rumbo al Montpellier contemporáneo y descubrir Antigone, el barrio neoclásico monumental, obra del arquitecto catalán Ricardo Bofill, el sector Richter a orillas del río Lez desde donde es posible admirar el edificio del ayuntamiento, firmado por Jean Nouvel y François Fontès, o también el instituto futurista Georges Frêche, imaginado por el arquitecto Massimiliano Fuksas.

Una recomendación es descargar la aplicación para móviles, gratuita, Montpellier Contemporain, disponible en el Appstore o Google Play, para descubrir todos los rincones de la urbe.

Cuando empieza a caer la noche, nada mejor que una visita a las bodegas del Trinque Fougasse, frente al lago Jacques Cœur, capaz de hacer vibrar el paladar con una cata de los mejores vinos locales (Côteaux du Languedoc), acompañados de un suculento plato de la mejor charcutería de la zona.

Y el sábado, de mañana, hay que poner rumbo al mercado de los Arceaux, situado bajo el acueducto del mismo nombre, lugar de encuentro de bohemios chic amantes de los productos de la tierra, que dan al Languedoc-Rosellón su identidad y sus buenos sabores: charcutería, frutas y verduras, quesos de cabra y de oveja, aceitunas y miel, entre otras delicias de la tierra. Al dejar este escenario se puede aprovechar para hacer una visita al Jardín de las Plantas, un oasis de paz.

Tras una tarde de descubrimientos, nada mejor que una cena en el Vieux Four o en La Diligence. Se trata de dos restaurantes del centro de la ciudad, caracterizados por un ambiente acogedor, al amparo de viejas piedras.

Las últimas horas del viaje, reservarlas para experimentar Los domingos del Peyrou, cita inexcusable para los aficionados a los mercadillos, en los que se puede encontrar objetos únicos usados y antigüedades. Es el momento de saborear el arte de vivir de la ciudad. De comer en un chiringuito.

Por último, el Museo Fabre de Montpellier Méditerranée Métropole alberga unas 800 obras, entre ellas de los grandes maestros flamencos y holandeses del siglo XVII, pintura europea (Allori, el Veronés, Ribera, Zampieri, Zurbarán, Poussin, Bourdon, Ranc, Coypel, Reynolds), las colecciones de Delacroix a Géricault pasando por el impresionista Courbet y las creaciones contemporá- neas de Soulages, entre otros.