A SOLO 200 kilómetros de Bangkok por la autovía de la amistad se encuentra un paraíso verde y exuberante declarado en el 2005 patrimonio de la humanidad por su belleza y valor ecológico. Se trata de el parque nacional de Khao Yai, formado por explanadas boscosas y una espesa jungla que subsiste gracias a las intensas lluvias que caen durante los meses de junio a noviembre. Allí se encuentran elefantes salvajes, tigres y monos gibones aunque no son nada fáciles (por no decir imposible) de avistar. Un parque surcado por senderos abiertos en una maleza solo rota por impresionantes cascadas. Continuando por la autovía, se encuentra Nakhon Ratchasima –conocida también como Khorat– y considerada la puerta de entrada a la región de I-san. Presidiendo la plaza de la ciudad está la estatua de Khunying, especialmente venerada por las mujeres, quienes depositan a sus pies ofrendas y oraciones para llegar a afrontar la vida con la misma valentía que tuvo personaje para defender la ciudad. La leyenda cuenta que en 1826, durante el reinado de Rama III, el príncipe Anugong de Vientiane tomó la ciudad a su paso hacia Bangkok y sometió a sus habitantes. Pero Khunying –esposa del gobernador– organizó a las mujeres para que se vistieran con sus mejores trajes y se engalanaran al máximo para seducir y emborrachar a los invasores. Cuando estaban ebrios de amor y alcohol, fueron ajusticiados. Todas las primaveras del 23 de marzo al 3 de abril se celebra una fiesta en su honor donde no faltan danzas, música, desfiles y fuegos artificiales. SANTUARIOS JEMERES El vasto imperio de los jemeres se extendió por el sureste asiático entre los siglos IX y XV. Sus gobernantes tenían un estatus de semidioses y levantaron santuarios y templos en honor a Buda y a las deidades hinduistas, y construyeron palacios y ciudades, dotando a la región de una prosperidad hasta entonces desconocida. Jayavaman I consiguió unir a pueblos y tribus repartidos entre lo que hoy es Vietnam, Laos, Myanmar, Camboya y Tailandia, uniendo los templos –de Angkor a Phimai– por la llamada vía Real. Entre 1113 y 1150 reinó Suriyavarnam II, a quien se debe la construcción del templo de Angkor en Camboya. Finalmente, en el siglo XV los jemeres fueron derrotados por los tailandeses dejando solo para la posteridad sus espléndidos templos. Uno de los más bellos es el Prasat Phimai, patrimonio mundial y segundo templo jemer más importante después de Angkor. Fue construido durante el reinado de Jayavarman VII, entre 1181 Y 1201, y consta de tres santuarios de piedra esculpidos con imágenes de nagas y garudas, los míticos guardianes. Muy cerca, entre arrozales, se encuentra el templo de Mueang Tam, que consta de cinco pabellones con pagodas comunicadas entre sí por corredores y rodeadas de cuatro estanques, en cuyas esquinas está esculpida la imagen de la serpiente protectora. Construido con arenisca, resulta muy bello contemplarlo al a t a r d e c e r, cuando la piedra adquiere tonos ocres y dorados. En Khong Chiam, pequeña ciudad a orillas del Mekong y vecina de Laos, se llega a la meta, pero no al final del viaje, porque todavía quedan cosas muy bellas por ver.  Hacia el norte, a unos 20 kilómetros de la ciudad, se encuentra el parque nacional de Pha Taem, desde donde se puede contemplar una vista espectacular del Mekong. Bajando una pendiente hasta los escarpados acantilados se hallan unas pinturas dibujadas en sus paredes, que datan de hace más de 4.000 años. No muy lejos se encuentra un capricho de la na turaleza: el Sao Chaliang, unas losas de piedra que se sustentan encima de columnas naturales. Unos inmensos champiñones formados por arena, piedras y conchas marinas fosilizadas que han permanecido en equilibrio un millón de años. Al atardecer Khong Chiam es un agradable y tranquilo pueblecito que se disfruta paseando por sus calles, deteniéndose a tomar una Chang o una Shinga, las cervezas nacionales, en cualquiera de las terracitas situadas a lo largo del paseo que bordea el río y contemplar la espectacular puesta de sol. Aunque, como despedida, lo mejor es un paseo en barca por el Mekong. Aguas revueltas y oscuras donde el sol se asoma curioso.