ES CIERTO: Edimburgo, la capital esco- cesa, es más hermosa, destila esnobis- mo y una auténtica contención británica en las formas; sin embargo, Glasgow re- bosa vitalidad, un superávit de energía que sus habitantes –glaswegians, como les gusta llamarse– sintetizan en una frase que espetan con sorna a la cara de sus primos capitalinos: a su ciudad le sobra alma, una certeza que se palpa en sus ca- lles, sus pubs y su gente. Hace décadas que Glasgow es uno de los laboratorios de tendencias musicales más creativos del mundo, cuna de gru- pos decanos como Simple Minds o Texas y otros de más reciente abolengo como Belle and Sebastian, The Fratellis o Tee- nage Fanclub. Por eso a nadie extraña que Glasgow sea la sede, desde 1993, del Celtic Connections, del mayor festival de música folk del mundo, un aconteci- miento que del 16 de enero al 3 de febrero del 2008 celebra su 15º cumpleaños. Las cifras del festival son mareantes –300 con- ciertos en más de 14 escenarios–, lo que justifica la afluencia de miles de visitantes a la ciudad durante su celebración. Nor- mal. Qué mejor manera de recorrer la so- lemne George Square y admirar las City Chambers o de adentrarse en el bullicio- so barrio de Merchant City que con los acordes celtas –pero también de jazz, in- dies…– compone su banda sonora. POR AMOR AL ARTE Glasgow, que en su versión gaélica origi- nal, Glas-cu, significa querido lugar ver- de, es realmente, en términos culturales, un vergel. Para descubrirlo lo mejor es di- rigir los pasos a enclaves tan significati- vos como el Hunterian Art Gallery, la Ga- llery of Modern Art –una de las mayores galerías de arte contemporáneo de Gran Bretaña– y The Burrel Collection, en el Po- llock Park. En esta última coordenada, de- jar vagar la mirada entre las más de 9.000 piezas de arte que el multimillonario Wi- lliam Burell adquirió a lo largo de su vi- da supone una experiencia única. No es de extrañar que, en 1990, fue- ra elegida Capital Europea de la Cultu- ra, un verdadero espaldarazo en la re- conversión de la ciudad simbolizado por iconos como el Glasgow Science Centre, un impresionante complejo de titanio que junto al ultramoderno centro de conven- ciones –el popularmente conocido como armadillo– sintetizan el nuevo rostro de la urbe. Nuevos hitos de vanguardia para una ciudad en constante metamorfosis que, sin embargo, sigue enamorada de lo más vetusto de su fisonomía –con su ca- tedral a la cabeza– y el arte de su hijo pre- dilecto, Charles Rennie Mackintosh, cu- yos diseños abrieron un nuevo horizonte para las artes decorativas. Para no mar- charse de la ciudad sin quedar fascinado por la elegancia del estilo Mackintosh, na- da como visitar The Mackintosh House o recorrer sin prisas House for an Art Lover, un recorrido por el imaginario artístico del genial diseñador modernista. Pero no solo de monumentalidad arqui- tectónica y alta cultura vive Glasgow. Tam- bién la jarana noctámbula, siempre ade- rezada con música, es una de sus señas de identidad. Para comprobarlo solo hay que disfrutar de la elegancia eterna art- déco de Rogano (Exchange Place) o de St. Jude’s (Bath St.), donde cada noche se da cita la flor y nata de la ciudad. Aun- que para irse a dormir con el mejor soni- do de la ciudad, nada como disfrutar de las jam sessions de Ben Nevis, en Argy- le Street, del hervidero humano del Òran Mór, en Byres Road o el Star Folk Club (Andrews Square), la mejor sala acústica de Glasgow a gol- pe de folk y blues. Así es Glasgow, puro ritmo escocés.

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