UBICADO A CABALLO entre el centro de Santander y las playas de El Sardinero, se eleva el magnífico complejo que forma el Hotel Real, soberbio y majestuoso. Su blanquecina faz no esconde las irregularidades simétricas de la arquitectura de inicios del siglo XX. Su construcción fue bien vista y alentada por la propia monarquía española, de la mano de Alfonso XIII, quien pasaba sus estíos en la ciudad cántabra. Inaugurado el 12 de julio de 1917, sirvió de cuartel y hospital durante la guerra civil y hasta dio cobijo a los damnificados del terrible incendio de Santander que arrasó más de 400 edificios en 1941. Su privilegiada posición encima de una colina le ha permitido ser espectador privilegiado de la historia reciente y todo tipo de personalidades han pernoctado en alguna de sus confortables y lujosas habitaciones. Sus aterciopeladas paredes y enmoquetados pasillos han sido testigos añejos del devenir de los días con la misma calma y deseo del húmedo viento que lo abraza suavemente. Deslumbran las adecuadas intersecciones y conjugaciones de materiales, entremezclando edades y aportando lo mejor de la técnica de hoy al refinamiento y glamour de antes. El singular edificio esconde 114 habitaciones exteriores que no sólo destacan por su amplitud, sino por sus altos techos y excelente decoración, con las mejores telas y moquetas, que propician que uno sienta el placer del mobiliario clásico más nuevo y las mejores maderas solamente localizables en los ambientes reales. Pero tal auténtico sabor no priva para que el ambiente esté siempre a la temperatura preferida o poder disfrutar de todos los avances técnicos de nuestra época, como televisión vía satélite, completísimo minibar o un baño equipado con una espléndida bañera que tentará al huésped a adormecerse abrazado por la blanca espuma que flota en el agua cálida. Pero si tal cúmulo de sensaciones y placeres vestidos de habitación no son suficientes, queda la opción de albergarse en una de las nueve amplias suites o en la excelente Suite Real que, con 100 metros cuadrados repartidos entre dos plantas, conforman el dúplex más exclusivo, cubierto por la cúpula del hotel, sin lugar a dudas una de las experiencias que vale la pena vivir. No se puede dejar de lado otros placeres como la cocina que se sirve en el hotel, destacando la carta y perfecta bodega del restaurante El Puntal, con grandes ventanales sobre la bahía. Si las confortables habitaciones son de por sí un lujo para los sentidos, éstos se ven desbordados al adentrarse y dejarse acariciar por los húmedos placeres del completo, moderno y lujoso centro de talasoterapia que se expande a lo largo de 1.400 metros cuadrados. Se nutre de agua de mar debidamente filtrada y calentada, que provoca plena ensoñación y placer. La generosa piscina hidromarina no es más que la antesala al abultado espacio que se completa con varias cabinas para tratamientos diversos cuyo denominador común es el preciado elemento, así como una zona con saunas y completo gimnasio. Este acogedor espacio fue edificado en lo que eran las antiguas cocheras del hotel, respetando los rasgos arquitectónicos originales y entremezclándose con los actuales e íntimos olores y sensaciones que la estancia desprende hacia el visitante.