AVANZAR A RITMO PAUSADO
En contraposición al frenético ritmo occidental, la India propone un recorrido pausado en alguno de sus clásicos trenes de lujo, como el Palace on Wheels, que parte de Delhi y atraviesa el Rajastán. Otro de los más conocidos es el que asciende a la estación de montaña de Darjeeling.

GEORGE HARRISON se sinceró ante el cineasta canadiense Paul Saltzman en 1968: “Somos los Beatles, poseemos todo el dinero y la fama que se pueda desear, pero eso no es lo mismo que tener amor, salud y paz interior”. Así que, para encontrarlos, se fue a la India, y su influencia le marcó profundamente a lo largo de toda la vida. Un proceso común en muchos de los que visitan el país asiático, que notan cuando vuelven a casa que algo ha cambiado dentro de ellos. Quizás una nueva forma de ver las cosas y, por supuesto, centenares de imágenes grabadas a fuego en la mente: desde las impresionantes cumbres del Himalaya hasta los paisajes –naturales y humanos– que deja el Ganges a su paso. Y, por supuesto, el impacto de la filosofía, cultura y arte que emana de todo su territorio, en especial del triángulo de oro formado por las localidades de Delhi, Agra y Jaipur. En el vértice norte se sitúa Delhi, una de las localidades más antiguas del mundo, con más de 3.000 años de edad y una extensión inabarcable para el visitante, que puede verse aturdido en un primer momento por la riada de gente, vehículos y animales que cruza las calles. De hecho, en su territorio se han construido hasta siete ciudades a lo largo de la historia, y algo queda de todas ellas. Además, hay que tener en cuenta que en el interior de la metrópoli se encuentra también Nueva Delhi, la capital de la actual república, en la que se concentran las avenidas más esplendorosas, los edificios gubernamentales, los comercios más modernos y la mayoría de hoteles. La vieja Delhi, en cambio, acapara los monumentos de mayor interés, como el Fuerte Rojo; un palacio de la época musulmana construido con piedra arenisca; la mezquita Jama Masjig; una de las más grandes de toda la India; o el templo Gurdwara Bangla Sabih, lugar de peregrinación de sijs e indios, con su reconocible cúpula dorada. En la ciudad antigua también se encuentra el bullicio de la vida cotidiana, con unos mercadillos llenos de actividad que rebosan colores y olores poco habituales para el visitante occidental, en los que se pueden encontrar piezas de artesanía procedentes de todo el país.

HOMENAJE PÓSTUMO
En el vértice este del triángulo se encuentra Agra, donde inevitablemente destaca el Taj Mahal, el titánico homenaje póstumo del emperador musulmán Sha Jahan, de la dinastía mogol, a su esposa favorita. Un conjunto de edificios integrados entre los que sobresale en el centro el mausoleo, cubierto por la cúpula de mármol blanco, que el emperador mandó construir tras la muerte de su mujer, en una quizás desmesurada muestra de amor, que requirió el trabajo de cerca de 20.000 obreros y la participación de los más destacados artesanos de la época durante 21 años. Se trata de la muestra más perfecta de la arquitectura mogol, que mezclaba las influencias del arte islámico, persa, indio y turco. Todo el exterior está decorado con caligrafías de pasajes del Corán, elementos geométricos abstractos y motivos vegetales. El triángulo queda completado por Jaipur, llamada la ciudad rosa porque fue construida en gran parte por piedras rojas que han adquirido tonos más pálidos con el paso del tiempo. El símbolo de la capital del Rajastán, el estado más colorido de todo el país, es el Hawa Mahal, o Palacio de los Vientos, denominado así por sus 953 pequeñas ventanas, que permitían que el interior se mantuviera fresco incluso en verano. Estas aperturas, no obstante, tenían otra función: permitir que las mujeres de la realeza pudieran observar la vida cotidiana sin ser vistas. Aparte, la ciudad requiere la visita inexcusable a sus bazares, donde se expone el trabajo de los artesanos, que elaboran saris y tejidos de mil colores, pantuflas de piel de camello bordadas, pequeñas zapatillas de seda y maderas lacadas. Recuerdos de la India. Aunque los más especiales, sin duda, viajarán por dentro de por vida.

BAZARES LLENOS DE COLOR
Más allá de monumentos extraordinarios y paisajes naturales de impresión, la vida cotidiana de las diversas ciudades de la India se descubre en sus bazares. Bulliciosos, ruidosos y plagados de gente, se puede adquirir casi de todo. En especial sedas, artesanía, figuras talladas en madera, alfombras o joyas. Pero las que aportan una buena dosis de color y sumergen todo el mercado en un aroma especial son las especias, condimentos responsables de la inmensa mayoría de platos de la gastronomía india. Las más utilizadas son el ají, la mostaza negra, el comino, la cúrcuma, el jengibre, el cilantro, el cardamomo, el azafrán, la canela y el clavo, entre muchas otras. La mayoría de recetas se acompañan de salsas fruto de la mezcla de un buen número de especias, como el mismo curri, el garam masala o el taandori masala. También se suelen utilizar hojas aromáticas como el laurel, la hierba del cilantro o la menta. En cualquier caso, para quien quiera llevarse de recuerdo un puñado de ellas, debe saber que los indios son grandes vendedores y amantes del regateo. Así que toca negociar hasta lograr un precio que pueda considerarse justo. Un buen consejo es no mostrarse demasiado interesado y amenazar con irse a otro puesto. Eso sí, ellos siempre se llevarán la palma.

TEXTO EDUARD PALOMARES