ROZA LO DIVINO. Es un paraíso casi de otro mundo, superviviente del tiempo. Las islas Cícladas son hijas de la antigüedad y no solo constituyen un refugio de antiguas civilizaciones, leyendas clásicas y héroes helénicos, sino que ofrecen hoy uno de los paisajes más bellos del planeta. Este archipiélago, formado por 56 islas de diferentes dimensiones –dispersas en el mar Egeo–, produce un mágico hechizo que perdura eterno en la memoria de los viajeros que las descubren. ¿Será por la luz que las envuelve, el aire, la blancura de sus casas o el azul de sus balcones y cúpulas de las iglesias? ¿Tal vez será por el romanticismo que desprenden sus callejuelas –llenas de vida y de flores– o por la diversión que despierta su intensa vida nocturna? Sin duda, explorar las Cícladas es un viaje de ensueño de norte a sur. La sagrada isla de Delos es la constelación que ilumina el norte del archipiélago. Aquí, según la mitología, nació el dios de la luz, Apolo, y se convirtió en el centro político y religioso del Egeo. A su alrededor, brillan incansables otras islas como la blanca Mikonos, la más célebre entre los turistas de todo el mundo. Embrujan sus casas cúbicas –deslumbrantes al sol–, sus calles encaladas, sus encantadoras playas y su puerto, donde los viejos barcos de pescadores y los yates lujosos lindan en armonía. Es un paraíso estival de día y de noche que, además, tiene sabor a tradición. Parte de estas costumbres también se pueden degustar en Siros, una de las más pobladas y que data de la época de piedra; o en la montañosa Andros, repleta de olivos, naranjos y aguas medicinales; o en la isla de la virgen, Tinos, que se inunda de miles de peregrinos en agosto. Y en el corazón del Egeo, sigue anclada en el centro la isla de Paros, famosa por el mármol que adorna sus rincones. Habitada ya desde los tiempos arcaicos, es una zona donde sus gentes revolotean por sus ruinas bizantinas. Muy cerca, se halla la mayor y más fértil de las Cícladas: Naxos, una isla de playas de arena fina, rocas que se hunden repentinamente en el mar o montañas abruptas. En su circunferencia, navegan dispersas la bella Atíparos o la estéril Amorgós. En la zona oriental del archipiélago sobreviven en las aguas islas pequeñas y hermosísimas como Iraklia, Shinoussa o Koufonissia. Hacia Occidente, el viajero puede encontrar también un paisaje idílico en islas como Kea, Kiznos, Kímolos, Serifos, Sifnos o la volcánica Milos. Los fuertes vientos marinos ayudan a alcanzar las costas de Santorini, una de las más famosas del sur del Egeo. Brilla con luz propia, a pesar de ser más oscura que las demás constelaciones por su legado de lava y fuego. La ciudad resulta pintoresca con sus laberínticas calles y, además de su atractivo natural y popular, destaca por ser uno de los lugares con una gran riqueza histórica y arqueológica. Recorrer las islas Cícladas es surcar pedazos de tierra sin ruta lógica alguna. Y mientras los barcos avanzan por el tiempo, el viajero puede descubrir un entorno que el hombre lleva contemplando desde hace siglos, un rincón divino donde la luz del Egeo lo envuelve todo.