GRANADA
ES un paseo por las an- gostas callejuelas del barrio árabe del Albaicín, los jardines del Generalife o la exquisita Alhambra. Pero es también una ciudad con carácter, de ancestro colonial y neoclásico. Y no incurrimos en ningún error. El lector ávido ya ha- brá entendido que no hay gazapo: dos Granadas –una la española, otra la ni- caragüense–, aunque con más de un rasgo en común. Por lo pronto, la coin- cidencia nominal no es casual. La que es considerada como una de las más bellas ciudades de América Central fue fundada el 8 de diciembre del 1524 y bautizada en honor a la ciudad anda- luza de donde provenía su fundador, Francisco Hernández de Córdoba. Se encuentra solo 40 kilómetros al sur de Managua, la capital, a 28 del ae- ropuerto internacional del país, a 90 de la frontera con Costa Rica y a 50 kiló- metros de algunas de las playas más bellas del Pacífico. En resumen, que tie- ne todos los puntos para convertirse en punto de partida idóneo desde donde visitar los principales destinos turísti- cos de Nicaragua.

A PIE POR SUS CALLES
Como sucede en otras muchas ciuda- des coloniales de América Latina, el centro de Granada está invadido por el parque central, alrededor del cual se distribuyen los edificios de mayor im- portancia de la ciudad. El parque es el punto de encuentro en el que se reúne el pueblo para –como ellos mismos di- cen– platicar y compartir vivencias. Allí se ejemplifica el arte y la artesanía lo- cal, mientras suena la música y se de- gusta un típico vigorón, plato elabora- do con yuca cocida, chicharrón y una ensalada de repollo y tomate, todo so- bre una hoja de plátano.

Junto al par- que, se elevan las imponentes colum- nas blancas de la catedral, la municipa- lidad (ayuntamiento) y algunas impor- tantes entidades bancarias. Los creyentes caminan del centro a alguna de las principales iglesias de Granada, muy cercanas, y al mercado municipal, donde todas las mañanas se comercializan frutas tropicales, verdu- ras frescas, carne, queso, huevos y pescados del lago Cocibolca a precios módicos. Un espectáculo de color. En el interior del edificio no hay lugar sufi- ciente para todas las tiendecitas que colman las calles colindantes. Y caminando –la mejor forma de co- nocer Granada– uno se sigue sorpren- diendo al girar cualquier esquina, cuan- do se topa con alguna peculiar avenida o esos típicos edificios coloniales, co- mo los de la calle de La Calzada, la ma- yoría recién remodelados.

Entrando por la puerta de las casonas se discurre hasta un refrescante patio de plantas tropicales y estancias con mecedoras. Son las mismas con las que cargan los granadinos cada noche hasta sus ca- lles. Allí comparten, a la fresca, mien- tras los niños corretean unos tras otros entre gritos y carcajadas.

TEXTOALBERTO GONZÁLEZ