El castillo de Herrenchiemsee, de estilo francés, fue edificado en una de las tres islas que emergen en el centro del idílico lago Chiemsee. Probablemente no sea tan conocido como los otros castillos de Ludwig pero es, sin duda, su obra más espectacular. “Este Wittelsbach me atrae por la inmensidad de su orgullo y su tristeza… Luis de Baviera es verdaderamente un rey, pero un rey de sí mismo y de su sueño”. Así definía el escritor italiano Gabrielle d’Annunzio al último rey de la Baviera independiente, a esa figura extraordinaria que fue Ludwig II de Wittelsbach (1845-1886), uno de los monarcas más excéntricos que existieron. Excéntrico, Ludwig II lo fue en grado sumo. Excéntrica fue su infancia transcurrida entre los muros del Nymphenboug de Múnich y del Hohenschwangau vecino a Füssen, con profesores de francés que le enseñaban a hablar como el rey Sol y que declaraban su deseo de que el príncipe real los hiciera rodar como un tonel. Excéntricos eran estos castillos donde el escaso mobiliario hacía resaltar todavía más sus profusas pinturas murales que, con un romanticismo exacerbado, relataban las escenas de los nibelungos y de otras antiguas leyendas alemanas. Excéntrica fue también la adolescencia de Ludwig cuando, tras asistir a la representación del Lohengrin de Wagner en la Ópera de Múnich, se convirtió en el admirador más febril e incondicional del músico. Excéntrico, en fin, fue el gobierno de este rey que, poco después de ascender al trono, a mediados del siglo XIX, decidió que los deberes reales eran frustrantes y aburridos y prefirió retirarse a la soledad de sus castillos. A Ludwig II le hubiera gustado ser un monarca absoluto, a imagen y semejanza de Luis XIV, el rey Sol, a quien le obligaron a emular sus profesores de francés. Pero, aún siendo heredero de los Wittelsbach –una de las familias más antiguas de Europa– había de conformarse con reinar en un pequeño país del sur de Alemania.

INCREÍBLES PAISAJES

A pesar de sus excentricidades, el rey loco no lo estaba por completo y, según parece, nunca perdió su lucidez política. A decir verdad, Ludwig no fue mucho más excéntrico que estos grandes señores ingleses de principios de siglo que, extraordinariamente caprichosos y dotados de una fabulosa capacidad para el derroche, quemaban su fortuna por todos los grandes hoteles de Europa. En todo caso, es innegable que el rey bávaro fue muy lúcido en lo que respecta a los lugares de elección de sus fantásticos castillos, que se encuentran entre los más espectaculares de todo el estado de Baviera. Baviera sorprende por sus increíbles paisajes alpinos al tiempo que es una fuente inagotable de disfrute artístico. Fue precisamente aquí donde Luis II hizo realidad sus fantasías artísticas al inspirar la construcción de unos fantásticos castillos: Neuschwanstein, Hoenschwangau, Linderhof reciben cada año la visita de cientos de miles de turistas y configuran una de las rutas más atractivas que pueden seguirse por Centroeuropa. Sin embargo, lejos de estos tres colosos, en el este de la región, destaca el castillo de Herrenchiemsee. Construido sobre un islote del lago Chiemsee –el más largo de Baviera–, se llega a este soberbio castillo a través de un agradable paseo en barco desde la tranquila población de Prien. Luis II construyó aquí su último palacio, y también el más caro. Posiblemente nos encontremos ante la obra más espectacular de Luis II. El castillo de Herrenchiemsee (1878-1886), era donde el rey solía celebrar su cumpleaños cada 25 de agosto. Pero no, no se trataba de una gran fiesta a la que acudían cientos de invitados… De hecho, Ludwig asistía con la única compañía de sus sirvientes a los que hacía vestirse de gala. Herrenchiemsee es una réplica exacta del palacio de Versalles. La fachada principal también mira a un espléndido jardín, con sus fuentes y esculturas. El interior del castillo tampoco tiene desperdicio: sorprendente es, por ejemplo, la Escalera de Embajadores, copia exacta de la escalinata principal del palacio francés. Aunque esta ya no existe en Versalles, sigue en pie en Herrenchiemsee, donde también se imitó a la famosa Galería de los Espejos, un bellísimo corredor de casi 100 metros de longitud. Luis II trasladó a Baviera hasta el mobiliario, pues ordenó una copia exacta del escritorio de Luis XIX para su gabinete de trabajo. No cabe duda de que Luis II había concebido el palacio para que fuera la mayor expresión del esplendor principesco y el poder real del trono bávaro.