A LOS PIES de un ayuntamiento que nació a caballo entre el gótico y el renacimiento, un Neptuno petrificado recuerda al transeúnte el indisoluble lazo de la ciudad con el mar. El golfo báltico junto al que se fundó Gdansk garantizó entre los siglos XV y XVII un comercio pujante en la zona, cuando por el río Vístula que desemboca cerca de la ciudad llegaban las barcazas que transportaban sal, madera y trigo, de camino a Europa occidental. Fiel testigo de esta actividad comercial es la antigua grúa medieval Zuraw, la más grande de Europa de esta época, cuyo interior se puede visitar y que puede ser un buen punto de partida para explorar el casco antiguo, caracterizado por las coloridas fachadas de las casas burguesas. Con tiempo, merece la pena programar una visita a la Corte de Artus, antaño sede de las hermandades mercantiles que se reunían, como los caballeros del rey Arturo, alrededor de una mesa redonda y, cómo no, a la basílica de Nuestra Señora, edificación que domina la ciudad desde el año 1502, cuando fue terminada, tras más de 150 años en construcción. Esta alberga el famoso reloj astronómico y posee una excelente acústica, que convoca a miles de personas bajo el sonido envolvente de su órgano barroco. Desde su torre, una vez superados los 400 peldaños que la separan del suelo, se divisa una panorámica inigualable. Es desde allí donde el visitante puede divisar dos gigantes huellas de la historia de la ciudad. Por un lado, un lejano montículo con una espada clavada en la tierra por el puño, en recuerdo del 1 de septiembre de 1939 cuando empezó, precisamente en Gdansk, la segunda guerra mundial. Por el otro, la silueta de los ya desaparecidos astilleros, cuna del movimiento social y del sindicato Solidarnosc, y donde se forjó el mundialmente conocido Premio Nobel de la Paz Lech Walesa. EL ORO DEL BÁLTICO Al abandonar la basílica, la mayor de Europa construida en ladrillo, el paseo continúa por callejuelas como la Mariacka, a su vez repletas de comercios exuberantes de ámbar, el oro del Báltico o las lágrimas de los pinos, como aseguraban las leyendas romanas. El ámbar de esta región es uno de los más apreciados del mundo, formado hace unos cincuenta millones de años gracias a la fosilización de la resina de bosques de coníferas. Hoy permite a los artesanos de la zona crear joyas deliciosas, mediante la cuidadosa combinación de este material con oro o plata u otros minerales de gran valor. Sorprende al llegar a primera línea de mar la ausencia de lujosos edificios o grandes hoteles con vistas al mar. En este sentido, Gdansk se diferencia de muchas de las grandes ciudades costeras europeas. Para dar una explicación hay que recurrir de nuevo a la historia: durante la era soviética el paseo marítimo se llenó de viviendas sociales que dieron lugar al nacimiento de barrios populares. Luego, los solares sin aprovechar que quedaron al pie de estos abigarrados bloques de hormigón se fueron llenando de huertos y árboles frutales. Hace unos años, la ciudad se reapropió de estos terrenos fértiles para crear un extenso parque al que bautizaron como Ronald Reagan. Este se ha convertido en un lugar tranquilo y natural aislado entre el mar y la ciudad. Un refugio que sorprende. El recorrido puede finalizar en el muelle de madera, el más largo de Polonia, con 515 metros, edificado en 1928 frente al Gran Hotel, en un conjunto arquitectónico que permite regresar al ambiente balneario de los años 20. Sentado en dicho muelle, con el cercano susurro de unas olas que mueren, el viajero entiende fácilmente por qué Napoleón Bonaparte llegó a considerar este estratégico lugar como “una llave maestra”.